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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

Sin amor

Largas secuencias de árboles caídos bajo el peso de la nieve que no cesa.

Así comienza la durísima película, Sin amor, del ruso Andréi Zvyagintsev, al que algunos críticos empiezan a considerar como posible sucesor de Andréi Tarkovsky. La fuerza de sus imágenes, su capacidad simbolizadora, la creación de atmósferas singulares, y el pausado e intenso ritmo de la narración recuerdan desde luego al gran maestro ruso.

Nominada al Óscar 2018 a Mejor película de habla no inglesa en esta 90. ª edición cuya ceremonia de entrega de premios veremos la próxima semana, obtuvo en el último Festival de Cannes el Premio del Jurado y ha recibido también dos premios de la Academia de Cine Europeo, a la mejor dirección de fotografía para Mikhail Krichman, y a la mejor composición musical para Evgueni y Sacha Galperine. Una música que se clava, más que se fija, en la memoria, percutiente, como la propia historia.

No hay misericordia para el niño Alyosha. Los padres están repartiendo las pertenencias para ultimar su divorcio. Alyosha no cuenta para ellos. Los dos han reconstruido sus vidas cada uno por su lado siguiendo sus propios deseos y ambiciones, encontrando otros afectos. Van a lo suyo. Tienen nuevas parejas y nuevos mundos en los que se sienten seguros y satisfechos. Alyosha queda excluido por completo de ambos mundos. Para él no hay sitio, ni palabras de consuelo, ni sonrisas, ni caricias, ni besos. No hay ninguna muestra de afecto para él, como si no existiese. Ningún abrazo en el que encontrar un poco de calor, ningún cobijo. La desolación y el dolor del niño son potentísimos, pero silenciosos. Sólo en una escena le vemos llorar desconsoladamente. Muy pronto desaparece. Sus padres tardan en darse cuenta.

Las imágenes de la larga y metódica búsqueda del niño que ocupan la mayor parte de la película desvelan dos contextos: el terrible de la relación de odio destructivo entre los dos padres, y el contexto social de la actual Rusia con sus carencias, conflictos bélicos y pulsiones autoritarias. El director es coguionista de la historia junto a Oleg Negin, con el que también hizo el premiado guión original de su anterior película, Leviatán. Desconozco si alguno de los dos, o los dos, tienen estudios al respecto, o si les han asesorado psicólogos, psiquiatras o abogados expertos en divorcios, pero los diálogos entre el padre y la madre son de un total realismo. Pocas veces se ha conseguido en cine describir de forma tan precisa el núcleo de destrucción de una pareja. El retrato del virulento, sistemático, implacable, continuo odio entre los dos padres, a cada palabra, casi a cada gesto, impacta por su intensa fuerza. Nos recuerda al maestro Ingmar Bergman. No obstante, por encima de la relación entre los progenitores destaca la tragedia sorda del niño Alyosha. Del niño sin lugar, del niño privado por completo de afecto, sin el mínimo calor emocional necesario para sobrevivir. Del niño en absoluta soledad. Del niño sometido a un frío incesante y aniquilador. El guión es quirúrgico, sin anestesia, real hasta el dolor más profundo, pero también poético en su aproximación a la tragedia. Por fortuna, los casos tan graves de desapego son una minoría en el total de divorcios, lo que no quita para que muchos niños padezcan tragedias similares a la de Alyosha en nuestras sociedades ‘civilizadas’.

Hollywood acierta en ocasiones, y ha premiado a grandes películas de habla no inglesa. Espero que Sin amor obtenga un merecido premio.

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia

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