Hace ya años con estos calores cercanos, el mundo se detiene un instante en Atapuerca, justo ahí donde algunos grupos políticos y sociales tienen querencia por abrevar. Pero esa es otra historia de la prehistoria contemporánea.
Nos paramos en los yacimientos esperando el resultado de la campaña de turno. Nos sorprenden con un hueso mágico que ofrece datos de nuestro origen entre los que no faltan nuestros antepasados caníbales, la forma de los dientes del antecessor, los signos de violencia en sus cráneos y su movimiento de pelvis.
No sólo de excavar pacientemente se trata. Confluyen arqueología, antropología, geología, estratigrafía y hasta tafonomía. También las matemáticas. Pues sí, uno de los estudios sobre el comportamiento nutricional de los homininos ofrece un algoritmo para calcular la fuerza de mordedura a partir de la anchura del segundo molar superior. No voy a explicarlo porque no soy capaz: mi razón se ha vuelto trémula, caótica y ácrata desde que llegaron del espacio los códigos binarios, los algoritmos y los mecánicos que nombran por su nombre cada pieza de las tripas de mi coche.
Antes de que llegue lo último de Atapuerca, uno de sus codirectores, Juan Luis Arsuaga, habla en una entrevista de la felicidad, de la de aquéllos y la de nuestros presentes. Y sin referirse explícitamente al trabajo como asesino, creo adivinar que tiene bastante que ver con la pérdida de ésta. Él piensa que nuestros antepasados sabían disfrutar mejor la vida porque no tenían que trabajar toda la semana e ir el sábado al supermercado: “Esta vida no es humana, tiene que haber algo más aquí. La música, la literatura, la naturaleza… Eso es lo que hay que disfrutar; si no, esto es una mierda”.
Conclusión: el homo antecessor no escuchaba a Mozart, no leía versos de Ángel González y ni siquiera tenía un póster de Marilyn o de Jon Kortajarena (porque también habría ‘antecessoras’ y otras variantes) y, sin embargo, disfrutaba más de la vida. Con lo cual, no sólo hemos ido perdiendo pelo, sino también inteligencia, así que lo de sapiens lo hemos dejado por el camino, y el otro sapiens, vete tú a saber dónde. Manda el mercado y el consumismo ya se ha establecido como una adicción a la infelicidad.
Nos tienen agarrados y los que no son adictos sino meros supervivientes se llevan lo peor. A Toni, reconvertido en cocinero tras varios cursos de reciclaje después de perder su puesto en la banca, le han llamado de un restaurante para ayudar en cocina. Horario partido, cuatro horas que se hacen seis. Cinco eurazos la hora. 20 diarios a los que hay que restar casi siete porque está a 24 kilómetros. “Es por convenio”. El aspirante pone una excusa que nada tiene que ver con su miedo a la esclavitud y se va a casa a escuchar La flauta mágica. Cuando se beba la última cerveza que compró el sábado en el súper quiere morir y que esparzamos sus cenizas por la Sima del Elefante.