Los demás lo recuerdan, pero los más jóvenes sólo podrán entenderme si les digo que mi barrio era el de Cuéntame. Ahí estaba, en el guion de esa serie, o muy cerca, cuando murió el dictador y nuestros pequeños pisos de obreros se decoraban con papel pintado de alcachofas. Cuando no había informativos sino partes que arrastraban el rancio sabor de una larguísima postguerra de treinta años. La tele con dos cadenas y las dos grises. Los grises. La cara de Arias Navarro anunciando el fin de una historia. La carta de ajuste. El Estudio 1. Los dos rombos. Los primeros coches con rombo. La gran fábrica. Delicias crece.
Las calles del barrio eran entonces espacios para el multijuego. Convivían un campo de fútbol con porterías imaginarias delimitadas por un ladrillo y una chaqueta de ochos. Un poco más allá, ‘a la ese o, sopa de arroz, pimiento morrón…’ de niñas jugando a la comba. En los solares desolados con la tierra al aire, los más pequeños buscaban el mar que nunca era escarbando tardes de verano.
Al principio, recién llegados al barrio, nos instalamos en una casa molinera de la calle Olmedo, para no olvidar el pueblo y mientras terminaban los bloques de Mariano Miguel López, ahora llamada Celtas Cortos. Un quinto sin ascensor al que hace ya han hecho un hueco.
El barrio de Las Viudas quedaba a dos manzanas detrás de nuestro piso y los pequeños de entonces confluíamos en un par de colegios de la zona. Mar era compañera mía de clase en 5º de EGB y vivía allí con 12 hermanos, sus padres y creo recordar que un gato negro. Conozco las casas por dentro porque me mostró cómo distribuían el espacio de esas pequeñas viviendas para tan grandes familias. Asombroso: ni el arquitecto más experimentado ni el decorador de interiores más práctico habrían podido imaginar ese mundo colocado al milímetro, estudiado a la micra, ocupado hasta la mínima expresión.
También Marga vivía en Las Viudas, pero eran sólo dos hermanos, los padres y la abuela, así que su casa era Buckingham al lado de la de Mar. Con lo cual, la dignidad de la vivienda no depende de su superficie, sino del tiempo que se puede utilizar por persona el único cuarto de baño de la casa. Matemática pura y física cuántica en grado sumo: el electrón cambia su comportamiento en función de la medición.
En definitiva, que los vecinos de las viudas eran gentes con pocos recursos o con un libro de familia a punto de estallar.
Años después, llegaron las drogas, los conflictos, las muertes por sobredosis, pero casi igual que en Recoletos salvo por la vestimenta de los padres en el funeral.
El realojo allí de los expulsados de poblados acarreó más problemas. No he vuelto a ver a aquellas compañeras de clase. Supongo que ahora, como yo, habitan otras calles. Nadie puso remedio a una zona cada vez más deprimida. Una intervención social en condiciones, ya. Marketing urbano que, en los barrios de Valladolid, está en pañales.