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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

Viaje a las estrellas (capítulo 41)

Lo que realmente deja sorprendidos a los lectores del vuelo que Don Quijote y Sancho realizan por las altas regiones atmosféricas y celestes a lomos del caballo Clavileño (sentado el escudero “a mujeriegas” sobre las tablas, que cojín no podía llevar para no lastimar su tierno trasero) no son las vicisitudes del recorrido, sino lo que Sancho Panza cuenta después a todos que ha visto y hecho. 

Empecemos por el viaje.  

“–Entraron por el jardín cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que sobre sus hombros traían un gran caballo de madera. Pusiéronle de pies en el suelo y uno de los salvajes dijo:

–Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello.

–Aquí –dijo Sancho– yo no subo, porque ni tengo ánimo ni soy caballero.” 

Y el salvaje continuó diciendo: 

–Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fíese del valeroso Malambruno, que, si no fuere de su espada, de ninguna otra ni de otra malicia será ofendido; y no hay más que torcer esta clavija que sobre el cuello trae puesta, que él los llevará por los aires adonde los atiende [‘espera’; nota al pie, n.] Malambruno; pero porque la alteza y sublimidad del camino no les cause váguidos, se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que será señal de haber dado fin a su viaje.” 

Don Quijote se muestra dispuesto a subir sobre el Alígero Clavileño como había prometido para desencantar las barbas de La Dueña Dolorida y de las doce de su escuadrón, pero Sancho, a pesar de que en el capítulo anterior se propuso “en su corazón” acompañar al caballero hasta el fin del mundo, cuando vio que la cosa no iba de broma y que el caballo era ‘real’ y estaba justo allí delante, se negó de nuevo a montarlo. 

“–Eso no haré yo –dijo Sancho–, ni de malo ni de buen talante, en ninguna manera; y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las ancas, bien puede buscar mi señor otro escudero que le acompañe, y estas señoras otro modo de alisarse los rostros, que yo no soy brujo, para gustar de andar por los aires. ¿Y qué dirán mis insulanos cuando sepan que su gobernador se anda paseando por los vientos?”  

Interviene entonces El Duque para decir que pues “no hay ninguno género de oficio destos de mayor cantía que no se granjee con alguna suerte de cohecho, cuál más, cuál menos”, el que quiere llevar por darle el gobierno es que acompañe a Don Quijote. Añade además que, al no ser movible, hallará la ínsula en el mismo sitio cuando regresen del viaje, tarden más o tarden menos, y “a vuestros insulanos con el mesmo deseo de recebiros por su gobernador que siempre han tenido.” 

“–Desde la memorable aventura de los batanes –dijo don Quijote– nunca he visto a Sancho con tanto temor como ahora.”  

Sancho Panza no puede rechazar la oferta del Señor Duque, pero sí la petición que Don Quijote le hace en un aparte de darse antes de la salida, para llevarlo adelantado, “que el comenzar las cosas es tenerlas medio acabadas”, al menos 500 de los 3.300 azotes a que está obligado para el desencanto de Dulcinea.  

–¡Par Dios –dijo Sancho– que vuestra merced debe de ser menguado! Esto es como aquello que dicen: «¡En priesa me vees, y doncellez me demandas!». ¿Ahora que tengo de ir sentado en una tabla rasa quiere vuestra merced que me lastime las posas?”  

El escudero pide que se contente con la promesa de hacerlo al volver de la aventura, y el caballero la da por buena “porque, en efecto, aunque tonto, eres hombre verídico.” 

Con estos y otros prolegómenos (como el de querer mirar Don Quijote la panza de Clavileño por ver si hubiese algo dentro, que así ocurrió con el Caballo de Troya, “el cual iba preñado de caballeros armados”, historia que recuerda haber leído en Virgilio), finalmente se suben sobre el caballo volador. Sancho pide a los presentes con lágrimas en los ojos que recen por él “sendos paternostres y sendas avemarías”, Don Quijote mueve la clavija, y comienza el viaje. 

“–¡Dios te guíe, valeroso caballero! 

–¡Dios sea contigo, escudero intrépido! 

–¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta!

–¡Ya comenzáis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están mirando!” 

