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mis tripas, corazón

Semana tanta

Pues sí, este año cambio el adjetivo por un adverbio porque con la edad se me van cayendo las orografías y las hagiografías y cada vez me importa menos. Incluso verbalizar realidades y obviedades me resulta placentero. Como a los veinte, pero con sosiego.

Sí, cambio el epíteto de semana, me atrevo incluso a declararla MIR (mal de interés irracional), pero sólo aquí, en mi pequeño mundo, donde nadie me oye, y a confesar mi malestar profundo por el opio que siguen quemando en las iglesias.

Me sabe rancio hasta donde la memoria me llega, allá por los setenta, cuando los lunes santos (ahora tantos y antes muchos más) un barrendero recorría diligente las calles de la periferia recogiendo los dedos de los niños de barrio. “Domingo de ramos, si no estrenas nada, se te caen las manos” (malditas letanías que se inventan los pudientes). Y allí todos mancos, sin palmas, regenerando apéndices como lagartijas para la siguiente primavera. ¿Dónde están los vertederos con nuestras manos de púberes limpias?

Me molesta la esencia porque algo huele a podrido en cada estampa. Y también la presencia, que me limita, que me coarta, que me corta el paso, el paseo o la prisa. La ciudad limitada, la ciudad vallada, la ciudad tomada, la ciudad invadida por las tropas celestiales y el siglo de la razón criando malvas.

En el fondo también me aprovecho de los largos tentáculos de los santos. Celebro la semana con vacaciones, igual que el solsticio de invierno. Como una parada, un descansillo en la escalera del año, el invento está perfecto, salvo que le sobran los nombres sacros en un país sin justicia divina y con zancadillas satánicas para la humana. Y la celebro porque es tiempo de sol y porque tengo el patio lleno de lilas y la pasiflora brotando. Porque huele a primavera y hay rencuentros desde hace lustros con amigos lejanos que besamos allá en septiembre con un hasta pronto que cualquier año, en alguno de nosotros, se hará hasta nunca (un saludo, compañero Laforga). Y por eso ese deseo del encuentro, con vinos nuevos descubiertos, con recetas de otros sabores, de otros lugares, con placeres sabidos.

Esta semana santa he puesto tanto empeño en no llamar santa que Rouco Varela se me ha aparecido en sueños para cortarme las manos, y también la lengua, con lo cual no he podido decirle lo que pienso de su iglesia.

Pero ni siquiera mi verdad es absoluta y posiblemente mañana me invente otra.


abril 2014
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