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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

La Universidad de Salamanca (capítulo 3)

El patio porticado del edificio de Escuelas Menores de la Universidad Vieja de Salamanca, con sus elegantes arcos mixtilíneos, es precioso. En sus dependencias daban clase los estudiantes para obtener el título de Bachiller, mientras que en el cercano edificio de Escuelas Mayores, atravesando al aire libre junto al Hospital del Estudio el Patio de Escuelas hasta llegar a su entrada por la fachada de Poniente, la famosa fachada plateresca o ‘fachada rica’, estaban las aulas en las que se impartía docencia para obtener los títulos de Licenciado y Doctor en Derecho Canónico y Civil (cuya enseñanza fue anterior a la de Teología), Gramática, Lógica, Música y Medicina. Hoy puede contemplarse en las Escuelas Menores el llamado Cielo de Salamanca, la parte de bóveda conservada y trasladada de la gran pintura mural con motivos astronómicos y astrológicos que cubría la primera Biblioteca que hubo en el edificio de Escuelas Mayores, derrumbada en sus dos terceras partes alrededor de 1660.

El bachiller por Salamanca, Sansón Carrasco, no solo habría disfrutado viendo a menudo la belleza del patio de Escuelas Menores al ir a clase, sino que al entrar en la Biblioteca antigua durante aquellos años de estudio hasta 1615, sus ojos pudieron contemplar entera la deslumbrante azulada bóveda celeste atribuida a Fernando Gallego. ¡Qué envidia! (Bueno, esto es una deducción imaginaria, claro, un pequeño juego, no me olvido de que Sansón Carrasco es un personaje literario, de ficción, sin globos oculares ni cristalino reales).

“Y luego hizo Sancho venir al bachiller Sansón Carrasco, bachiller por esta Salamanca de mis pecados, típico personaje que entra aquí en tablado. Es este bachiller por Salamanca el hombre más representativo, después de nuestros dos héroes, que en la historia de éstos juega papel; es el cogollo y cifra del sentido común amigo de burlas y regocijos.”

De este modo pensaba el que fue nombrado, destituido, desterrado, nombrado de nuevo y de nuevo destituido, repuesto y finalmente destituido y arrestado en su domicilio, en la España convulsa y radical de la época que esperamos no vuelva, la España de los HUNOS, los HOTROS, y los ya existentes e insistentes independentistas de más HALLÁ, el Rector de la Universidad de Salamanca, don Miguel de Unamuno (Vida de DQ y S, 1913).

Si se considera que el origen de la Universidad de Salamanca fueron la real cédula de Alfonso X el Sabio de 1252 ratificada por la licentia ubique docendi del Papa Alejandro IV de 1255, cédula real y licencia papal que habrían permitido nombrarla como Universitas Studii Salamantini, entonces podemos decir que la de Salamanca es la primera universidad española. Pero si se considera que el año 2018 ha sido el del VIII Centenario, la celebración de sus 800 años de vida, basándose en la existencia previa del Studium Generale instituido por Alfonso IX de León en 1218, entonces hemos de reconocer que la primera universidad española sería la de Palencia, cuyo Studium Generale fundado por este mismo rey es de fecha anterior a 1215.

Cronológicamente quizá no, por tanto, pero sin duda sí era la primera universidad española y una de las primeras y más famosas del mundo en época de Cervantes. Fama conferida por nombres ilustres de la Escuela de Salamanca (juristas, teólogos y literatos) como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y fray Luis de León, por citar solo los más conocidos, y por no menos ilustres alumnos y profesores como Góngora, Hernán Cortés, Juan del Enzina, Beatriz Galindo (La Latina), Luisa (Lucía) de Medrano (quizá la primera mujer en dar clase en una Universidad), Bartolomé de las Casas, San Juan de la Cruz, Antonio de Nebrija, etc.

“Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón, no muy grande de cuerpo, aunque muy gran socarrón; de color macilenta, pero de muy buen entendimiento; tendría hasta veinte y cuatro años, carirredondo, de nariz chata y de boca grande, señales todas de ser de condición maliciosa y amigo de donaires y de burlas, como lo mostró en viendo a don Quijote, poniéndose delante dél de rodillas, diciéndole: –Deme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha, que por el hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras órdenes que las cuatro primeras, que es vuestra merced uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra.”

¡Menudo representante de la famosa Universidad de Salamanca es este bachiller!

Comprobamos así que ni siquiera en lo tocante a las más elevadas, altas e imbricadas cuestiones académicas y de conocimiento de las artes y las ciencias, de las ciencias y las artes, Cervantes interrumpe su sentido del humor irónico, ni la parodia.

Es posible que don Miguel conociese el antiguo latín: Quod natura non dat, Salmantica non praestat. Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta. Por usos y costumbres de la época no tuvo don oficial (hoy se consigue con el título de la ESO), pero como la ‘natura’ a él sí dio, ¡ya lo creo que dio! le mantendremos este respetuoso y flamante trato.

