{"id":187,"date":"2017-02-15T19:10:58","date_gmt":"2017-02-15T19:10:58","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/lolaleonardo\/?p=187"},"modified":"2017-02-15T19:10:58","modified_gmt":"2017-02-15T19:10:58","slug":"cerdos-comen-pueblos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/lolaleonardo\/2017\/02\/15\/cerdos-comen-pueblos\/","title":{"rendered":"Cerdos comen pueblos"},"content":{"rendered":"<p>Fui yo una ni\u00f1a rural convertida en urbana a muy temprana edad, aunque las vacaciones de verano, hasta los 18, las pas\u00e9 en mi Mora\u00f1a natal. Tendr\u00eda unos 9 a\u00f1os de flequillo y coletas largas cuando, contemplando a los cerdos una ma\u00f1ana de julio desde el ventanucho de la pocilga, se me antoj\u00f3 que su comida era demasiado seca; ese pienso compuesto gris con pinta de hormig\u00f3n desmigado necesitaba una salsa que yo ide\u00e9 con los huevos frescos de las gallinas. El gallinero estaba al lado, as\u00ed que fue f\u00e1cil: coger los huevos de los nidos, cascarlos y echarlos en los comederos de los cerdos mezcl\u00e1ndolos bien con sus viandas. Jam\u00e1s vi a \u00e9stos tan felices y tan agradecidos y, por aclamaci\u00f3n popular, me nombraron ese verano reina de la pocilga.<\/p>\n<p>No s\u00e9 qui\u00e9n me pill\u00f3 en una de mis incursiones gastron\u00f3micas porcinas, el caso es que hubo una bronca tremenda y me castigaron sin salir una semana, enclaustrada en el patio, debajo del colgadizo, donde \u00fanicamente pod\u00eda preparar comiditas con agua y tierra para una mu\u00f1eca negra con un solo ojo y un futbolista de pl\u00e1stico sin articulaciones.<\/p>\n<p>Me levantaron el castigo para ir a confesarme ante el cura de mi terrible pecado, porque as\u00ed me lo exigieron los viejos del lugar. Ese verano estaba con don Faustino, el cura gordo que vivi\u00f3 en mi pueblo unos dos mil a\u00f1os, un sacerdote jovencito que tomaba confesi\u00f3n a ni\u00f1os y adolescentes en un banco mientras el viejo dormitaba en el confesionario oyendo los chismorreos de las abuelas. A\u00fan oigo re\u00edr al joven cuando le cont\u00e9 mis pecados: He desobedecido a mis padres, me he pegado con mi hermano, le he puesto una lombriz a mi hermana en la cabeza y he cogido huevos del gallinero para mezclarlos con la comida de los marranos, que parec\u00eda muy seca, y no vea usted c\u00f3mo se han puesto los abuelos y los t\u00edos.<\/p>\n<p>Y mientras \u00e9l re\u00eda con ternura, a m\u00ed me dieron ganas de llorar. Pura verg\u00fcenza. Jur\u00e9 no volver a hablar a nadie del pueblo esos meses salvo a cerdos y gallinas. Fue tambi\u00e9n mi \u00faltima confesi\u00f3n en una iglesia.<\/p>\n<p>Varios a\u00f1os despu\u00e9s, cuando mi historia hab\u00eda corrido de pocilga a cochiquera y de un pueblo a otro de esta vasta regi\u00f3n, los cerdos decidieron rebelarse por mi honor &#8211; en un acto que se conoce ya como la revoluci\u00f3n de octubre de los fogones- y comerse a los habitantes de las villas, que murieron insult\u00e1ndome. Ninguna otra es la causa verdadera de la despoblaci\u00f3n rural.<\/p>\n<p>Como se ha cubierto el cupo de reuniones y foros donde han analizado las ra\u00edces de los procesos que han llevado a la despoblaci\u00f3n y para nada ha servido, decido con este escrito confesar mi culpa. Y ahora que ya sabemos las causas (por si esto era la raz\u00f3n de la pasividad), metamos mano en serio a nuestro gran centro de la tercera edad antes de que se convierta en cementerio, donde los muertos se llevan todos los d\u00edas a sus tumbas la incapacidad de quienes les mintieron con un mundo mejor: un mundo rural, por supuesto.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Fui yo una ni\u00f1a rural convertida en urbana a muy temprana edad, aunque las vacaciones de verano, hasta los 18, las pas\u00e9 en mi Mora\u00f1a natal. 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