La ínsula existe, y Sancho Panza llega por fin como gobernador para tomar posesión de su más ansiado deseo. ¡Quién lo hubiera imaginado!
“Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender que se llamaba «la ínsula Barataria», o ya porque el lugar se llamaba «Baratario» o ya por el barato [‘propina que se da a los mirones en los garitos de juego’; nota al pie, n.] con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo [‘concejo municipal‘; n.] a recebirle, tocaron las campanas y todos los vecinos dieron dieron muestras de general alegría y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego con algunas ridículas ceremonias le entregaron las llaves del pueblo y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.”
Según nota al pie en la edición del Quijote de la RAE (2015): “La villa de Barataria se ha identificado con la de Alcalá de Ebro (Zaragoza).” Este pueblo de la Ribera Alta, a unos 35 km. de la capital, tiene hoy menos población, cerca de 300 habitantes, y está situado en un meandro justo a orillas del río. Cuando antaño se producían crecidas las aguas rodeaban el pueblo, convirtiéndose prácticamente en una isla fluvial. Era señorío en tiempos de Cervantes de los duques de Villahermosa, una familia de alta raigambre nobiliaria que tuvo su origen en el Ducado que otorgó Juan II, rey de Aragón, Valencia y Mallorca, conde de Barcelona, rey consorte de Navarra, y rey de Sicilia, Cerdeña y Córcega, a uno de sus hijos naturales, Alonso, hermanastro por tanto del legítimo Fernando el Católico. Cervantes de muy joven, siendo paje o camarero del séquito del cardenal Acquaviva, que iba de regreso a Roma, visitó la localidad cercana de Pedrola, a tan solo 4 km. de Alcalá de Ebro, y se hospedó en el palacio de los duques de Villahermosa. Algunos cervantistas asocian a estos duques reales con los personajes que de manera genérica en el Quijote se llaman “el duque” y “la duquesa”. Referencia posible, desde luego, aunque cuando interpretamos un texto literario nunca debe olvidarse que con frecuencia las referencias a la realidad que hacen los escritores en sus obras de ficción son: 1) libremente modificadas, cambiadas, transformadas o distorsionadas mediante su fantasía, y 2) mezcladas o fusionadas con referencias reales de otras personas, otros lugares y otros tiempos. Es decir, no son ‘referencias literales’ de la realidad sino ‘objetos híbridos’, objetos complejos en parte reales y en parte imaginados. Genuinamente: ‘objetos literarios’.
Por eso resulta de mucho interés en cuanto a las posibles referencias a lugares reales hechas en el Quijote, que mientras que para “la villa de Barataria” hay una nota al pie en la que la RAE afirma que “se ha identificado” con un pueblo aragonés concreto, Alcalá de Ebro, en cambio no existe una nota análoga que afirme que se haya identificado el famosísimo “En un lugar de la Mancha…” con alguno de los no pocos pueblos manchegos que hasta ahora se han propuesto (mediante razonamientos más o menos lógicos, y estudios más o menos científicos): Argamasilla de Alba, Alcázar de San Juan, Villanueva de los Infantes, etc. La Real Academia Española, a fecha de pandemia por coronavirus de finales de verano de 2020 (¡esperemos tener pronto la vacuna!), todavía no avala ni identifica ningún pueblo, villa o lugar concreto como ‘el lugar’ de la Mancha al que se refiere Cervantes en su novela, el pueblo de Don Quijote y Sancho del que el narrador dice que no quiere acordarse de su nombre. No podemos saber si la RAE modificará o no su criterio y avalará alguna hipótesis ante la insistencia de varios estudiosos localizacionistas que aseguran haber dado con la ‘solución topográfica’. Máxime cuando la Academia sobre este asunto se muestra particularmente silenciosa, ni a favor ni en contra de un lugar o de otro. La razón por la que Cervantes no menciona en su novela el nombre del lugar resulta bastante clara a tenor de lo que escribe en el Capítulo Primero de la Primera parte: “Pero acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse «Amadís» a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó «Amadís de Gaula», así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse «don Quijote de la Mancha», con que a su su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della”. ¡Don Quijote de la Mancha!, pues, no Don Quijote de este pueblo, de ese pueblo, o del otro pueblo. La voluntad literaria expresada por Cervantes es muy explícita. Empeñarse en identificar a Don Quijote con un único pueblo manchego va en sentido contrario a esta voluntad. Obviamente, si don Miguel hubiese querido asociar el nombre del lugar con su personaje principal lo habría mencionado, igual que hace con otros pueblos de la Mancha y muy especialmente con El Toboso, al que asocia de manera directa y muy potente con Dulcinea. ¡Dulcinea del Toboso! ¡¡Y Don Quijote de la Mancha!! Es posible, por tanto, que el empeño en localizar un lugar concreto responda a ciertos deseos de grandeza por compartir la fama universal del Quijote… y a intereses, difícilmente disimulables, económico-municipales. En fin, necesario no es para nada, y ya se verá si resulta posible solucionar tan literario misterio.
