Cervantes hace al menos dos grandes parodias en el Quijote: la de los libros de caballerías, y la del mundo académico. Esta última, mucho más breve pero no por ello menos intensa, la lleva a cabo sobre todo en el Prólogo y último capítulo de la Primera Parte, con los sonetos y epitafios de los muy afamados académicos de la Argamasilla, lugar de la Mancha: el Monicongo, el Paniaguado, el Caprichoso, el Burlador, el Cachidiablo y el Tiquitoc.
Gracias al desarrollo de su parodia principal, la de los caballeros andantes, don Miguel nos legó el genial juego dialéctico entre su grandísimo sabio loco, Don Quijote, y su no menos grande sabio pícaro, Sancho Panza. Un alarde de ritmo y belleza lingüísticos, de maestría irónica, y de profundidad emocional y reflexiva. Juego dialéctico, puede entenderse también, entre el mundo de los ideales y de los sueños, y el de los hechos, el universo de la imaginación y la fantasía en fecunda / problemática interacción con la realidad. Su sentido del humor, descontadas las caídas, tortas y golpes que utiliza como recurso primario para conectar con todo tipo de públicos (Chaplin, por ejemplo, hace lo mismo en el cine), es educado, respetuoso, elegante y sutil. Nada que ver, por tanto, con el vulgar cachondeo al que los hispanos somos tan aficionados. La comicidad es continua, pero también lo son las humillaciones y derrotas de Don Quijote, que el autor sabe hacer que nos duelan. Hombre mayor, bueno, digno, sabio e ingenuo, al que con frecuencia vemos ser objeto de burlas y apaleado. El resultado, la escritura, permite aprender deleitándonos sobre lo más hondo de la naturaleza humana, siguiendo de cerca por las ventas y caminos de La Mancha la ruta de los tragicómicos sucesos que jalonan la aventura vital de ambos “héroes”. Y de esta manera representada, la de todos nosotros. Quizá por eso Cervantes sea autor primero en la historia del arte de la Literatura.