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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

Aristocrático teorizador, Don Quijote (capítulo 6)

En debate con la sobrina y el ama sobre una ya más que previsible tercera salida, a Don Quijote le da por distinguir, teorizar, catalogar y clasificar.

Primero lo hace respecto de los dos tipos de caballeros o de nobleza principales que según él existen: los guerreros o andantes, y los cortesanos.

“–Mira, amiga –respondió don Quijote–, no todos los caballeros pueden ser cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes: de todos ha de haber en el mundo, y aunque todos seamos caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros; porque los cortesanos, sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed; pero nosotros, los caballeros andantes verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo, de noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros mismos pies, y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su mismo ser, y en todo trance y en toda ocasión los acometemos, sin mirar en niñerías (…) y sería razón que no hubiese príncipe que no estimase en más esta segunda, o, por mejor decir, primera especie de caballeros andantes.”

Entonces le contesta la sobrina, hablando de una forma muy clara y directa que provoca la irritación de Don Quijote (¡y la explosión de Unamuno! como veremos más adelante):

“–¡Ah, señor mío! –dijo a esta sazón la sobrina–. Advierta vuestra merced que todo eso que dice de los caballeros andantes es fábula y mentira, y sus historias, ya que no las quemasen, merecían que a cada una se le echase un sambenito o alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora de las buenas costumbres.”

Don Quijote se enfada con ella hasta el punto de tener que recordar para contenerse que es hija de su hermana, pero continúa reflexivo y hace una nueva distinción, esta vez entre los propios caballeros andantes:

“–¿Qué dijera el señor Amadís si lo tal oyera? Pero a buen seguro que él te perdonara, porque fue el más humilde y cortés caballero de su tiempo, y demás, grande amparador de las doncellas; mas tal te pudiera haber oído, que no te fuera bien dello, que no todos son corteses ni bien mirados: algunos hay follones y descomedidos; ni todos los que se llaman caballeros lo son de todo en todo, que unos son de oro, otros de alquimia, y todos parecen caballeros, pero no todos pueden estar al toque de la piedra de la verdad. Hombres bajos hay que revientan por parecer caballeros, y caballeros altos hay que parece que aposta mueren por parecer hombres bajos: aquéllos se levantan o con la ambición o con la virtud, éstos se abajan o con la flojedad o con el vicio; y es menester aprovecharnos del conocimiento discreto para distinguir estas dos maneras de caballeros, tan parecidos en los nombres y tan distantes en las acciones.”

Pero la joven de menos de veinte años no se calla:

“–¡Válame Dios! –dijo la sobrina–. ¡Que sepa vuestra merced tanto, señor tío, que si fuese menester en una necesidad podría subir en un púlpito e irse a predicar por esas calles, y que con todo esto dé en una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es valiente, siendo viejo; que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza tuertos, estando por la edad agobiado, y, sobre todo, que es caballero, no lo siendo, porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres…!

Al oír esto Don Quijote se apacigua, y sigue teórico y didáctico:

“–Tienes mucha razón, sobrina, en lo que dices –respondió don Quijote– (…) Mirad, amigas, a cuatro suertes de linajes, y estadme atentas, se pueden reducir todos los que hay en el mundo, que son éstas: unos, que tuvieron principios humildes y se fueron estendiendo y dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros, que tuvieron principios grandes y los fueron conservando y los conservan y mantienen en el ser que comenzaron; otros, que, aunque tuvieron principios grandes, acabaron en punta, como pirámide, habiendo diminuido y aniquilado su principio hasta parar en nonada, como lo es la punta de la pirámide, que respeto de su basa o asiento no es nada; otros hay, y éstos son los más, que ni tuvieron principio bueno ni razonable medio, y así tendrán el fin, sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria.”

Y a continuación explica cómo distinguir los caballeros que realmente son grandes de los que no lo son:

“–Lo muestran en la virtud y en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas y liberalidades, porque el grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el rico no liberal será un avaro mendigo, que al poseedor de las riquezas no le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas como quiera, sino el saberlas bien gastar. Al caballero pobre no le queda otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo afable, bien criado, cortés y comedido y oficioso, no soberbio, no arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo, que con dos maravedís que con ánimo alegre dé al pobre se mostrará tan liberal como el que a campana herida da limosna, y no habrá quien le vea adornado de las referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de juzgarle y tenerle por de buena casta.”

Y finalmente:

“–Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte, así que casi me es forzoso seguir por su camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea.”

Veamos, de un lado: caballero, primera especie de caballero, caballero de todo en todo, caballero verdadero, caballeros de oro, altos caballeros, grandes caballeros, linajes, caballeros liberales y virtuosos, caballeros pobres pero virtuosos y caritativos, caballeros ricos y honrados.

