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mis tripas, corazón

¿Y si fuera gato?

Tengo una foto de ella firmada por Serrat. Al cantautor le pareció gracioso que le hubiera puesto Penélope a mi gatita naranja por su canción.
Después de casi 21 años acompañándome, murió hace ocho días, conmigo al lado dándole besos.
Cuento mi vida en gatos. En 2003, Blanquito; en 2010, Pancho; un lustro más tarde, Marta; el verano pasado, Pizca, mi macarrilla, y a hora la Pi, mi dulce Penélope.
Y con cada muerte recuerdo las palabras de Fernán Gómez en la película ‘El abuelo’: “¿Usted me va a hablar a mí de soledad? Ya voy por el tercer perro enterrado”.
Así se queda uno, vacío, como con varios trozos arrancados de cuajo. Uno de dentro y otro de ese lado del sofá, y de la butaca al lado de la chimenea, y de los pedazos de sol que habitan en el jardín, y de los pies de la cama, y del grifo del lavabo y de la ventana desde donde maullaban a las urracas y al mirlo negro. Y del ficus mordisqueado, y del esquinazo del mueble horadado con dibujos de afiladas uñas.
Ahora que mi madre se retuerce de dolor con ganas de morir, me pregunto por qué pude acudir al veterinario cuando uno de mis gatos enfermó, ya viejito, con un tumor inoperable, y acceder a que falleciera dulcemente tras un pinchazo, para que no sufriera ni un solo amago de suplicio. Por qué tuvo mi padre que soportar durante dos años la más terrible de las degradaciones cuando se le empezó a despachurrar el cerebro olvidando nombres, hijos, amigos y funciones vitales.
Es terriblemente injusto. Cuando la vida ya no es y no da para más… Cuando la vida no se puede vivir, ya no es un privilegio.
Conflictos legales, éticos, morales, médicos, religiosos, sociales y hasta filosóficos. Todo eso, y más provoca simplemente pronunciar la palabra eutanasia.
Cada día más casos nos hacen enrojecer. Hace poco menos de un año escribía en este mismo espacio sobre José Antonio Arrabal. Enfermo de ELA, grabó un vídeo a modo de alegato mientras se tomaba una dosis letal de medicamentos: un frasco con unos mililitros de libertad transparente: “Me parece indignante que en este país no esté legalizado el suicidio asistido o la eutanasia. Me parece indignante que una persona tenga que morir sola y en la clandestinidad. Me parece indignante que tu familia se tenga que marchar para no verse implicada y acabar en la cárcel”.
Y murió solo, con sus hijos y su mujer arrojados momentáneamente fuera de la casa con un equipaje lleno de rabia.
Y aún recordamos también a Andrea, la niña de 12 años con una enfermedad neurodegenerativa irreversible que le producía tantos dolores como lágrimas derramaron sus padres, mendigando un poco de piedad por juzgados y comités de ética. Conseguirlo no les privó a ellos del dolor, pero sí a ella.
Porque hay decisiones que duelen más que la muerte.
Los gemidos que les despertaron tantas noches resuenan aún en un mundo tremendamente injusto.
Mamá, si aún quieres morir, puedo decir que eres un gato.

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eutanasia

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