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De Nachete a Manu

Imaginémonos que hubiera sido Emmanuel al que, acercándose a un grupo de estudiantes, se le hubiera ocurrido saludar a uno de ellos con un “¿qué tal, colega?” Viral se haría la ocurrencia del presidente galo y todos babearíamos con su simpatía y cercanía a la plebe. Aplausos ovinos.
Si, quizá, a Angela Merkel, en un ataque de simpatía, le hubiera dado por decirle al francés en un bronco alemán, “¿qué hay de nuevo, Manu?” (cuesta creer que de su boca salgan apelativos cariñosos o cercanas salutaciones, pero, imaginación al poder más que nunca), arrancaría una sonrisa del rostro de Macron y se le haría el trasero pepsicola por las muestras de afecto de la poderosa teutona.
Ay, amigo, pero cuando vienen de más abajo las voces sin etiqueta, cuando el protocolo es protoculo, las jerarquías son protozoos y, las fórmulas de tratamiento, apolilladas palabras, los de arriba desempolvan polvos y marcan distancia.
“Llámame señor o presidente” le espetó el de la República Francesa a un estudiante que le había preguntado: “¿Qué tal, Manu?”, quizá un tanto chulo, pero, sin duda, ingenuo.
La que le cayó al mozo. Todo un discurso paternalista, imperativo, aderezado con una cucharada sopera de soberbia: “Haces las cosas en orden. El día que quieras hacer la revolución aprende primero a tener un diploma y a alimentarte por ti mismo. Luego ya podrás dar lecciones a los demás”.
Además de dejar en ridículo al adolescente, cosa muy fácil en esa franja de edad, se desprende de las palabras de Macron que nadie que no posea un diploma puede hacer la revolución.
Y ahora es tiempo de recordarle la historia de Nachete (que, imagino, se llamaría Ignacio y nunca se enfadó por el diminutivo) un sans culotte que, allá por 1789, junto con los otros que no vestían calzoncillos (éstos se los ponían las clases sociales elevadas) tomaron las calles parisinas y su actividad fue determinante en la Revolución Francesa. Eran militantes radicales de la clase baja, gente común que no formaba parte de la burguesía, aristocracia o familia real. Sin títulos, sin diplomas, artesanos, obreros y campesinos. A calzón quitado, los desarrapados lucharon contra el poder absolutista, contra los privilegios, contra el desmesurado gasto de la Corte cuando ellos no tenían ni para un pedazo de pan.
Sin ellos, la Bastilla podría seguir siendo la cárcel del hambre. Los burgueses, los profesionales liberales, los politólogos, los cultos, los titulados, tienen mucho que agradecer a ese Tercer Estado de trabajadores sangrados.
Mientras unos piensan en un mundo mejor, otros se manchan las manos quitando mierda del mundo sucio. Ambos cumplen su función.
Pero cuando las revoluciones triunfan, los unos se olvidan de los otros. Dicen que, tras la francesa, desaparecieron los sans culottes y que la burguesía pudo seguir sus tareas sin el incordio de ellos. Pero ahí siguen, pensando en una manera más civilizada de cortar cabezas.

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