Y de otro: “otros hay, y éstos son los más, sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria (…) Del linaje plebeyo no tengo que decir sino que sirve sólo de acrecentar el número de los que viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas.”

¿Es clasista el personaje Don Quijote, es un gran ambicioso, tiene una autoestima demasiado elevada, quizá un excesivo concepto de sí mismo? ¿Qué pensaríamos de alguien que hiciese una autovaloración y una clasificación de las personas y del mundo análogas y equivalentes en nuestro tiempo contemporáneo? ¿Que tiene una megalomanía enfermiza? ¿Que aunque no enfermo, es un gran ególatra o megalómano? ¿Qué parte de esta ‘ambición psíquica’ de fama y grandeza del personaje también la tenía su creador, Cervantes? ¿Y qué parte de la ambición material, social y de poder de Sancho Panza? ¿Es necesario tener, además de mucho talento, una gran ambición personal y un cierto sentido de superioridad para alcanzar la grandeza creativa (literaria, científica, artística, etc.) en el mundo real…? Quizá no, pero se observa con cierta frecuencia.

En su Vida de Don Quijote y Sancho, el otro o ‘segundo don Miguel’, Unamuno, coincide de lleno en la importancia que el primero, Cervantes, otorga a este capítulo, aunque no podamos saber si por las mismas razones. La interpretación que de él hace Unamuno es que Don Quijote expone aquí su teoría y hace su declaración de fe en el heroísmo. Heroísmo que para el Rector es algo esencial, medular, que eleva al personaje a lo más alto al convertirle en “Caballero de la Fe” con la misma “heroica locura” de los místicos. Cita a Teresa de Jesús cuando dijo a su confesor: «suplico a vuestra merced seamos todos locos, por amor de quien por nosotros se lo llamaron». Y añade sobre la “dama andante”: “comprendió el premio que da el Señor a los que todo lo dejan por él y que el hombre no aplaca la sed de amor infinito y aquellos libros de caballerías a que fue aficionada le llevaron, a través de lo terreno del amor, al amor sustancial, y anheló gloria eterna y engolfarse en Jesús, ideal de hombre.”

A la sobrina de Don Quijote, por enfrentarse con él, la pone a caldo, dejando en juego de niños la zurra que Cervantes da a Avellaneda en el Prólogo. Unamuno atribuye a la sobrina, Antonia Quijana, un estereotipo de mujer convencional y ‘castradora’ (quizá injustamente, porque tampoco parece que en el texto diga tanto la joven) hacia el que se muestra muy crítico. No valora la decisión, entereza y valentía que demuestra la rapaza al enfrentarse a su alocado tío. El Rector se prodiga en epítetos y consideraciones: junto con el ama, ser ambas “caseros estorbos de su heroísmo”, repetir “de coro, las simplezas del vulgo”, ser “la que domeña y lleva hoy a los hombres de España”. “Esta gallinita de corral, alicorta y picoteadora, es ésta la que apaga todo heroísmo naciente”, “la muy simplona”, “junto a la ramplonería de la cabeza nos embarga y embota la ramplonería del corazón”. “¿Correr tu marido tras de la gloria? ¿La gloria? Y eso ¿con qué se come? El laurel es bueno para asaborar las patatas cocidas, es un excelente condimento de la cocina casera. Y tienes de él bastante con el que coges en la iglesia el Domingo de Ramos. Además, sientes unos furiosos celos de Dulcinea.” ¡Por si quedaba algo por decirle! Unamuno se muestra muy encolerizado con la joven, pero termina su explicación y comentario del Capítulo VI haciendo ver que su feroz crítica no es ‘personal’, sino dirigida al estereotipo que él entiende que junto al ama representan las dos: “Y mira, Antonia, no hagas por un momento caso alguno de los que te quieren gallinita de corral (…) sólo te queremos de veras, te queremos mujer fuerte, los que te hablamos recio y duro, no los que te amarran, como ídolo, a un altar y te tienen allí presa atufándote con el incienso de fáciles requiebros, ni los que te aduermen el espíritu brezándotelo con ñoñas canciones de una piedad de alfeñique.”

Pero, don Miguel, ¿qué podían hacer las mujeres en el siglo XVII…?

“El capítulo se cierra con la confesión por parte de DQ de la intensidad de su obsesión por la caballería andante; asimismo, con su extraño comentario sobre su potencial como fabricante de jaulas y palillos de dientes.” JAMES IFFLAND

(De lo que le pasó a don Quijote con su sobrina y con su ama, y es uno de los importantes capítulos de toda la historia. Quijote, II, 6, RAE, 2015)

 

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia


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