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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

Un poco maquiavélico, Sancho Panza (capítulo 43)

“¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería [‘decía despropósitos’, ‘disparataba’; nota el pie, n.], y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras.”  

La descripción del discurso de Don Quijote que hace Cervantes es muy realista, coincide con lo que les ocurre a las personas que padecen trastornos delirantes específicos. Por los consejos que dio a Sancho en el capítulo anterior se puede tener al caballero, en efecto, por cuerdo y bienintencionado, pero también por muy idealista e ingenuo. En cuanto se toca el tema de la caballería aflora en el personaje la creencia, el ‘delirio de grandeza’, de que es un caballero andante, la identidad imaginaria de Don Quijote de la Mancha. Cuando se habla sobre otros temas o asuntos el personaje mantiene su identidad ‘real’, la de Alonso Quijano, un hidalgo soltero, pobre e ilustrado de un desconocido lugar manchego, al que sus vecinos llaman El Bueno. Don Alonso, un hombre leído, es capaz de hacer sutiles reflexiones aristotélicas sobre la realidad, pero en cuestiones de ética su pensamiento coincide con el platónico idealismo cristiano.  

(En ningún momento de la lectura del Quijote y del espléndido cervantino juego de identidades y modos filosóficos y éticos de pensar olvidamos que todos los comentarios que hacemos se refieren a personajes de una obra literaria, de una obra de ficción. Por tanto, solamente podemos sugerir posibles semejanzas, analogías y paralelismos con la psicopatología, el pensamiento y el mundo empírico reales). 

Después de los bienintencionados consejos que Don Quijote da a Sancho Panza poco antes de partir hacia el gobierno de la ínsula, acordes en su mayoría con los cánones de pensamiento del humanismo cristiano, en este capítulo añade otros de carácter más cómico sobre la apariencia y el cuidado del cuerpo. Sin embargo, la auténtica sorpresa para el lector viene de nuevo de la mano de Sancho, que en tocándole el tema de los refranes empieza a dispararlos como una ametralladora (algunos a propósito y otros no tanto), dando sobrada muestra de su peculiar sabiduría. Los dichos populares que va sacando de la cabeza le apartan de la línea de pensamiento del caballero mediante una visión más próxima a la realidad. En un pispás Sancho expone un breve pero intenso ideario que representa muy bien la picardía, el maquiavelismo natural, intuitivo, espontáneo, fruto de la experiencia, de las gentes económica y socialmente más humildes del pueblo. Es decir, el punto de vista sobre el Poder no de quienes lo detentan y ejercen, de quienes mandan, sino de los mandados. Pequeño maquiavelismo de Sancho (o quizá no tan pequeño) al que Don Quijote alude cuando le dice:  

“–Toda esa gordura y esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes y de malicias.”  

Cervantes compensa ahora la pureza del ideario cristiano de justicia, bondad y compasión de la que hizo gala Don Quijote en el capitulo anterior con un contrapunto o punto de vista popular mucho menos idealista, más práctico. Sin llegar por supuesto a la sofisticada elaboración, rigor lógico, extensión y concreción de las reflexiones de Maquiavelo, el pensamiento de Sancho sobre el gobierno y el Poder sintoniza con la muy realista perspectiva que tiene el florentino. ¡Florentino Sancho, quién iba a decírnoslo! 

“–En lo que toca a cómo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo primero que te encargo es que seas limpio y que te cortes las uñas, sin dejarlas crecer, como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a entender que las uñas largas les hermosean las manos. [Las uñas largas eran vistas como señal de hidalguía, porque indicaban que quien las llevaba no realizaba «oficio mecánico», trabajo manual alguno; n.]. 

»No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado [‘negligente’, ‘descuidado en sus deberes’; n.].

»Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala. 

»Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.

»Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra. 

»Sea moderado tu sueño, que el que no madruga con el sol, no goza del día; y advierte, ¡oh Sancho!, que la diligencia es madre de la buena ventura, y la pereza, su contraria, jamás llegó al término que pide un buen deseo.

»No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería. 

»Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos ni de erutar delante de nadie.

–En verdad, señor –dijo Sancho–, que uno de los consejos y avisos que pienso llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo hacer muy a menudo.”  

Y de este modo, caballero y escudero llegan al delicado asunto de los refranes: 

“–También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes que sueles, que, puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias. 

–Eso Dios lo puede remediar –respondió Sancho–, porque sé más refranes que un libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riñen por salir unos con otros, pero la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendré cuenta de aquí adelante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena, presto se guisa la cena, y quien destaja, no baraja, y a buen salvo está el que repica, y el dar y el tener, seso ha menester.”  

