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	<title>Amor, ambición, trabajo (capítulo 13) | Ni locos ni cuerdos - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<title>Amor, ambición, trabajo (capítulo 13) | Ni locos ni cuerdos - Blogs elnortedecastilla.es</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Jan 2020 19:53:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alfredo Barbero</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Después de la inesperada llegada de los nuevos supuestos caballero andante y escudero, los cuatro entran en pláticas nocturnas. Los escuderos se ponen a hablar de las penalidades de su trabajo, en las que insiste mucho –no sabemos todavía con qué intención– el del Bosque. “Divididos estaban caballeros y escuderos, éstos contándose sus vidas y [&#8230;]]]></description>
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<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p>Después de la inesperada llegada de los nuevos supuestos caballero andante y escudero, <strong>los cuatro entran en pláticas nocturnas</strong>. Los escuderos se ponen a hablar de las penalidades de su trabajo, en las que insiste mucho –no sabemos todavía con qué intención– el del Bosque.</p>
<p><strong>“Divididos estaban caballeros y escuderos, éstos contándose sus vidas y aquéllos sus amores, pero la historia cuenta primero el razonamiento de los mozos y luego prosigue el de los amos, y, así, dice que, apartándose un poco dellos, el del Bosque dijo a Sancho: </strong><br>
<strong>–Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos, señor mío, estos que somos escuderos de caballeros andantes: en verdad que comemos el pan en el sudor de nuestros rostros, que es una de las maldiciones que echó Dios a nuestros primeros padres.”</strong></p>
<p>Sancho Panza está de acuerdo en lo difícil y penoso del trabajo de escudero, y el del Bosque prosigue con su estrategia.</p>
<p><strong>“–Todo eso se puede llevar y conllevar –dijo el del Bosque– con la esperanza que tenemos del premio; porque si demasiadamente no es desgraciado el caballero andante a quien un escudero sirve, por lo menos a pocos lances se verá premiado con un hermoso gobierno de cualque ínsula o con un condado de buen parecer. </strong><br>
<strong>–Yo –replicó Sancho– ya he dicho a mi amo que me contento con el gobierno de alguna ínsula, y él es tan noble y tan liberal, que me le ha prometido muchas y diversas veces. (…)</strong><br>
<strong>–Pues en verdad que lo yerra vuesa merced –dijo el del Bosque–, a causa que los gobiernos insulanos no son todos de buena data. Algunos hay torcidos, algunos pobres, algunos malencónicos, y, finalmente, el más erguido y bien dispuesto trae consigo una pesada carga de pensamientos y de incomodidades, que pone sobre sus hombros el desdichado que le cupo en suerte. Harto mejor sería que los que profesamos esta maldita servidumbre nos retirásemos a nuestras casas, y allí nos entretuviésemos en ejercicios más suaves, como si dijésemos cazando o pescando, que ¿qué escudero hay tan pobre en el mundo, a quien le falte un rocín y un par de galgos y una caña de pescar, con que entretenerse en su aldea?</strong></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p>Sancho le explica que no tiene rocín, pero que su jumento <strong>“vale dos veces más”</strong> que el caballo de su amo, y es <strong>“rucio”</strong> de color (‘pardo claro’; nota al texto).</p>
<p><strong>“–Real y verdaderamente –respondió el del Bosque–, señor escudero, que tengo propuesto y determinado de dejar estas borracherías destos caballeros y retirarme a mi aldea, y criar mis hijitos, que tengo tres como tres orientales perlas.</strong><br>
<strong> –Dos tengo yo –dijo Sancho–, que se pueden presentar al papa en persona, especialmente una muchacha, a quien crío para condesa, si Dios fuere servido, aunque a pesar de su madre.”</strong></p>
<p>Y a continuación se sincera por completo sobre los <strong>intereses económicos</strong> que le han hecho salir con Don Quijote una vez más. Añadiendo a la <strong>“esperanza del premio”</strong> del gobierno de una ínsula, y hacer de Sanchica condesa, esta otra:</p>
