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Del negro al amarillo

Primavera de 1981, 27 de abril. Muere Jaime Vaquero. Primera víctima del síndrome tóxico. Le seguirían otros tres mil y un séquito de 25.000 afectados. 17.000 aún con lesiones irreversibles.
A Jaime se le fue la vida a los 8 años camino del hospital, sentadito sobre el regazo de su madre. Insuficiencia respiratoria aguda y en la ambulancia no había equipo de oxígeno, tan sólo el cubículo y el conductor. Horas antes, un médico de urgencias le había recetado un jarabe para la gripe. 16 años después, su familia recibió 15 millones de pesetas, 90.000 euros. El Estado, responsable civil subsidiario por fraude de consumo, pagó la indemnización descontando la mitad por las ayudas adelantadas y los servicios sanitarios prestados. Pero seguro que sus padres devolverían eso, y el triple, por haber podido evitar la muerte del pequeño.
El 9 de mayo de 1981, colapso en los hospitales. Casi dos meses después se hallaría la causa. Hubo que esperar seis agónicos años con 500 muertos para que comenzara el juicio contra los responsables; pero nunca están todos. Sólo dos de los 38 acusados fueron a prisión.
Los afectados y sus familiares se sintieron y se sienten tratados como “ciudadanía inferior” y no pretendían que el Estado hiciera caridad con ellos, sino facilitar su supervivencia. Pero no ha hecho los deberes.
Valladolid fue la segunda provincia del país con mayor número de casos. El resto de la Comunidad no se libró y casi en cada pueblo había al menos una tumba del aceite. En el mío murió ella, la viejecita de la tienda, y su viudo se ahorcó días después, pero no está incluido en la lista.
Dolores constantes, intensos calambres, problemas respiratorios, articulaciones que no articulan, miembros paralizados, atrofias musculares. Ansias de no vivir así e incluso de morir ya.
En los ochenta, debido a los excedentes de aceite en España, el de colza no se podía importar si no era para uso industrial y se le añadía anilina para garantizar su destino. Los listos de turno, amparados por la falta de control aduanero y el ineficaz control alimentario por parte del Estado, decidieron refinar ese aceite con sosa, lejía y altas temperaturas. La anilina quedaba convertida en anilida de ácidos grasos: veneno.
Primavera de 2019. El programa ‘Ochentéame otra vez’ nos hace recordar que los afectados siguen sufriendo y que las secuelas van más allá de lo físico. La anécdota del pueblo que se libró, en plena ruta del aceite, al descubrir un vecino que el vendedor ambulante podía tener un lío con su mujer y amenazarle para que no volviera a pisar Chapinería, pone una nota de alivio, más que de humor, a una tragedia de muertes por descuido.
La colza, que ahora cubre de amarillo casi 40.000 hectáreas de los campos de Castilla y León, fue una víctima más de la ambición humana. O inhumana.
Se recolecta en abril, a punto de asomar mayo, quizá para dejar algunas flores sobre la tumba de Jaime.


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