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Contra desidia, disidencia

Como no tengo argumentos suficientes –insuficientes tampoco- para rebatir los sentimientos de independencia, autonomía, dependencia, autocontrol, federalismo o virreinatos, y como el asunto catalán me aburre y me apena a partes iguales, me atrevo tímidamente a escribir sobre el caso leonés, que me pilla más próximo en el tiempo, en el espacio y en los rincones de mi memoria.
José Antonio Díez, alcalde de León, reabre el mapa de mi infancia y una herida que gotea sangre de cuando en vez.
Durante la República se abrió la puerta a que la región leonesa pudiera tener un estatuto de autonomía propio. La Guerra Civil frenó esos sueños.
Hasta 1978, sobre la cartografía de la península coloreábamos con la misma pintura León, Zamora y Salamanca, que dibujaban una esbelta S entre Asturias y tierras extremeñas, con espacio para portales lusos en uno de sus costados. Después de ese año, una gran Castilla La Vieja, pero que muy vieja, copaba una gran parte del país con once provincias que luego fueron nueve al descolgarse el Cantábrico y el río Oja.
Los partidos leonesistas que reivindican su autonomía no desaparecen. Ni los sentimientos. Entre los años 2006 y 2013 no han sido pocas las manifestaciones que han recorrido las calles de las tres provincias.
Así que, casi cuatro décadas después de ver nacer la Comunidad de Castilla y León, su configuración sigue siendo muy discutida. Su extensión y la existencia de identidades divergentes son algunas de las razones de un debate siempre abierto. A esto se suman las acusaciones de centralismo en torno a Valladolid. El alcalde de León achaca a esta acción un resultado injusto e ingrato: “La pobreza y a la despoblación en un territorio tan importante como la Región Leonesa”. Un centralismo al que no duda en calificar el socialista como “absurdo” e “hipócrita”.
Carezco de cualquier sentido identitario, regionalista o nacionalista, me provoca más empatía una bandera blanca que cualquiera estampada con torres, leones o tres franjas y soy de las que piensa que, el haber nacido en un sitio o en otro, no me capacita para creer y, lo que es peor, hacer creer a los demás, que mi tierra es más importante que el suelo que pisan sus pies.
Otra cosa es darse cuenta de cómo una ingente masa de políticos que, se supone, administran y cuidan un estado o una autonomía, o simplemente una pedanía, olvidan a sus gentes. Hacen política de salón y, alguna que otra vez, ordenan elaborar algún informe de lugares que jamás pisarán. Desidia institucional, que se llama.
Y luego, que surgen disidencias, y hasta disonancias. Sobran los motivos.
Castilla y León ha perdido desde 2008 más de 125.000 habitantes. ¿Por qué quedarse en un lugar donde los médicos rurales pasan más tiempo en la carretera que atendiendo pacientes? No nos quejemos entonces de que los jóvenes se vayan o de que quienes quedan no quieran formar parte de esta injusta desatención.

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