<p><strong>“–Ruego yo a Dios me saque de pecado mortal, que lo mesmo será si me saca deste peligroso oficio de escudero, en el cual he incurrido segunda vez, cebado y engañado de una bolsa con cien ducados que me hallé un día en el corazón de Sierra Morena, y el diablo me pone ante los ojos aquí, allí, acá no, sino acullá, un talego lleno de doblones </strong>[moneda de oro, una de las de mayor valor; nota al texto]<strong>, que me parece que a cada paso le toco con la mano y me abrazo con él y lo llevo a mi casa, y echo censos y fundo rentas y vivo como un príncipe; y el rato que en esto pienso se me hacen fáciles y llevaderos cuantos trabajos padezco con este mentecato de mi amo, de quien sé que tiene más de loco que de caballero.”</strong></p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>¡Poderoso caballero es don Dinero!<br>
¡En otra caza, en otra pesca, está la ‘mente’ de Sancho!</p>
<p><strong>¡Poder y dinero, dinero y poder!</strong></p>
<p>Antiguas, viejas, muy conocidas ambiciones del ser humano. Ambiciones que poseen tanto quienes nacen teniendo de uno o de ambos ya por familia, como quienes nacen y viven careciendo de los dos, que en esto casi todos se igualan. <strong>Sancho Panza no es distinto en sus ambiciones, y lo reconoce</strong>. Con esta nueva declaración explícita de sus intereses materiales, y con lo que piensa sobre su amo, <strong>vuelve a distanciarse de la posibilidad de tener un ‘delirio compartido’ con Don Quijote</strong>, una idealista <em>folie à deux</em>.</p>
<p>Poco después de reconocer abiertamente sus deseos mundanos, y ante la insistencia del escudero del Caballero del Bosque en dejar el trabajo, las aventuras, y regresar a su aldea, Sancho hace de pronto una <strong>inesperada y emocionante declaración de amor, de profundo afecto</strong>.</p>
<p><strong>“–Mas si es verdad lo que comúnmente se dice, que el tener compañeros en los trabajos suele servir de alivio en ellos, con vuestra merced podré consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el mío. </strong><br>
<strong>–Tonto, pero valiente –respondió el del Bosque–, y más bellaco que tonto y que valiente. </strong><br>
<strong>–Eso no es el mío –respondió Sancho–, digo, que no tiene nada de bellaco, antes tiene una alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga.”</strong></p>
<p><strong>¡¡Sancho Panza quiere a Don Quijote!!</strong></p>
<p>Y tampoco le importa reconocerlo. Por no tener nada de bellaco, por intentar hacer bien a todos, por no saber hacer mal, por carecer de malicia, por su sencillez. Le quiere porque <strong>el hidalgo Alonso Quijano, aunque ‘loco’, tiene unas cualidades humanas de las que carece el criado</strong>, pero que éste admira. <strong>Sancho es ignorante por su humilde condición de labrador, pero no es sencillo, es pícaro</strong>. ¡Y tiene demostrados no pocos asomos de malicia y bellaquería! La declaración de amor que hace en este capítulo es muy distinta a la retórica y fantasiosa de los caballeros andantes hacia sus platónicas damas. La suya es una <strong>‘declaración real’</strong>, una <strong>‘emoción real’</strong>, sentida hacia una ‘persona real’ de su mundo, un paisano y convecino. Una ‘persona’ a la que compartiendo por los caminos azar y riesgo, muchas penas y pocas alegrías, largas pláticas, día y noche, ha cogido un gran cariño por ser como es. Más hondo y más allá de todos los disparates debidos a su pintoresco ‘delirio’, le quiere como a sí mismo, como a las telas de su propio corazón. <strong>La declaración de amor de Sancho Panza por Don Quijote es conmovedora</strong>. Y este <strong>breve momento, uno de los más emocionantes del <em>Quijote</em></strong>.</p>
<p><strong>“–Por mi fe, hermano –replicó el del Bosque–, que yo no tengo hecho el estómago a tagarninas, ni a piruétanos, ni a raíces de los montes. Allá se lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman lo que ellos mandaren; fiambreras traigo, y esta bota colgando del arzón de la silla, por sí o por no, y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y mil abrazos.</strong><br>
<strong>   Y diciendo esto se la puso en las manos a Sancho, el cual, empinándola, puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora.”</strong></p>
<p>(<strong><em>Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos</em></strong>. Quijote, II, 13. RAE, 2015)</p>
<p><span style="color: #ffffff;">.</span></p>
</body></html>
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