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	<title>Cervantes: realismo y ficción | Ni locos ni cuerdos - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<title>Cervantes: realismo y ficción | Ni locos ni cuerdos - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Apr 2016 23:11:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alfredo Barbero</dc:creator>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p>Cervantes pudo intuir que las muy heterogéneas tribus hispanas, los por sí mismos incorregibles y peleones pueblos celtíberos obsesionados con sus pequeños terruños e identidades locales, gracias a la “unificación espiritual” que por la fuerza externa de las armas y la cultura realizaron romanos, visigodos, musulmanes y sus coetáneos Austrias (más adelante lo harían los Borbones), los distintos temperamentos de nuestra península balcánica subpirenaica habían logrado “homogeneizar un alma” a lo largo de los siglos hasta el punto de poder ser representada de modo sencillo mediante una moneda de dos caras, la de un fanático y la de un pícaro, es decir, de tener el “pueblo español” una mentalidad o estructura cognitiva mitad pícara y mitad fanática, percibido lo cual con sabiduría de las muchas realidades concretas que conoció al detalle gracias a su viajera vida de soldado y funcionario recaudador, por miles de caminos y en cientos de pueblos, posadas y ciudades, pudo después idealizar o “buenizar” esas dos caras, convirtiendo al fanático en un noble y loco caballero movido por ilusos propósitos de Justicia, y al pícaro en un rústico socarrón sin mayor malicia, acción creadora de su imaginación que habría modificado esencialmente y embellecido el origen real de los dos personajes haciéndoles universales por elevación al arte de la gran Literatura, a la esperanza utópica quizá posible, y ello sobre la base de una “falacia” de su fantasía —en la que el lector entra de lleno, y cree, llevado del humor, la ironía y una extraordinaria capacidad narrativa—, pues al transformar las dos mejor aquilatadas caras de la identidad hispana en dos personajes de buen corazón, dos personajes amables y cristianos en forma y fondo, ni <strong>Don Quijote</strong> ni <strong>Sancho Panza</strong> pueden representar la cruda naturaleza humana, en general, ni la del pueblo español, en particular, aunque los entornos en que se desenvuelven nos sorprendan por su realismo, siendo obvio que <strong>un fanático y un pícaro bonachones</strong> —ya se entiendan de manera independiente dialogando o como “personaje colectivo” en continuo monólogo interior— no son seres poliédricos, contradictorios, éticamente complejos, malvados, ambivalentes, desleales, mezquinos, codiciosos, deshonestos, aborrecibles, condenables, reales.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p>Acertada o no la hipótesis desarrollada en el párrafo anterior sobre la posible representatividad de las hispanas gentes de su tiempo que Cervantes pudo querer atribuir a sus dos personajes de ficción principales más allá de la explícita como paródicos caballero andante y escudero, lo que sí se pone de manifiesto en la novela cervantina es que Don Quijote y Sancho no son personajes realistas en el sentido de tener un “lado oscuro” como el que suelen tener las personas, o como el que tienen, por ejemplo, los mejores personajes de Shakespeare. Son, más bien, <strong>dos luminosos personajes naíf.</strong></p>
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<p> </p>
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