“Luciendo la saya blanca y el pañueluco de seda, dime dónde vas morena, dime dónde vas salada…” Con este himno oficioso como música de fondo, y erizándoseme todos los vellos, incluso los que el gato dejó pegados en mi sudadera durante su tercera siesta, confieso que fue el único partido de fútbol que he conseguido ver entero. Era el que enfrentaba al Racing de Santander y a la Real Sociedad. El que jugaban los cántabros contra la injusticia y en el que sacrificaron el triunfo, el trofeo e incluso el juego, para lograr la supervivencia. La Copa del Rey, nada menos; si yo fuera monarca (algo impensable esta circunstancia en el mundo de mis ideas) les regalaría la Copa de la Dignidad, pero es que ya pocos saben que existe como palabra, y menos como actitud.
Han pasado varios meses desde que los jugadores del Santander no cobran sus nóminas, pero a los de la anterior junta directiva se la bufaba porque hacía ya tiempo que pensaban, como tantos otros, que hemos dejado de ser trabajadores para convertirnos en esclavos, ya seamos futbolistas, torneros fresadores, campesinos, autónomos, funcionarios o artistas circenses.
Para pasar de un status a otro han ido obligándonos a ‘soltar lastre’. Nos han despojado de empleos, puestos de trabajo, poder adquisitivo, vivienda, derechos educativos, sanitarios, sociales, libertades y pan. Nos han arrebatado también la ilusión como botín de guerra y pretenden ahora apropiarse de nuestra dignidad, porque ya apenas queda que rebañar. En este punto cabe preguntarse para qué la quieren si nada saben sobre su uso.
Junto a los atracos, y a la vez, nos acechan los desencantos, los propios y los ajenos. Se reproducen como ratas a las que alimenta y fecunda la oligarquía. Hasta ahora, los sufríamos en silencio y nos los tragábamos a pequeños sorbos; aun así, dolían en su descenso hasta el estómago. Como son indigestos por haber alcanzado ya una ingente cantidad, empezamos a aprender a usarlos como bandera. Con los desencantos izados y la dignidad como último harapo con el que cubrir pudores, nos alegra la vida la masa crítica, la que se abrazó y se plantó en el campo del Sardinero, la que se atrincheró en las vallas de las obras de Gamonal, y la blanca y ‘sonante’ que dijo “No” a la privatización de la sanidad. Y vendrán más.
Esto marcha, aunque tengamos que salir a la calle vestidos únicamente con la saya blanca rota y el pañueluco raído.