No nos habría importado que cambiarais su caja de muerto. Nos habría alegrado, incluso, que sustituyerais la caoba por el cartón. Él, que se dedicó siempre a reciclar madera para hacernos bancos, cabeceros, baúles y hasta la jaula del hámster, habría estado encantado de no verse inmóvil ya para siempre en un abrillantado féretro. No creo que le apeteciera que la madera y su piel se deshicieran juntas. O tal vez sí, por eso del Tao, por eso de la armonía entre la materia y el espíritu. Porque él era campo y era madera.
No sabemos si en el momento de incinerarlo intercambiasteis su ataúd por una caja de melones. Eso, cuando ya han pasado ocho años, ni siquiera nos molesta. Que os lucrarais dando el cambiazo, os deshonra y por eso pagaréis. Lo que más duele es imaginaros sonriendo, quizá riendo, aprovechando nuestros ojos encharcados y la soledad de la cámara para coger su cuerpo muerto, castigado por la bruma del olvido, profanarlo y depositarlo, tal vez bruscamente, en una caja vieja, porque era viejo, y muerto, y os daba igual que fuera un hombre, que fuera un perro o una sábana envolviendo desechos.
Y es eso lo que nadie olvida. Los sablazos al bolsillo duelen infinitamente menos que los arañazos en el alma. Engañar a las familias en su momento más vulnerable os hace seres humanos imperfectos por malvados. Profanar a su muerto, os deja en seres, simplemente.
No creo que os importe esa degradación porque cuando llegáis a casa nadáis en fajos y eso os debe hacer muy felices: la conciencia ha muerto, viva la riqueza. Qué pobres sois.
Sí, tenéis cientos de propiedades, coches de alta gama y un millón de euros en vuestro dormitorio, pero dormís en el calabozo. Ninguna pena, más bien una relajación en la comisura de los labios, tirando a sonrisa que inmediatamente se vuelve amarga con la imagen de nuestro padre en vuestras sucias manos. Con la imagen de todos nuestros muertos en vuestra inmunda ambición.
No nos vamos a sumar a las denuncias físicas y así valga este texto como denuncia moral. Nos sentaremos a la puerta de nuestra casa para ver pasar el cadáver del enemigo, transportado por sus seres queridos en una caja de fruta podrida, para así disimular el olor del muerto y de la familia.
Con el caso que ha destapado en Valladolid la Operación Ignis y que ha llevado a la cárcel al dueño de Funeraria El Salvador y a sus hijos, bien estaría que revisáramos la gestión de nuestra muerte, que seamos nosotros quienes podamos decidir que nuestro último lecho esté acorde con nuestro mundo y la realidad actual. Por poco menos de 500 euros nos meterán en una caja de cartón reciclado y celulosa, apta tanto para la inhumación como para la cremación y mucho menos contaminante que los barnices y pinturas de los ataúdes convencionales. Aprobadas por el Ministerio de Sanidad, quizá ya no encuentren trabas en nuestra ciudad para ser la cajita limpia de nuestros tristes muertos.