Un pequeño negrito sonríe acurrucado en los brazos de un bombero. Sobre el niño ya había cantado Machín décadas antes, pero ahora está mugrosito y con las alitas rotas después de dos días secuestrado por el monstruo terremoto bajo los escombros.
El uniformado es su Superman, su Batman, su hermano-ángel mayor con el casco del dios Thor, que tiene las alas intactas. Eso sí, ha destrozado su Mjolnir, su martillo de guerra contra el mal, deshaciendo piedras en busca de alientos. El dios del cielo contra los furiosos demonios de la tierra, aunque, a veces, sea al contrario.
Un grupo de bomberos de Castilla y León ayudó en 2010 a remover las vísceras de Puerto Príncipe en busca de sonrisas que lo serían solamente por unos instantes. Luego, cuando la retina procesó el caos y la muerte alrededor, cuando el negrito dijo “abuelo” y el abuelo estaba muerto para siempre sobre las lágrimas del niño y debajo de una tonelada de infiernos, llegó la mueca de espanto, el dolor enorme que dolía más que cien mil ladrillos sobre la pierna.
Y el angelito negro de las alas rotas volvió a llorar sin consuelo, porque no lo había, y sus rescatadores tuvieron de nuevo que convivir con la tristeza, porque ésta caía a mares, y tropezar con la amargura, que era como un continente entero contenido en un pedacito de isla que en aquel año ni siquiera era de La Española, sino de todos. Cubierta de muertos. Y de vivos desolados.
Óscar Vega, el bombero vallisoletano que llevó el sol hasta los ojos del pequeño Redji, no podía dejar de abrazarlo. Le costó un mundo soltarlo al mundo, desasirse del único contacto con la sonrisa en ese inmenso puerto triste. En ese momento sabía que lo más probable es que ya no encontrara ni un solo latido más bajo ese montón de lágrimas que pesaban como bloques de cemento. Volvió a su casa con el único consuelo del recuerdo de ‘su’ niño haitiano. Y ha mirado desde entonces una y mil veces la fotografía del rescate para alejar las sombras de los cientos de cadáveres que no pudieron sonreírle.
Arrancar a Redji de los escombros tras el terremoto de Puerto Príncipe fue un trabajo conjunto de un grupo de bomberos de Castilla y León con efectivos de la Comunidad de Madrid y agentes de la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía. La operación se prolongó durante dos horas y media porque el edificio se encontraba muy dañado y existía poco espacio para moverse.
Las tareas de rescate se vieron dificultadas además por la presencia de cadáveres, incluido el del abuelo del niño, a quien permanecía abrazado. Tras ser liberado, Redji se agarró fuertemente al hombro de su salvador, imagen que dio la vuelta al mundo y que ahora la agencia Ical ha regalado al muchacho, porque ha venido hasta aquí, a reencontrarse con sus héroes en la gala del X aniversario de RTVCyL. No pudieron dejar de abrazarse. Sonrisas y lágrimas como en aquel 14 de enero de 2010. Pero ya no amargas.