Los consejos que Don Quijote da a Sancho Panza poco antes de su partida hacia el gobierno de la ínsula Barataria son, sin duda, buenos consejos. Buenos e incluso buenistas, bienintencionados, ideales.
El caballero andante transmite al escudero, que le presta mucha atención, sus ideas sobre cómo se deben llevar los asuntos del Poder para ser un buen gobernante y conseguir el mejor de los gobiernos. Empieza en este capítulo con consejos relativos al “alma”, y continúa en el siguiente con la apariencia, la vestimenta y el cuerpo.
Respecto del alma, Cervantes sitúa claramente el pensamiento de Don Quijote dentro del humanismo cristiano. Una de las dos principales corrientes de pensamiento aplicables a la política que surgieron en el Renacimiento. La otra, muy distinta, antagónica, es la que inventó Maquiavelo.
Don Miguel pone en boca de Don Quijote un ideario cristiano del Poder que empieza con una declaración de fe y temor a Dios. En qué medida el propio Cervantes era partícipe de esta forma de pensar es algo sobre lo que solo podemos hacer conjeturas. Es posible que bastante, por la empatía que en todo momento demuestra hacia el personaje, pero al mismo tiempo siendo plenamente consciente de su idealismo. A lo largo de la novela el pensamiento del caballero andante va chocando una y otra vez con la ‘realidad’ que encuentra, dejando en los lectores una clara sensación de la gran dificultad, casi de la imposibilidad, de ponerlo en práctica. Incluso queda implícito el mensaje de que solo a un ‘loco’, a un ‘héroe loco’, se le ocurre llevar hasta las últimas consecuencias ese conjunto de buenas ideas.
Don Quijote se retira a su estancia con Sancho para hablar con él. Y empieza con este espléndido preludio:
“–Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que antes y primero que yo haya encontrado con alguna buena dicha te haya salido a ti a recebir y a encontrar la buena ventura. Yo, que en mi buena suerte te tenía librada la paga de tus servicios, me veo en los principios de aventajarme [de tener un ‘ascenso social o nobiliario’; nota al pie, n.], y tú, antes de tiempo, contra la ley del razonable discurso, te vees premiado de tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan lo que pretenden, y llega otro y, sin saber cómo ni cómo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y aquí entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las pretensiones. Tú, que para mí sin duda alguna eres un porro, sin madrugar ni trasnochar y sin hacer diligencia alguna, con solo el aliento que te ha tocado de la andante caballería, sin más ni más te vees gobernador de una ínsula, como quien no dice nada. Todo esto digo, ¡oh Sancho!, para que no atribuyas a tus merecimientos la merced recebida, sino que des gracias al cielo, que dispone suavemente las cosas, y después las darás a la grandeza que en sí encierra la profesión de la caballería andante. Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está, ¡oh hijo!, atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte, que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.”
Acto seguido, le da el primero de sus 17 consejos o “documentos que han de adornar tu alma”, a fin de ser un buen gobernador y realizar un buen gobierno:
»Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría y siendo sabio no podrás errar en nada. [El consejo procede de la Biblia, donde aparece en múltiples ocasiones; n.].
Luego continúa con el resto. Entre otros:
»Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse [precepto de procedencia platónica; traduce el divulgadísimo nosce te ipsum; n.]. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey.
»Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te corres [‘avergüenzas’; n.], ninguno se pondrá a correrte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio.
»Si acaso enviudares, cosa que puede suceder, y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal que te sirva de anzuelo y de caña de pescar (…), porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido en la residencia universal [‘Juicio Final’; n.], donde pagará con el cuatro tanto [‘el cuádruple’; n.] en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida.
»Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico.
»Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre.
»Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.
»Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.
El florentino Niccolò di Bernardo dei Machiavelli escribió El príncipe un siglo antes, en 1513. El ‘escudero’ al que pretendía enseñar era nada menos que Lorenzo de Médici, Lorenzo el Magnífico, que a pesar de ruegos y lamentaciones ni siquiera hizo acuse de recibo del texto que le envió. El libro fue publicado de manera póstuma en 1532, cinco años después de la muerte del autor. La Iglesia católica prohibió su lectura hasta finales del siglo XIX. Es considerado como el trabajo que inaugura la ciencia política moderna. En la actualidad es un clásico cuyo contenido se estudia en universidades y business schools, porque sigue estando vigente en el más vivo sentido: ¡lo practican con soltura gobiernos de todo el mundo!
Maquiavelo no escribió textualmente la famosa máxima que se le atribuye: “el fin justifica los medios”, pero sí hace estas contundentes reflexiones en El príncipe (Ariel, 1971):
“El príncipe debe respetar y observar la religión, aunque no crea en ella.”
