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El pacto de la escarola

Nochebuena del año 2016 después de Cristo y enésimo año de la era de los cretinos. Durante el primer sorbo de la copa de cava catalán -porque cada uno compra lo que le da la gana-, y “no me la rellenes que tengo que conducir”, se decide por consenso y en pleno uso de las facultades mentales de los presentes, no celebrar más fiestas navideñas porque nada hay que celebrar salvo la vida y ésta se festeja en cada anochecer tranquilo o en cada amanecer con sabor a café con madrugadas.

Un manifiesto no escrito antisistema, rubricado con la mirada, se salda con cientos de anexos verbales de arrepentimiento a las ya celebradas; reproches al consumismo aun cuando no hay apenas nada que consumir; insatisfacción, al fin y al cabo, por haber caído tantas veces en una felicidad fingida, por dirigida.

Pero no importa en cuántas ocasiones se desparrame uno sobre el suelo, empujado y aplastado por el delirio de estar alegre a las dos y cuarto, o a las once y diez, o el día 3 a las tres, lo importante es levantarse, sacudirse el polvo de la sumisión y comenzar a mirar viendo.

Viendo lo que hay, justo al lado.

Casi 900 millones de personas sufren una dieta insuficiente y pobre mientras un tercio de la población del primer mundo padece obesidad debido a una ingesta excesiva o inadecuada. Del carro de la compra de estas fiestas navideñas, una tercera parte terminará en la basura.

Lo saben ellos, los que dan nombre a la era de los cretinos y nada hacen salvo generar más desperdicios.

Y se los dan al pueblo. Envueltos en papel de regalo. Previo pago. Y con recargo.

Pagar por basura y generar basura. Ser utilizados por los ineptos para engrosar la cifra de solidarios porque la ineptitud, la inoperancia y la inacción ahogan la política social convirtiéndola en asocial, antisocial e incluso sociópata. Una panda de incompetentes conduciendo a su país hacia los desmanes, y éste, harto hasta la extenuación, haciendo revoluciones que duran de lunes a jueves y que paran por vacaciones de Navidad. También en la santa semana sufre una amnesia temporal de insurrección. En verano, las asonadas hacen las maletas y usan protector solar.

Ante tantas tropelías no es de extrañar el pacto del día de Nochebuena de 2016 después de Cristo y en plena era de los cretinos, a las 23 horas y 11 minutos exactamente. Justo dando un sorbo de cava, uno sólo, porque la patrulla antivicio se había atrincherado en el hall de la casa del anfitrión alertada por las autoridades sanitarias tras detectar un intento de sedición entre los langostinos y la escarola.

El pacto dio sus frutos y, de los presentes, todos lograron no celebrar más fiestas que la vida misma. La cuesta de enero les está costando menos y el remordimiento también es más leve que en otras ocasiones. Y eso, sin ni siquiera oler un libro de autoayuda o recurrir a un coach grupal de insurrectos marginados. Era sólo cuestión de proponerlo.


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