La plática entre Don Quijote y Sancho a lomos de Clavileño, teniendo supuestamente ambos los ojos cerrados, mientras les soplan con unos grandes fuelles para simular que atraviesan las regiones del aire de las que proceden los truenos y relámpagos, el granizo y la nieve, y luego, con unas estopas encendidas alargadas con cañas simulando su paso por la región del fuego, que según las creencias de la época era la última para alcanzar la luna y el cielo, justo antes de prender la cola al caballo volador y explotar su panza llena en esta ocasión de “cohetes tronadores” haciendo saltar por los aires a los intrépidos viajeros, mientras todos fingen quedar desmayados sobre el suelo del jardín tras la que dicen ha sido la caída de Clavileño en llamas desde las alturas, y de que el chamuscado caballero intente despertar al Duque diciéndole: “¡ea, buen señor, buen ánimo, buen ánimo, que todo es nada!”, es una plática como era de esperar que hace las delicias de Los Señores Duques, pero lo más interesante de este capítulo con diferencia viene cuando después de leer en un pergamino atado a una lanza clavada en el suelo que Malambruno se da por satisfecho con la aventura “con sólo intentarla” Don Quijote, por lo que ha desencantado ya a las dueñas barbudas y doloridas devolviéndolas la lisura de su rostro, y también a los nuevos reyes de Candaya y felices padres, Don Clavijo y Antonomasia, La Duquesa pregunta a Sancho “cómo le había ido en aquel largo viaje.” 

“–Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a quien pedí licencia para descubrirme, no la consintió; mas yo, que tengo no sé qué briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide, bonitamente [‘disimuladamente’; n.] y sin que nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos y por allí miré hacia la tierra, y pareciome que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas: porque se vea cuán altos debíamos de ir entonces.”  

La Duquesa le hace ver que si los hombres eran como avellanas, la tierra no podía ser como un grano de mostaza. Y Sancho: 

“–Sólo sé que será bien que vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuestra merced cómo, descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo, que no había de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy grande además. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete cabrillas [‘la constelación de las Pléyades’; n.], y en Dios y en mi ánima que como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi, me dio una gana de entretenerme con ellas un rato, que si no la cumpliera me parece que reventara. Vengo, pues, y tomo ¿y qué hago? [muletilla usual en la época; n.] Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y pasitamente me apeé de Clavileño y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar ni pasó adelante.”  

“O Sancho miente o Sancho sueña”, concluye Don Quijote después de afirmar que él no vio nada porque no se movió el pañuelo, y de razonar que no es posible llegar a “las siete cabrillas”, es decir, al cielo de estrellas fijas de la octava esfera que cerraba el universo según la astronomía tolemaica de aquel tiempo [n.], sin pasar antes por la región del fuego y abrasarse. 

–Ni miento ni sueño –respondió Sancho–: si no, pregúntenme las señas de las tales cabras, y por ellas verán si digo verdad o no. 

–Dígalas, pues, Sancho –dijo la duquesa. 

–Son –respondió Sancho– las dos verdes [‘dos de ellas’; n.], las dos encarnadas, las dos azules y la una de mezcla. 

–Nueva manera de cabras es ésa –dijo el duque–, y por esta nuestra región del suelo no se usan tales colores, digo cabras de tales colores.

–Bien claro está eso –dijo Sancho–, sí, que diferencia ha de haber de las cabras del cielo a las del suelo.

–Decidme, Sancho –preguntó el duque–: ¿vistes allá entre esas cabras algún cabrón? 

–No, señor –respondió Sancho–, pero oí decir que ninguno pasaba de los cuernos de la luna. 

No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho hilo de pasearse por todos los cielos y dar nuevas de cuanto allá pasaba sin haberse movido del jardín.”  

Este sorprendente relato que Sancho Panza hace de su viaje espacial asegurando no mentir ni soñar deja a todo el mundo atónito al final del capítulo, empezando por los lectores. 

En su Vida de Don Quijote y Sancho, según Miguel de Cervantes Saavedra (1905), Unamuno interpreta el episodio planteando las dicotomías ‘verdad / mentira’ y ‘valentía / cobardía’ como rasgos esenciales y definitorios de la gran dicotomía ‘Don Quijote / Sancho Panza’. 

“Don Quijote vio de veras lo que dijo había visto en la cueva de Montesinos –a pesar de las maliciosas insinuaciones de Cervantes en contrario– y Sancho no vio lo que dijo haber visto en las esferas celestiales yendo en lomos de Clavileño, sino que lo inventó mintiendo (…). Poneos en guardia contra los Sanchos que apareciendo defensores y sustentadores de la ilusión y de las visiones, en realidad no defienden sino la mentira y la farándula. Cuando os digan de un embustero que acaba por creer los embustes que urde, contestad redondamente que no. El arte no puede ni debe ser alcahuete de la mentira; el arte es la suprema verdad, la que se crea en fuerza de fe. Ningún embustero puede ser poeta. (…) Y así como el valor es el padre de las visiones, así la cobardía es la madre de los embustes. (…) Y por esto Don Quijote vio visiones valerosamente, y Sancho fraguó embustes cobardemente. (…) El interés (…) engendra cobardía moral, y la cobardía moral pare mentiras conejilmente, y el desinterés (…) infunde valor y el valor nos regala visiones. Armémonos, pues, de visiones quijotescas y desbaratemos con ellas los embustes sanchopancescos.”  

