No quise, hace unos días, escribir mi columna con la tinta de las lágrimas de Ángel porque las mías me habrían escurrido por las rodillas y más allá del alma. La pena es tan líquida…
Verlo esposado tras confesar haber ayudado a bien morir a su amada iba a parir miles de tristes párrafos y preferí compartir, a solas con mi indignación, la Indignación.
No se me había arrancado aún la espina –aquí la tengo, me entra por el tórax, me atraviesa el centro del dolor y me sale por el cielo de la boca- cuando veo de nuevo a Ángel Hernández, esta vez desconcertado, haciendo un hueco en su duelo para instalarse en el cabreo. El juez que llevaba el tema de la muerte de su mujer, se inhibe, se desinhibe, se descoloca y se disloca y pasa la pelota a un juzgado de violencia de género. Del género mendrugo.
El magistrado considera que es el caso de un hombre contra una mujer. Está en su derecho por tener derecho, pero ni idea de gramática. La preposición ‘contra’ no está bien utilizada: es el caso de un hombre ante una mujer o, mejor, el caso de un hombre con su mujer, el caso de Ángel con María José. Y eso sin entrar a valorar las decisiones tomadas, la libertad ejercida, la vida injusta, el dolor, la compasión, el amor… Qué saben algunos de sentimientos.
El viudo se enfada: “Qué cabreo tengo encima. Es un insulto. Es terrible. Me he puesto malo. No me he enfadado nunca, pero esto es terrible”. Y concluye Ángel: “Lo que tienen que hacer es aprobar la eutanasia de una santa vez”.
Ese es justo el momento en el que la palabra ‘santa’ quiere decir puta. Y, aunque él verbalizara, por respeto, otro adjetivo, la transcripción real de su pensamiento y del de tantos es la siguiente: “Aprobad la eutanasia de una puta vez”.
Tras celebrar el Día Internacional de la Poesía, le pongo y le propongo a Ángel en su boca y para su corazón roto unos versos del mexicano Jaime Sabines: ”Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo qué calor hace, dame agua, se hizo de noche… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho ya es tarde, y tú sabías que decía te quiero…. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón”.
Me imagino que, si te viera arrastrado a un juicio por violencia contra ella, rompería a mazazos su muerte deseada. Desearía arrancarte las esposas, devorar tu humillación, guerrear por tu inocencia.
Pero no puede. Podamos hacerlo los demás. Que no vuelvan a barrer bajo la alfombra del Congreso nuestros derechos civiles.
Este mismo abril se han cumplido dos años del suicidio de José Antonio Arrabal, diagnosticado de una enfermedad degenerativa. Grabó su muerte: “Si estás viendo este vídeo es que he conseguido ser libre”. Su mujer y sus hijos no tuvieron más remedio que dejarle morir solo, con la canción de Nino Bravo como banda sonora: ‘Libre’.
Porque libre te quiero.