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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

Cataluña

Don Quijote recibe en Cataluña un importante baño de realidad. Allí se inicia el proceso de recuperación de su cordura, de su sentido común.

Cuatro acontecimientos tendrán gran importancia en el referido proceso: 1) su derrota en la playa de Barcelona ante el desconocido Caballero de la Blanca Luna, que le impone volver a su lugar, 2) la persecución de las cuatro galeras que le estaban homenajeando a un bergantín avistado desde Monjuí, 3) el impacto que produce en el caballero andante su encuentro con el bandolero Roque Guinart, identificado con el famoso e histórico bandolero catalán, Perot Roca Guinarda (o Rocaguinarda), y 4) la ‘muerte real’ y violenta de cuatro personajes, un joven amante, un bandolero y dos soldados.

Pero vayamos por partes.

En el Capítulo LIX Don Quijote conoce la existencia de un ‘falso yo’, de una narración impostada por un “historiador nuevo” del mundo real que ha usurpado sus aventuras y, lo que es peor, sus caracteres psicológicos, para amoldarlos a su entender. Un ‘historiador’ bien distinto del sutil, irónico y muy ponderado Cide Hamete Benengeli. Nos referimos al supuesto licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, que se declara natural de Tordesillas y dice haber escrito el que llama Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, en Tarragona, año 1614. Don Quijote se enfada y decide ir a Barcelona en vez de a las justas de Zaragoza a las que había acudido su imitador para demostrar que él es el auténtico y verdadero personaje. El falso Don Quijote vive en otro mundo literario. Vive, según piensa el muy certero Cide Hamete, en un torpe mundo de la imaginación, pobre de letras, aunque rico de simplicidades.

“Era fresca la mañana y daba muestras de serlo asimesmo el día en que don Quijote salió de la venta, informándose primero cuál era el más derecho camino para ir a Barcelona…”

El académico, cervantista y profesor, Martín de Riquer, dejó escrito que en este Capítulo LX comienza “la última fase de la novela, muy distinta a las otras (…) Hasta ahora, todos los personajes que han ido surgiendo eran imaginarios y producto de la fantasía y el arte del autor (…) En tierras catalanas, DQ hace una incursión en la historia de su tiempo.”

Muy cerca ya de la ciudad, al pie de unos árboles bajo los que habían dormido y de los que colgaban ahorcados un grupo de bandoleros, les rodeó al amanecer una cuadrilla de más de cuarenta vivos. Su capitán era Roque Guinart, un bandolero catalán histórico, que llegó poco después. “Se nos muestra no sólo una realidad, sino unos hechos que apasionaban y trascendían el fenómeno del bandolerismo. Y más aún sabiéndolo un mal endémico en Cataluña (…) Cervantes vuelve a recordarnos que los bosques y campos catalanes estaban infestados de cuadrillas de salteadores y la particular naturaleza del bandolerismo catalán, dividido en dos bandos. Todo ello, además, comportó una particular escisión de la sociedad catalana e incidió en la estructura del poder, que se resintió de la influencia de las facciones, que colocaban valedores entre la burocracia e incluso intentaban influir en el propio virrey” (M. de Riquer).

