Dice la OMS que calidad de vida es la percepción que un individuo tiene de su lugar en la existencia, en el contexto de cultura y del sistema de valores en los que vive y en relación con sus normas y sus inquietudes. Se trata de un concepto amplio que está influido de un modo complejo por la salud física del sujeto, su estado psicológico, su nivel de independencia, sus relaciones sociales y la relación con su entorno.
Como es una definición un tanto imprecisa y bastante plúmbea, vamos a cambiar todo ese párrafo por la palabra bienestar.
La ha liado la periodista Samanta Villar al comentar que la maternidad le ha restado calidad de vida (prepárate, compañera, para cuando, de repente, te encuentres en tu casa a dos adolescentes) y que no es mucho más feliz tras ser madre. Estoy contigo, a ver si de una vez nos dejan pensar libremente si querer ser madre es una decisión personal, una imposición social o cualquier otra circunstancia. Y que no querer serlo es fruto, igualmente, de una profunda reflexión.
Tras haber decidido serlo por unos u otros motivos, que nos permitan expresar lo que significa la maternidad del día a día o que nos arranquen la lengua. Aun así, habrá cosas que nos callemos por si resucitan más justicieros de la moral y del discurso atávico. Ya no.
Muchas de las madres que conozco, por serlo, no sienten haber alcanzado la prometida plenitud. Otras, en realidad, no sabíamos lo que buscábamos, quizá el sentido de la vida que, al menos doce –en ocasiones hasta catorce- horas al día parece no tener sentido alguno.
De nuevo molestan los sentimientos de las mujeres y más los de las mujeres madres que se atreven a manifestarlos de una manera real y cotidiana. Pertenecemos a una generación que ha formado parte durante más años del sistema laboral que del ‘maternal’, quizá porque asumimos la dificultad de compaginar o porque creímos que con nuestro trabajo y con un más que satisfactorio ocio lo teníamos todo ganado. Madres tardías -añosas, nos llaman, porque las palabras también las crearon ellos-, lo fuimos por decisión propia y porque fue así, también nos da la gana amarlos las 24 horas del día, querer amordazarlos durante diez minutos, hacer que desaparezcan hora y cuarto y, por favor, que lleguen ya, que son las once de la noche.
Estos sentimientos complejos y contradictorios no nos hacen ser despreciables seres, o sí, según quien nos escuche. Pues que nos oigan decir que sí, que hay pedazos del día y trozos de la noche en que somos jirones de madres arrepentidas, porque te pica su varicela, te duele su pierna rota, te parte el alma su primer desengaño y te mata su tardanza. Que le pongan nombre a esto.
Ellas, las mujeres NoMo (no mother) también son criticadas por su egoísmo. Siempre son los mismos bocazas. Contra ellas, contra nosotras, contra todas.
Decidir no tener hijos debería ser el final de la conversación. Es el final de la conversación.