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Los niños de la basura

Bajo la tierra ya no hay sólo semillas o carbón. Con las piedras, con los desechos, conviven niños y adolescentes muertos. Vaya, no conviven, duermen para siempre sin poder soñar.

Los restos encontrados en una escombrera de Sevilla no son los de Marta del Castillo, ni su alma encharcada, pero de alguien son. La madre contenida y continente de dolor dice de Miguel Carcaño que es la esencia del mal, y no conozco mejor definición para un asesino, confeso o no, y maestro desalmado de la tortura.

Una caja de zapatos, enterrada en un parque de Villaverde, guardaba hasta principios de abril los restos de un bebé recién nacido. De padres metidos a enterradores nocturnos, la niña que nunca tuvo nombre ni besos tampoco cumple años, y ya han pasado dos. Nació muerta, repiten ellos, pero eso ya se verá, y allí la dejaron, a la sombra de los árboles que la mecieron en sus raíces.

Más al norte y muy cerca del final de la tierra, durmió Asunta. Quienes para nuestros adentros ya hemos elegido culpables, nos mortificamos preguntándonos el porqué, por si alguna vez la vileza guiara nuestra sinrazón y tuviéramos que arañarnos la mente para espantarla.

Al menos ella reposaba sin luz sobre el mantillo mientras Marta sigue alejada, perdida, hundida entre gusanos y mentiras. La madre, contenida y continente, escribió una súplica al asesino: “Imaginar que la sonrisa que tanto te gustaba de ella se pudre en un basurero, o en el fondo del río, o sepultada en una tumba que no es tumba, sino un hoyo escondido para todos, o para ti… Solamente quiero que me digas, Miguel, dónde está el precioso cuerpo de mi niña”. Y él, jugando morbosamente a callar, o a mentir, o a despistar.

Dice el juez Gómez Bermúdez que si te matan a un ser querido puedes pensar lo que te dé la real gana.  Pero cuando pensar esté penado -porque para eso caminamos empujados hacia atrás-, conformaremos un amplio bestiario de simpatizantes de padres dolientes, a los que incluso acusarán (no te extrañe), por eso de buscar culpables, de que han tenido hijos por encima de sus posibilidades.

Y cuando el límite moral sea ampliamente sobrepasado, nos harán peregrinar, previo pago, por supuesto, al sepulcro de Cervantes para ver si los huesos que encuentren son los del genial escritor. Y que con eso podamos callar todas las tumbas perdidas. Después querrán buscar y juntar las cenizas de Gabo en vez de soñar con ver llover en Macondo.


abril 2014
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