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lolaleonardo

mis tripas, corazón

15.542 rupias

200 euros.
30.000 pesetas.
225 dólares.
15.542 rupias.
Un regalito de papel rosa que me trajo el pequeño tras su paseo en bicicleta por la Plaza Mayor y alrededores. Una multa por pedalear con los auriculares.
Ay, enano, la de veces que te lo he dicho. Tras hacer los cálculos de la reducción de su paga semanal para cubrir el importe de la sanción –te irás de casa algún día y aún no habrás terminado de devolvérmelo- protestó por no entender que escuchar música sin molestar tuviera graves consecuencias para su bienestar económico y hasta para la hucha de las pensiones.
Ya lo sabes, si vas con los cascos no oyes los coches. Te pueden derribar o provocar un accidente.
Si hubiera más carril-bici no tendría que conducir entre ellos.
Eso es, el eterno debate de las vías para bicicletas, que no discurren sino lejanamente intermitentes por nuestras calles y obligan a los ciclistas a ser canguros, expertos saltarines, ágiles dribladores, hormigas atómicas, superhéroes de la calzada y, en algunas ocasiones, muertos de cuneta o de bordillo.
Sigue gruñendo, pero yo me escudo en su seguridad y le digo que así son las cosas. Se me revuelven las 15.542 rupias por la desmesura y pienso que, en no mucho tiempo, también los peatones podrían ser multados y no por escuchar a Taburete o a Álex Ubago, sino por no oír cláxones, ambulancias a toda pastilla y avisos de la autoridad portuaria o simplemente urbana. Porque son muchos los que han sucumbido a la ola de soledad y solos quieren estar mientras marchan como sombras por las aceras, simulando ser los únicos, y como únicos y solos, apretujan sus oídos con auriculares donde no importa nada más que su ruido y su conversación, su música y sus tripas sonando a voces entre peatones a los que no interesan su música, sus tripas ni sus molestas sombras excluyentes.
A ellos se acercará algún día un municipal con su bloc de notas y un previo y necesario curso de lenguaje gestual para poder dar el alto a quien ni le mira, ni le oye, ni le siente. Toma de datos y un papelito rosa de regalo. Previa, también, una normativa del Ayuntamiento sobre conducta de transeúntes. Leyes que podrían incluir, por qué no, sanciones a los padres cuyos hijos se desguarran corriendo entre las mesas de la terraza a grito pelado impidiendo cualquier conversación que no sea alguna en recuerdo a aquel rey de Palestina.
A mí, a eso de las ocho de una tarde de verano, me gustaría denunciar al gilipuertas que para su coche en el semáforo junto al mío y al que no he oído llegar porque en ese momento se ha producido una explosión galáctica tras un choque entre Saturno y Urano. Ay, que no, que lleva una discomovida en su auto amarillo. Me he perdido las noticias y no he sido ni capaz de oírme pensar esas palabras malsonantes que no puedo reproducir al no haber podido escucharlas.
Cierra la puerta de su cuarto hablando de injusticias. Que no, hijo, simplemente, desmesuras.


abril 2019
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