Desde un primer momento, el aplomo, firmeza, discurso lúcido, hechos y continuas aventuras de Roque dejan a Don Quijote sorprendido y admirado. Es como si su propia identidad de caballero andante y sus aventuras quedasen de pronto pequeñas comparadas con las del bandolero. La realidad supera a la ficción. Cide Hamete Benengeli, flor de los historiadores, muestra también su admiración por el nuevo personaje y escribe: “Mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas y dineros y todo aquello que desde la última repartición habían robado; y haciendo brevemente el tanteo, volviendo lo no repartible y reduciéndolo a dineros, lo repartió por toda su compañía, con tanta legalidad y prudencia, que no pasó un punto ni defraudó nada de la justicia distributiva.”  Y Sancho añade: “Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que se use aun entre los mesmos ladrones.” Roque Guinart toma la delantera a Don Quijote y pasa a ser el protagonista principal de la novela, tanto en la aventura de los trágicos amores entre Claudia Jerónima y don Vicente Torrellas (la infortunada muerte de don Vicente es la primera ‘muerte real’ que se describe en la novela), como en la del asalto y robo al coche de doña Guiomar de Quiñones, mujer del regente de la Vicaría de Nápoles, a dos capitanes de infantería, y a dos peregrinos que se dirigían a Roma. Don Quijote desempeña en estas aventuras un “papel de simple espectador” (M. de Riquer). Las pocas y breves invocaciones que hace de su idealizada identidad e invencible fuerza no tienen eco, son retóricas, permaneciendo pasivo y al margen de las acciones que llevan a cabo los demás personajes. Roque despierta el respeto y alabanza de todos cuando pide bastante menos dinero del que llevan doña Guiomar y los capitanes, entregando  diez escudos a los peregrinos y reservando otros diez para Sancho Panza, a fin de resarcirle del intento de “espulgar al rucio” que hizo su cuadrilla antes de que él llegase. Uno de los bandoleros le reprocha este proceder en voz alta. Rocaguinarda empuña la espada y abre casi en dos partes la cabeza del importuno crítico. “Pasmáronse todos”, incluido Don Quijote, con esta segunda muerte violenta ‘real’ de la novela, pero nadie dice ni hace nada. Tampoco el afamado caballero.

El bandolero Roque Guinart deja de noche en mitad de la playa de Barcelona a Don Quijote y Sancho la víspera de San Juan. Se abrazan y despiden con afecto, y al poco amanece. “Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecioles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera que en la Mancha habían visto.” Contemplaron las cuatro galeras que allí había. De la ciudad salió un tropel de caballeros sobre hermosos caballos. Sonaban trompetas, clarines y chirimías. El caballero don Antonio Moreno, amigo de Roque, les ofreció hospitalidad en su casa, que estaba en una de las principales calles. Don Antonio tenía “relaciones con personajes influyentes de la Corte. En otras palabras, el caballero barcelonés es un logrado reflejo de la protección que algunos nobles (aristócratas arruinados, segundones, caballeros ricos, intrigantes…) dispensaban a los delincuentes” (M. de Riquer). Una tarde les llevó a ver las galeras del puerto que vigilaban y protegían la ciudad, “cuando dijo el marinero: señal hace Monjuí de que hay bajel de remos en la costa por la banda del poniente.” Al tratarse de posibles corsarios, inician su persecución. Don Quijote permanece atónito ante la sucesión de todos estos ‘hechos reales’ de combate que le desbordan. “Dos toraquis, que es como decir dos turcos, borrachos, que en el bergantín venían con otros doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte a dos soldados (…) Volvieron a la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos de ver lo que traían. Dio fondo el general cerca de tierra y conoció que estaba en la marina el virrey de la ciudad. Mandó echar el esquife para traerle y mandó amainar la entena para ahorcar luego al arráez y a los demás turcos que en el bajel había cogido, que serían hasta treinta y seis personas, todos gallardos, y los más, escopeteros turcos.” Don Quijote sigue inoperante, dando la impresión de no saber afrontar la ‘realidad’ que tiene ante sí.

“Y una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas sus armas, porque, como muchas veces decía, ellas eran sus arreos, y su descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hacia él un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traía pintada una luna resplandeciente.”

El encuentro y combate en la playa de Barcelona con el bachiller Sansón Carrasco disfrazado de Caballero de la Blanca Luna es muy rápido. Derribado Don Quijote, que queda tendido en la arena, el caballero vencedor tiene ocasión de comprobar su inquebrantable lealtad por Dulcinea: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra.” El de la Blanca Luna le exime entonces de declarar en público la superior belleza de su dama, pero le pide que vuelva pronto y prudente a su lugar. “Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué decirse ni qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor rendido y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como se deshace el humo con el viento. Temía si quedaría o no contrecho Rocinante, o deslocado su amo, que no fuera poca ventura si deslocado quedara.”