En el comienzo del capítulo, y ante la importancia histórica del nombramiento, el narrador (que no aclara si también Cide Hamete, aunque siendo él moro resulta improbable) invoca y solicita nada menos que a “Febo”, al dios Apolo, padre inventor de la medicina según la mitología griega e inspirador de la música y la poesía, “con cuya ayuda el hombre engendra al hombre”, que favorezca y avive su ingenio para contar como se merece todo lo que va a acontecer en el gobierno del “gran Sancho Panza”. Sabemos así que después de ser recibido con campanas de júbilo por los del lugar, conocedores muchos de la industria del Duque, el mayordomo que llegó con él a la ínsula (el mismo bromista que representó a Merlín en el bosque después de la montería, y luego a la barbada y dolorida condesa Trifaldi) le puso de inmediato a trabajar.
“Finalmente, en sacándole de la iglesia le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella, y el mayordomo del duque le dijo:
–Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a tomar posesión desta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta que se le hiciere que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador y, así, o se alegra o se entristece con su venida.”
Preguntó entonces Sancho, cambiando el tercio y tomando la delantera al histriónico mayordomo, qué decían unas grandes letras escritas en una pared próxima a su silla.
“–Señor, allí está escrito y notado el día en que vuestra señoría tomó posesión desta ínsula, y dice el epitafio: «Hoy día, a tantos de tal mes y de tal año, tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos años la goce».
–¿Y a quién llaman don Sancho Panza? –preguntó Sancho.
–A vuestra señoría –respondió el mayordomo–, que en esta ínsula no ha entrado otro Panza sino el que está sentado en esa silla.
–Pues advertid, hermano –dijo Sancho–, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas.”
De este modo comienza su gobierno Sancho Panza, con firmeza y cumpliendo el consejo que le dio Don Quijote de no sentir vergüenza por su humilde condición de labrador analfabeto. Advirtiendo además que si en la ínsula hay “más dones que piedras (…) yo escardaré estos dones [‘arrancaré’ como si fuesen malas hierbas; n.], que por la muchedumbre deben de enfadar como los mosquitos.” Decisión, carácter, ningún miedo, seguridad, templanza, intuición, ponderado y astuto juicio, rápido discernimiento y sentido común. Sentido común, pero también todo lo demás. Notables dotes de mando que seguirá demostrando en los siguientes pleitos entre vecinos que le presentan a continuación para ser juzgados. De cuyas sentencias depende a su vez el juicio que los congregados y todos los del lugar puedan sacar del flamante nuevo gobernador de tan aragonesa ínsula, que “diéronle a entender” que se llamaba «la ínsula Barataria».
Los pleitos no son invención original de Cervantes, casi todos son cuentos o relatos populares muy conocidos en la época. