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mis tripas, corazón

Gatos y torreznos

Leo un titular en la sección tecnológica de un diario digital: “WhatsApp prepara los emojis que podrán enviarse como stickers desde la app en IOS”.
Como sólo entiendo los verbos y poco más, a punto estoy de abrir el traductor de Google, insertar ese extraño y enigmático texto y darle a la teclita de ‘detectar idioma’, pero hago un acto de contención pensando que puede salir un monstruo de la pantalla llamándome a gritos analfabeta. Y yo, sin poder rebatirle, agacharía la cabeza, las orejas y el flequillo y fingiría desaparecer para no parecer idiota.
Con un deseo profundo de apostatar de la tecnología avanzada, me freno cuando veo que el torrezno de Soria ya tiene su aplicación: una app del apreciado producto porcino que facilita su consumo y conocimiento. Empiezo a sospechar que orientar el rabo de la boina para pillar cobertura puede ser cierto o, por lo menos, factible. Con la impresión de conocer lo del cibertorrezno no me había dado cuenta de que también la croqueta tenía ya su app. Me imagino que también se ha creado una para la sopa maravilla. Y yo, sin boina.
Adoro la tecnología que me facilita la vida; la uso, abuso de ella, la beso por las noches, la sonrío al amanecer, la acaricio cuando desfallece, vamos juntas al súper, nos ‘hacemos un cine’ y miramos el sol que cae. Entristezco cuando noto que, en un paseo al atardecer, me ha dejado atrás, hablando sola, arañando sombras para alcanzarla.
Abandonada, regreso a mi portátil para intentar adentrarme en el mundo que no entiendo. Quién me manda meterme en la sección ‘mercados y bolsas’. Mi afición por los felinos.
Y es que leo una noticia antigua para ponerme al día: “Los criptogatos ya se venden por más de 100.000 dólares”. La última moda en la red: gatos virtuales que alcanzan precios desorbitados. Para entrar en el juego hay que comprar, criar y coleccionar mininos. Comprar un gato ‘base’ cuesta 0,03 ether, o lo que es lo mismo, 10 euros. Lo que se conoció hace poco más de un año como el tamagochi del siglo XXI, se convirtió pronto en una revelación gracias al sentimiento de colección. Pocos meses después, la caída en picado de las criptodivisas arrastró a las criptomascotas. Me pregunto cómo he podido vivir este tiempo sin saber que existían gatos virtuales ni que al éter se le había colado una h en todo el medio y así dejar de ser ese fluido hipotético invisible, casi poético, para convertirse en una vulgar moneda virtual. Me ajusto la boina.
Dejo de leer cuando mi gato Chencho mocha insistentemente contra mi pierna izquierda. Los otros tres me miran fijamente formando un semicírculo perfecto sobre la mesa. El primer maullido reprocha mi desatención. Los acaricio de inmediato con mis cuatro manos y elevan al tiempo sus peludas colas para interferir en mi wi-fi. Me quedo al instante sin cobertura, sin red, sin conexión. Cierro el portátil sin apagar y les agradezco de aquí al infinito su rescate.

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