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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

Por la igualdad

La madre Naturaleza determinó una distinción genética en los cromosomas sexuales de la hembra y del macho de la especie homo / mulier sapiens con fines reproductivos que supuso una notable diferencia de fuerza física, convertida de inmediato en la ley fundamental a partir de la que empezó a configurarse la relación entre ambos sexos. Todo tuvo su comienzo hace entre 300.000 y 350.000 años, si se confirma que los restos fósiles de cinco individuos con una forma del cráneo casi idéntica a la de los humanos modernos hallados en Jebel Irhoud (Marruecos) en el 2017 son realmente antepasados nuestros según publicó la revista científica Nature. Del mismo modo empezaron a estructurarse también otros dos tipos de relación: a) las relaciones de Poder entre los machos, y b) las relaciones internas y externas de los grupos, o relaciones sociales. La ley primigenia entre humanos, por tanto, empezó siendo la misma que utilizan todas las especies animales en sus (inter e intra) relaciones: la ‘ley de la fuerza’.

A este hecho constatado por la biología evolutiva y la sociobiología se le puede denominar con términos procedentes de ciertas teorías histórico-sociológicas (por ejemplo: ‘superestructura hetero-patriarcal’) o con otro tipo de denominaciones más castizas y llanas (‘machismo’, por ejemplo), pero la realidad es que la ‘ley de la fuerza’ ha predominado con absoluta claridad a lo largo de la Historia y sigue predominando en las relaciones humanas de las sociedades que hoy consideramos más civilizadas a las que pertenecemos. En las sociedades actuales menos civilizadas lo que está ocurriendo, por desgracia, es algo muy parecido a lo que ocurría en las nuestras hace 100, 500 ó 1.000 años.

El sexo y la agresividad (traducida en relaciones de Poder) forman parte de la mente humana junto con las emociones y la racionalidad. Están en el cerebro tanto de los hombres como de las mujeres. Estos ‘materiales’ internos de nuestra mente estructuran luego las relaciones personales y sociales. A pesar de la influencia del proceso civilizador iniciado en la Grecia Clásica hace 2.500 años, acelerado e intensificado desde el Renacimiento y la Ilustración, la ‘ley de la fuerza’ sigue rigiendo en gran medida las relaciones entre humanos (mujeres, hombres y personas con diversidad de género que ahora reivindican su lugar). Y lo hace mediante dos formas o variantes principales: 1) la primitiva de la fuerza física bruta (guerras, disuasión nuclear, etc.), y 2) la socialmente ‘civilizada’ del Poder y el dinero.

Para los hombres y para las mujeres es imposible contrarrestar individualmente el Poder de los hombres más ricos y poderosos (mujeres socialmente poderosas y ricas aún hay muy pocas, pero ya compiten de modo eficaz para aumentar su presencia). Las personas a las que pudiéramos llamar ‘débiles’, que son la inmensa mayoría, se ‘defienden’ de las cúpulas poderosas mediante una legislación que garantice ciertos derechos y participando en los movimientos democráticos asociativos (partidos políticos, elecciones, huelgas sindicales, lobbies, medios de comunicación, asociaciones diversas, internet, etc.). La unión hace la fuerza, en el juego de fuerzas que es una sociedad. El Poder o fuerza de las mayorías sociales reajusta el de las cúpulas y surgen diferentes equilibrios (aunque no por ello los poderos@s dejan de serlo). La ‘ley de la fuerza’ en esta variante ‘civilizada’ ha configurado las relaciones de Poder en todas las sociedades históricas conocidas, incluyendo, ¡y de qué manera! las sociedades que durante el siglo XX predicaron el advenimiento utópico de un hombre y una mujer ‘nuevos’ conviviendo en una teórica ‘sociedad nueva’, por completo pacífica e igualitaria. La realidad histórica de esas sociedades ‘nuevas’ ha sido bien distinta de lo deseado y teorizado.

Los machos de la especie homo / mulier sapiens siguen utilizando en la relación con las hembras, como en todas sus relaciones, la ‘ley de la fuerza’. Lo hacen en sus dos variantes, la primitiva de la fuerza física, y la social del Poder. En las sociedades menos civilizadas del planeta, que son mayoría, este uso es tan brutal como lo fue en nuestras sociedades hace varios siglos o milenios. Pero también en las sociedades que consideramos más civilizadas el lamentable uso de la fuerza física y una distribución muy desigual del Poder social entre hombres y mujeres están todavía presentes.

La lucha racional, educativa, en los medios de comunicación, jurídica, sindical, política, por la no discriminación e igualdad de salarios y condiciones laborales, en el lenguaje que hablamos a diario, en el escrito, en la distribución del Poder social entre hombres y mujeres, en las relaciones de pareja, para compensar y ayudar a la maternidad, y la lucha por la máxima supresión de la violencia física contra las mujeres (la supresión total, siendo realistas, es tan inviable como la supresión total de los asesinatos: siempre habrá hombres que usen, sin que ley o regla alguna les frene, la fuerza física que tienen), en definitiva, la lucha por un feminismo igualitario entendido como logro cultural, que no busque la confrontación entre géneros sino la colaboración y sea compartido por todas las ideologías democráticas, es una gran tarea civilizadora de nuestras sociedades en la que hemos de avanzar año tras año. Un día de huelga parcial o total para defender un ideal tan justo me parece plenamente justificado. Por supuesto, la decisión de hacer o no la huelga es libre. Hay otros métodos igualmente respetables, como la manifestación, los coloquios, etc. Y a partir de mañana lo importante quizá sea que una mayoría creciente de ciudadan@s mantenga el objetivo común de seguir sumando medidas concretas, públicas y privadas, por la igualdad.

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia

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