La mayoría de las tardes íbamos andando. No todos teníamos bicicleta en aquellos veranos de finales de los setenta. El sol de la meseta es más amplio que el de otros paisajes y entonces nos envolvía, y casi ahogaba, en una sed intermitente que se olvidaba con las risas sin prisa de la adolescencia.
Entre el pueblo y el río había tres kilómetros de cementerio, golosos melonares, un majuelo desdeñado, tierras muertas de reseco y, por fin, el pinar. Una pequeña cuesta entre piñotes, y el Adaja ya asomaba.
Después de unos baños, unos rubores porque también habían ido los muchachos, la merienda de pan con chorizo de casa, el juego de la cerilla y alguna historia de ahogados allí mismo, vuelta al pueblo con un sol suave de pájaros jugando atardeceres. Una tarde de río, dos quizá, por semana, hasta que se agotaba agosto y empezaba a filtrarse entre el tomillo el olor del forro de los libros de texto.
El pueblo donde nací, Villanueva de Gómez, en plena Moraña abulense, se convirtió más tarde en objeto del deseo de constructores de sueños que matan otros. Invadieron más de 700 hectáreas en el lugar que habitaban aquellos pinos que nos salvaban del sol y albergaban cantos alados. Pretendían construir cerca de 8.000 viviendas, tres campos de golf y un hotel, así como varias balsas reguladoras y una estación depuradora de aguas residuales.
Muchos, del inmenso montonazo de vecinos del municipio (poco más de 150 sin contar las gallinas), creyeron que Villanueva, como Lázaro, iba a resucitar y a despojarse de la mortaja. El error ni siquiera se llegó a comprobar, pero se sabe a ciencia cierta que la gente que habita las ‘urbas’ hace acopio de víveres y de enseres varios en el ‘híper’ antes de salir de la ‘capi’ y pasa los tres primeros días vaciando el cochazo hasta de papel higiénico; lo mismo es tres céntimos más barato que en el colmado del pueblo que, por otra parte, ni pisarán porque pasarán los atardeceres en el club social con un descafeinado interminablemente largo.
Los únicos que aportaron vida al pueblo fueron, a la hora de comer, los trabajadores de la obra, paralizada ya desde 2007 gracias a las denuncias de SEO/BirdLife y la Asociación Centaurea. Aquellos obreros no sabían que invadían suelo protegido. Algunos de los que sí, visitan ahora el juzgado, se sientan en el banquillo o declaran por videoconferencia.
Once años después de que saltara la polémica de la macrourbanización de Villanueva, seis sentencias en contra, además del auto de suspensión de las obras, el juzgado de lo Penal ya ve desfilar por sus salas a quien era entonces el alcalde de la localidad, al arquitecto y a dos promotores. Todos ellos, y no son todos los que están, serán juzgados por un supuesto delito de prevaricación urbanística relacionado con la aprobación del proyecto saltándose el procedimiento y por otro contra la ordenación del territorio. 30.000 pinos muertos merecen justicia.