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mis tripas, corazón

De gatos que beben lluvia

Kristina se pasó la tarde llorando. A veces reía. Iba de un lado a otro de la casa abrazando a todos, enseñándoles las fotos de su hermano pequeño, mi niño Andrey.

Kristina tiene 17 años, mi hijo, doce. Kristina vive en Donetsk. Andrey, conmigo. Son hermanos y sus bocas están alejadas más de 4.000 kilómetros. Son hermanos y a sus corazones les separan nueve años, que en distancia es algo así como de Valladolid a Plutón andando a gatas.

Kristina se pasó la tarde llorando. Cada vez que abría una de las fotos que le envié, su gato pequeño le lamía los ojos porque le gusta beber la lluvia.

Kristina se pasó la tarde como yo la noche anterior, cuando me llegó un mail en ruso de Victoria, su nueva madre. Cada vez que abría una imagen, mi gato pequeño me lamía los ojos porque le gusta beber la lluvia.

Kristina llovía alegre porque creía que jamás volvería a ver a su hermano. Y yo, porque ya sabía de quién eran los ojos de Andrey. Me falta saber de dónde vienen los de Vanya.

Cuando alguna vez me han preguntado por mi afán de buscar a los familiares biológicos de mis dos cosacos, he hablado de mi curiosidad por encontrar sus rasgos en algún rostro, como cuando otras familias ven en sus niños la boca del abuelo o la sonrisa de mamá, ésa que desaparece justo en cuanto los hijos pisan la primera baldosa de la adolescencia.

Aquella noche, en cada foto de Kristina, veía a Andrey y, en los ojos de ambos, una milésima de segundo de una misma tristeza compartida.

Su padre muerto en 2004. Los niños hambrientos y una viuda con nada más que alcohol que llevarse a la boca. Una casa en ruinas donde sobrevivir al frío. Una niña de ocho años, Kristina, que cuida al pequeño, a mi hijo cuando no era mi hijo, que le busca comida, que le arropa con trapos, que le acuna en Plutón. Que la ausencia de la madre es más larga que un día sin pan, y dos, y cien. Y las ruinas arden una noche enojadas por tanto frío. Y los niños son llevados a orfanatos: en uno me esperaba Andrey, en otro, Kristina se fue con Victoria.

Victoria me cuenta que Kristina llegó a creer que su hermano podía haber muerto. No, princesa, aquí lo tengo, a mi lado, construyendo con el Lego una y otra vez casas resistentes a fuegos y miserias. Aunque sé que en algún rincón de su cerebro arden paredes, Andrey dice que no recuerda el incendio. Lo que sí recordó, al abrir las fotos, fue tu mirada. Y buscó un espejo para ver tus ojos.


septiembre 2013
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