Don Quijote le recrimina la “gran falta” que un hombre lleva consigo cuando no sabe leer ni escribir, y más aún siendo gobernador. Sancho responde entonces con una colorista ensalada de refranes sobre el gobierno y el Poder:

“–Bien sé firmar mi nombre –respondió Sancho–, que cuando fui prioste [‘mayordomo‘; n.] en mi lugar aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo [‘letras mayúsculas y chapuceras’; n.], que decían que decía mi nombre; cuanto más que fingiré que tengo tullida la mi nombre; cuanto más que fingiré que tengo tullida la mano derecha y haré que firme otro por mí, que para todo hay remedio, si no es para la muerte, y teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere, cuanto más que el que tiene el padre alcalde… [«…seguro va a juicio», continúa el refrán; n.]. Y siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! [‘acercaos y veréis lo que os pasa’; es frase de amenaza; n.] No, sino popen y calóñenme [desprecien e injurien; n.], que vendrán por lana y volverán trasquilados, y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe [‘el que es afortunado, no tiene de qué preocuparse; refrán; n.], y las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo, y siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca [‘que se me note; n.]. No, sino haceos miel, y paparos han moscas [‘mostraos débil y los ruines se aprovecharán de vosotros’, refrán; paparos han: ‘os comerán’; n.]; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela, y del hombre arraigado no te verás vengado [‘no podrás tomar venganza del que tiene poder o dinero’, refrán; n.].” 

“Estos refranes te han de llevar un día a la horca”, dice enfadado Don Quijote, pero a continuación le pregunta con curiosidad de dónde saca tantos y con qué criterio los utiliza, “que para decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase.” 

“–Por Dios, señor nuestro amo –replicó Sancho–, que vuesa merced se queja de bien pocas cosas [‘de cosas bien pequeñas, de poca importancia’; n.]. ¿A qué diablos se pudre [‘se irrita’; n.] de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro que venían aquí pintiparados, o como peras en tabaque [‘cestillo plano, generalmente de mimbre, donde se colocan peras, manzanas y membrillos para que se conserven y maduren’; n.], pero no los diré, porque al buen callar llaman Sancho. 

–Ese Sancho no eres tú –dijo don Quijote–, porque no sólo no eres buen callar, sino mal hablar y mal porfiar.”  

La curiosidad puede de nuevo al caballero, que pide diga tan “pintiparados” refranes. 

“–¿Qué mejores –dijo Sancho– que «entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares», y «a idos de mi casa y qué queréis con mi mujer, no hay responder», y «si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro», todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su gobernador ni con el que le manda, porque saldrá lastimado, como el que pone el dedo entre dos muelas cordales, y aunque no sean cordales, como sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador, no hay que replicar, como al «salíos de mi casa y qué queréis con mi mujer». Pues lo de la piedra en el cántaro un ciego lo verá.”  

Don Quijote cree que con este peculiar modo de pensar Sancho dejará “toda la ínsula patas arriba”, pero como a continuación el escudero se muestra humilde poniendo el cargo a su disposición y diciendo que si “por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno”, el caballero le da al fin su bendición. “Buen natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga.” Aunque eso sí, ha de encomendarse a Dios y tener la intención y el decidido propósito de acertar, “porque siempre favorece el cielo los buenos deseos.”  

El amo no entiende o no quiere entender lo que piensa y dice Sancho Panza. Se lo impiden las dos formas simultáneas de pensamiento que tiene respecto de los mismos principios morales (derivadas de su doble estado mental: ‘loco / cuerdo’): 1) el pensamiento delirante de grandeza: es decir, la parte mental de ‘loco’ cruzado de la fe católica que busca la fama universal, de altruismo cristiano armado, combativo e incluso violento, propios de la identidad del supuesto caballero andante Don Quijote de la Mancha; y 2) el pensamiento idealista cristiano: la parte ‘cuerda’ de apacibles creencias religiosas que corresponden a la identidad del hidalgo Alonso Quijano, El Bueno. El delirio de grandeza y el idealismo cristiano de la doble identidad del personaje, Don Quijote / Alonso Quijano, se convierten sumados en un auténtico muro, en una barrera infranqueable para un pensamiento ético más pragmático y realista en general, y sobre el gobierno y el Poder en particular. Pero a los lectores que escuchamos por igual al caballero y al escudero, con el mismo interés, dando importancia tanto al en muchas ocasiones reflexivo y elegante discurso del amo como al intuitivo y multicolor del criado (en definitiva, que ¡escuchamos a Cervantes!), cuando terminan los dos capítulos de transmisión recíproca de conocimiento y sabiduría entre los dos personajes principales de la novela nos resulta inevitable hacernos esta pregunta: ¿quién ha aconsejado mejor a quién…? 

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De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza

(Quijote, II, 43. RAE, 2015)

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia


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