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mis tripas, corazón

Del velo a Marley

Durante poco más de año y medio tras el cambio voluntario de domicilio de mi madre (desde su piso en el barrio de las Delicias hasta una residencia en Laguna de Duero), la casa familiar apenas ha tenido trasiego sino de fantasmas. Salvo entrar a buscar su ropa de verano, ahora la de otoño, después los abrigos, los álbumes de fotos, la tele del salón… preferimos que conservara entre sus paredes el olor y el calor que nos empujó al mundo.
Ahora, con la independencia de mi hijo mayor (le ha costado menos que a Cataluña, pero es que yo no soy nada creíble como fascista), vuelven a abrirse ventanas, vistas y estaciones del quinto piso de la calle Celtas Cortos y el aire nuevo arrastra airado las manchas de soledad de los últimos dos lustros. Todo está en un perfecto orden que yo no he heredado por pura contradicción: los botes de especias, los tazones del desayuno, los recibos del gas, los trapos del polvo, las sábanas bordadas de un ajuar sin estrenar, los títulos colgados, las memorias de la casa, la ausencia de mi padre…
Por un impulso irreprimible, rebusco en los cajones de la cómoda más recuerdos y, en una cajita marrón con el interior forrado de raso blanco, encuentro tres pares de guantes de comunión, impolutos, níveos y diminutos, un crucifijo nacarado, un escapulario de la Virgen del Carmen y dos velos de encaje negro.
Comunico a mis hermanos el hallazgo para hacerles partícipes del botín. Guárdalo tú, me dicen, porque saben que me apasionan los tesoros inservibles y son conscientes de mi gusto por coleccionar nostalgias en un perfecto desorden deseado.
Quién sabe si pronto, según se está poniendo de rancio todo el panorama, no necesitaremos los velos como santo y seña de, después de haber descendido a los infiernos, haber vuelto dóciles a las sacrosantas filas de la iglesia.
Y hacer nuestro eso que dijo Pablo a los Corintios: “Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra”.
Por el momento, ya nos hacemos cubrir de otras maneras, o nos cubrimos solas. O nos descubrimos con orgullo.
Ocupada ya la casa y redecorada en profano, con el alta de los suministros en regla (señor, qué cruz de idas, revisiones y venidas), me voy a ver a mi madre a su retiro. Es sábado por la mañana de sol cálido y deseado de finales de septiembre. Está en el parquecito de la entrada de la residencia, sentada en un banco y charlando con dos amigas de muletas y andadores. Suman entre las tres 250 años, o quizá más, y 620 achaques, algunos comunes. A pesar de todo eso, a la mía hoy tampoco le fallan las fuerzas y no se reprime de reprocharme que llevo un roto en la rodilla derecha del pantalón y que los cuatro últimos días de visita he ido en playeras. Verás cuando se entere de que mi hijo ha cambiado en su casa la imagen del sagrado corazón por una del indomable corazón de Bob Marley.

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