El mundo de entreguerras, el período conocido como Interbellum, era hace años un epígrafe más en los apuntes de historia, cuando las guerras de la historia se estudiaban en carpetas de folios subrayados y no se sufrían en los costados del alma; se digerían en diferido y como en una gran pantalla de cine, con un olor de fondo a palomitas rancias y a actores muertos, o a palomas muertas y a actores rancios.
Escribo estas líneas con la banda sonora ensangrentada de la masacre de París bombardeando nuestros miedos y engordando nuestras lágrimas, con el eco de las palabras de Anguita despertando nuestra realidad de cada día (“hemos perdido la guerra”), con la cifra creciente de mujeres muertas y con la compañía en la tele de Malditos bastardos, para reconciliarme con el cine bélico. Sí, Tarantino, en el infierno hay una gran sala destinada a quienes desperdician el güisqui y un urinario hediondo para albergar las pesadillas de los que desprecian la vida, la de los otros, porque la suya no es más que un engendro de su razón.
“Estamos en guerra”, lo ha dicho Francia y ha resonado como un lamento de animal herido en los rincones de nuestras azotadas vidas. Y esto, por si no teníamos bastante con las batallas cotidianas por la subsistencia, donde esquivamos disparos y escupitajos, cuando no indiferencia, de aquellos a quienes mantenemos en poltronas doradas mientras sudamos sangre, digerimos desprecios y olvidamos olvidos. La inacción política, el silencio sindical, más de cuatro millones de desempleados, reducción de salarios, ampliación de horarios… Sí, hemos perdido esta guerra sin haber librado ninguna batalla. Somos los vencidos porque sólo estábamos armados de incredulidad y miedos: pequeños soldaditos con espadas del todo a cien frente a los tanques blindados de los mercaderes. Nos han cosido a hostias pero con hilo de hilvanar, para que nos rompamos de vez en cuando y seamos combatientes tocados y hundidos.
Occidente nos sodomiza sin nuestro consentimiento porque somos sus prisioneros de guerra y oriente nos salpica de sangre incluyéndonos en otra guerra a la que nos llevan como una gran infantería lisiada. Y aun así, agradecemos nuestra suerte ante la visión de los desplazados sirios, huyendo del terror a ser un número más en la lista de 230.000 muertos y deambulando por una Europa fría que no sabe cómo reaccionar.
Y entre la guerra cotidiana que hemos perdido y la guerra que nos amenaza desde el otro lado del Mediterráneo, nos vemos deambulando hacia no sabemos dónde, ya sea por el pasillo de nuestra casa, por el asfalto regado con sangre o sobre el barro pisado por los refugiados sin refugio.
En este período de entreguerras, en este interbellum intermitente, no nos ha dado tiempo a recuperarnos. En nuestro petate no hay más que frustraciones e historias de derrotados. ¿Lo revisaremos en diciembre antes de acercarnos a la urna?