“Un príncipe no debe preocuparse de que lo acusen de cruel, siempre y cuando su crueldad tenga por objeto mantener unidos y fieles a los súbditos. Con pocos castigos ejemplares, será más clemente que aquellos que, por excesiva clemencia, dejan multiplicar los desórdenes acompañados de matanzas y rapiñas, que perjudican a toda una población.”
“De esto surge una cuestión: si vale más ser amado que temido o temido que amado. Nada mejor que ser ambas cosas a la vez; pero, puesto que es difícil reunirlas y que siempre ha de faltar una, declaro que es más seguro ser temido que amado. Porque de la generalidad de los hombres se puede decir esto: son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro; mientras les haces bien, son completamente tuyos: te ofrecen su sangre, sus bienes, su vida y sus hijos, pues, ninguna necesidad tienes de ellos; pero, cuando la necesidad se presenta, se rebelan.”
“Empero, el príncipe debe hacerse temer de modo que, si no se granjea el amor, evite el odio, pues no es imposible ser a la vez temido y no odiado; para ello bastará que se abstenga de apoderarse de los bienes y de las mujeres de sus ciudadanos y súbditos, y que no proceda contra la vida de alguien sino cuando hay justificación conveniente y motivo manifiesto; pero, sobre todo, abstenerse de los bienes ajenos, porque los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio.”
“Fácil es entender cuán digno de alabanza es el príncipe que cumple la palabra dada, que obra con rectitud y no con doblez. Sin embargo, la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros tiempos, que son precisamente los príncipes que hacen caso omiso de la fe jurada y que han sabido envolver a los hombres con su astucia quienes han realizado grandes empresas.”
“Es necesario, pues, saber que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda, de la bestia. Pero, como a menudo, la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe saber entonces comportarse como bestia y como hombre. Esto es lo que los antiguos escritores enseñaron a los príncipes de un modo velado cuando dijeron que Aquiles y muchos otros de los príncipes antiguos fueron confiados al centauro Quirón para que los criara y educase. Lo cual significa que, como el preceptor es mitad bestia y mitad hombre, un príncipe debe saber emplear las cualidades de ambas naturalezas, y que sin la una no puede durar mucho tiempo la otra.”
“No debe tener un príncipe otro objetivo, pensamiento ni preocupación que no sean el arte de la guerra y todo lo que a su orden y disciplina corresponde, pues es lo único que compete a quien manda. Su virtud es tanta que no solo conserva en su puesto a los que han nacido príncipes, sino que muchas veces eleva a esta dignidad a hombres de condición modesta; mientras que, por el contrario, ha hecho perder el Estado a príncipes que han pensado más en las diversiones que en las armas.”
“Un príncipe de estos tiempos, Fernando el Católico, jamás predica otra cosa que concordia y buena fe; y es enemigo acérrimo de ambas, ya que, si las hubiese practicado, habría perdido más de una vez la fama de que goza y los territorios que domina.”
¡Qué distintas las ideas sobre el Poder de Don Quijote y de Maquiavelo!
Según el escritor ecuatoriano, Alfredo Pareja Díez-Canseco, el florentino: “Creía en Dios, y hubiera aplaudido que los hombres siguieran a Cristo. Pero los conocía bien.”
Francis Bacon, contemporáneo algo más joven de Cervantes, hombre polifacético, barón, vizconde, político, abogado, fiscal, miembro del círculo del segundo conde de Essex (favorito de la reina Isabel I que terminó decapitado por traidor en la Torre de Londres), miembro de la Cámara de los Comunes, miembro del Muy Honorable Consejo Privado de Su Majestad con Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia, Gran Canciller y Procurador General para Inglaterra y Gales, Lord Guardián del Sello Privado de Su Majestad, acusado por el Parlamento y encarcelado por aceptar sobornos, gran conocedor de los poderosos y de las intrigas de la corte, además de primer gran filósofo de la ciencia, comentó sobre Maquiavelo que el pensador había dicho «francamente, sin disimulo, lo que los hombres suelen hacer, no lo que deberían hacer.»
La fantasiosa teoría de que fue Lord Bacon quien escribió en realidad las obras de Shakespeare nunca ha sido demostrada de manera empírica (como el político y epistemólogo explica en su Novum organum scientiarum, 1620, debe hacer todo conocimiento que pretenda ser científico), pero la certera frase que dedica al italiano se puede aplicar con la misma exactitud a lo que el bardo inglés cuenta y describe magistralmente en sus dramas históricos, comedias y tragedias: no lo que los hombres deberían hacer, lo que suelen hacer.
Volvamos a España y a Don Quijote:
»Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos.»
Felicidad, vivir en paz y beneplácito de las gentes, vejez suave y madura… ¿quién puede no desearlo?
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De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas
(Quijote, II, 42. RAE, 2015)
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