En Cataluña encuentran su límite la fantasía de identidad y las aventuras de Don Quijote. Poco después, en el Capítulo LXXIIII de esta Segunda Parte, ya cuerdo y en su manchego lugar le llegará el momento de morir, con el que acaba su historia. La de Don Quijote es la genial historia de un hombre sabio con una divertida ‘locura’. Recobrado el sentido común, vuelto de la caballerosidad andante a su condición de hidalgo y bonhomía, agotada la ficción de una identidad singular, la historia termina. Don Quijote ha culminado su trayecto. ¡Y de qué manera!

A diferencia del buen hidalgo, las sociedades civilizadas que aspiren a tener éxito pacífico y perdurable en un mundo cada vez más interconectado nunca deben abandonar los principios de realidad y de alteridad. Todos tenemos sentimientos identitarios, deseos, ilusiones e intereses, individuales y grupales, pero han de autocontrolarse y atemperarse de forma madura teniendo en cuenta los de los demás. Pretender imponer los propios, sí o sí, no demuestra respeto ni sensatez. No se puede construir un país nuevo rompiendo otro unilateralmente, excluyendo del derecho a decidir a la mayor parte de las personas del veterano país que ya existe, anulando una realidad histórica de siglos y saltándose una legalidad constitucional reconocida internacionalmente. El ejercicio legítimo de la política obliga al diálogo y la negociación, a saber renunciar y a saber perder. Las minorías pueden lograr una pequeña parte de sus aspiraciones, las mayorías ganan. Así funcionan las relaciones entre las democráticas damas y caballeros que somos todos los ciudadanos.

Debido a una historia apócrifa, Don Quijote va a Cataluña con intención de participar en unas justas que aumenten aún más su autoimagen de grandeza, y se topa con la realidad. Con la realidad hemos dado, Sancho. La actual élite política independentista catalana y los ciudadanos que la votan han vivido hasta ahora en un ‘encantamiento’. En el imaginario y prolongado encantamiento de la República Independiente de Catalonia, una especie de moderna ínsula Barataria. Los hechos sin embargo hablan por sí mismos: el derecho de autodeterminación de los muchos y muy diversos territorios de la Unión Europea no está reconocido legalmente por ninguno de los países miembros (la ONU solo avala este derecho de forma excepcional, normalmente en países del Tercer Mundo en situaciones de flagrante colonización); el éxodo de empresas y empresarios catalanes continúa; Puigdemont sigue fugado en Bruselas sin obtener el apoyo de Europa, metido en un mundo cada vez más virtual (superará el récord de esperpento político hispano si logra que le nombren President vía telemática; una forma de gobierno así, ¡cómo hubiese gustado a Sancho Panza ejercerla sobre Barataria desde un lugar de La Mancha!); Oriol Junqueras continúa en la cárcel por riesgo de reiteración delictiva según tres Magistrados del Tribunal Supremo (presuntos graves delitos de rebelión, sedición, malversación de fondos públicos y otros); Artur Mas, pionero del procés a la sombra de Pujol, asumió antes de ayer las consecuencias de estar inmerso en varios procesos, renunciando a la presidencia de su partido; el mismo camino de vuelta parece que lleva Forcadell y ha tomado ya algún Consejero.

Como ellos, como todas las personas que utilizan de modo obstinado este primario mecanismo psíquico para alcanzar sus metas, ilusiones y deseos, quienes sigan negando la realidad sin duda seguirán dándose con ella.

 

(Nota.- Las citas de Cervantes y de Martín de Riquer proceden de la edición electrónica del Quijote de la RAE, año 2015, dirigida por Francisco Rico)

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia

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