Pero… ¡Los poetas mienten! ¡Los narradores mienten! Se mienten a sí mismos y pueden mentir a los demás. Tanto como cualquier otra persona. Mienten y fingen (no solo lo que de verdad sienten, como dice Pessoa). Su sinceridad casi nunca es absoluta. Y en ocasiones son interesados y cobardes (en sentido ético y físico), igual que el resto de los mortales. ¡Los poetas, los novelistas, son humanos! La visión de pureza heroica, de inmaculado sacerdocio cristiano, la visión místico-religiosa que Unamuno tiene del personaje Don Quijote, y por extensión de la poesía y del arte, resulta altamente idealizada. Apenas había cumplido 40 años cuando escribió el ensayo, seguía siendo un joven profesor universitario. Y aunque heterodoxa, su fe era radical, profunda. Cervantes no es que haga “maliciosas insinuaciones”, es que en el Capítulo XXIIII de esta Segunda parte dice textualmente por pluma del señor Benengeli sobre lo que Don Quijote contó que vio en la cueva de Montesinos: «Y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa, y, así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más, puesto que se tiene por cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della [retractó; n.] y dijo que él la había inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras que había leído en sus historias.» Por tanto, si hemos de creer a Cide Hamete Benengeli a pesar de todas las reservas que sobre este historiador “moro” expresa el propio Cervantes (irónicamente, por supuesto), ¡Don Quijote también miente! Y además a veces puede tener miedo y comportarse con cobardía, como pudimos comprobar en el Capítulo XXVII de esta parte cuando salió huyendo despavorido del batallón de los del pueblo del rebuzno después de que uno de ellos dejase a Sancho inconsciente tras propinarle un fortísimo varapalo.  

Lo que en el fondo hace Cervantes en el Quijote es jugar. Jugar con el buen humor y el escepticismo que corresponden a un hombre de alrededor de 65 años, muy viajado y maduro, inteligente, irónico, soldado en guerras y batallas reales, leído, caminado, sabio. Jugar siempre, jugar con todo. Desde luego con las dicotomías, con las rígidas fronteras entre realidad y ficción, entre verdad y mentira, entre valentía y cobardía, entre generoso ideal e interés, entre arte y vida, amor y combate, razón e imaginación, consciencia y sueño, coherencia y contradicciones, locura y cordura, bromas y veras. ¡Y tanto etc.! Y al hacerlo prácticamente de oficio, mezcla, combina, funde en el crisol de su discurso literario esas dicotomías, los contrarios, las polaridades, alcanzando la más compleja y fluida síntesis, el reflejo más plural y versátil, de todo cuanto hay en el mundo que nos rodea y de todo cuanto hay en la mente humana. ¡Por algo es Cervantes! Solo comparable, como sabemos, a Shakespeare, Homero y algún otro. Don Miguel (de Cervantes) no es como don Miguel (de Unamuno) un profundo e inquieto creyente, es un sereno y hondo escéptico. No es un existencialista, ni un homo heroicus, ni mucho menos un homo tragicus, sino un fabuloso homo ludens

Sancho miente descaradamente en este capítulo. ¿Por qué? Unamuno se muestra comprensivo: “por imitar a su amo o desahogar su miedo.” La interpretación es aceptable en términos de dinámica psíquica. Otra hipótesis podría ser que Sancho quiere demostrar ante todos por ‘orgullo de personaje’ que si la cosa va como parece de competir en ingenio y fantasías, él también puede. Y sabe fabular como el primero, que todo es ponerse y empezar, como conocemos de sobra desde que atribuyó a una no muy atractiva aldeana la identidad de Dulcinea del Toboso. Pero el lector no puede evitar siguiendo la lógica de la narración tener la sospecha de que si ‘realmente’ Sancho se movió el pañuelo y vio a los allí presentes se dio cuenta de que caballero y escudero estaban siendo objeto de una burla, y decidió tomarse una peculiar revancha contra los Señores Duques y su corte: nada menos que inventando que se apeó de Clavileño para entretenerse en pleno cielo de la octava esfera, en los mismísimos límites y confines del universo, ¡y durante casi tres cuartos de hora!, con las siete multicolores cabrillas, que eran unas flores y unos alhelíes… ¡A ver quién se burla más de quién! 

Si fuese cierto lo que anotó en el margen sobre la cueva de Montesinos el historiador moro, Sr. Benengeli (al que Cervantes no desmiente), resulta fácil deducir que en este momento el personaje Don Quijote es ‘consciente’ de que mintió y fabuló su relato. Quizá por ello establece por lo bajini, y el mayor de los sigilos, una complicidad final con el nuevo gran fabulador de las estrellas: 

“Y llegándose don Quijote a Sancho, al oído le dijo: 

–Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más.”  

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De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura  

(Quijote, II, 41. RAE, 2015)

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia


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