Sancho Panza había informado a Don Quijote en el capítulo anterior de una conversación que había tenido con el bachiller Sansón Carrasco, en la que éste le dijo que “andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Era su autor al parecer un sabio muy rápido escribiendo que Sancho llama “Cide Hamete Berenjena”, y Don Quijote identifica de inmediato como nombre “moro”. “Desconsolole pensar que su autor era moro, según aquel nombre de Cide, y de los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas.” Sancho va en su busca, trae al bachiller, y los tres hacen coloquio. Este ‘docto’ personaje, muy controvertido entre los cervantistas por su papel ambivalente que despierta tanto simpatía como antipatía, es sin duda imprescindible en el desarrollo de la Segunda parte, y quizá ocupe el sexto lugar en importancia después del caballero, el escudero, Dulcinea, Rocinante y el rucio (es el ‘tercer hombre’ representativo del que habla Unamuno).

Sansón Carrasco responde a las preguntas e informa con expectación máxima de Don Quijote sobre las “hazañas” que más han gustado de la Primera parte, que en la realidad se hizo muy pronto popular en España (fue traducida por Shelton al inglés en 1612 y por Oudin al francés en 1614, según nota al texto):

“Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó escritas, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes. Hízole levantar don Quijote y dijo: –Desa manera, ¿verdad es que hay historia mía y que fue moro y sabio el que la compuso? –Es tan verdad, señor –dijo Sansón–, que tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia: si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso, y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes; y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzga.”

El hidalgo da a continuación muchas muestras de su reflexivo juicio:

“Una de las cosas –dijo a esta sazón don Quijote– que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen nombre, porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualará.” “A lo que yo imagino –dijo don Quijote–, no hay historia humana en el mundo que no tenga sus altibajos.” “Dicen algunos que han leído la historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor don Quijote. –Ahí entra la verdad de la historia –dijo Sancho. –También pudieran callarlos por equidad –dijo don Quijote–, pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero.”

En el presente capítulo Cervantes desarrolla la genial invención de la metaliteratura que hizo en el Prólogo de esta Segunda parte: 1) mediante la autocrítica literaria realizada a través de sus propios personajes: conveniencia o no de haber introducido el relato paralelo de El curioso impertinente (en contra del que se manifiesta Don Quijote), olvido de contar el robo y recuperación del rucio, o el desconocido uso de los cien escudos que Sancho encontró en la maleta en Sierra Morena, 2) con la crítica a los críticos: “La causa deso es –dijo Sansón– que, como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se veen sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama del que las compuso (…) quisiera yo que los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran (…) y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene”), y 3) con distintas reflexiones ‘técnicas’ y de estilo sobre escritura y narrativa: “Es grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal que satisfaga y contente a todos los que le leyeren”, dice Carrasco. “Ahora digo –dijo don Quijote– que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba respondió: «Lo que saliere». (…) Y así debe de ser de mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla. –Eso no –respondió Sansón–, porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella.” (Esta última idea coincide con el comentario del licenciado Márquez Torres en la tercera Aprobación: “La lisura del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectación.”). “Para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento”, dice Don Quijote.

“Una de las más extraordinarias innovaciones de la narrativa cervantina: el Q. de 1605 se integra en esta Segunda parte como un elemento más del relato; los protagonistas de la historia se ven a sí mismos convertidos en personajes, y matizan o corrigen ciertas inexactitudes de la narración (…) Lo decisivo es la transformación narrativa de todo ello, su conversión en relato, en estímulos que determinan las reacciones de los personajes y su comportamiento, de igual modo que el Q. de 1605 condicionará a partir de ahora la conducta de las gentes en sus encuentros con el caballero, inevitablemente precedido ya por la imagen que de él ha ofrecido la historia impresa. La audacia de introducir la ficción en el desarrollo de la propia ficción es una de las grandes contribuciones cervantinas a la constitución del género novelístico.” (Ricardo Senabre)

Según Sansón Carrasco, el Quijote era libro que leía “todo género de gentes”, pero sobre todo los “pajes”. No menciona en concreto como lectores a catedráticos, profesores, alumnos ni compañeros de la Universidad. La novela tuvo reconocimiento en Inglaterra y Francia como literatura de calidad antes que en nuestro propio país. La celebrada máxima atribuida a Plinio el Viejo: “No hay libro tan malo, que no tenga algo bueno”, la recuerda Cervantes en el coloquio en boca de este socarrón amigo de burlas, de condición maliciosa aunque de muy buen entendimiento. ¡Un ambivalente personaje el bachiller por Salamanca!

(Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco. Quijote, II, 3, RAE, 2015)

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia


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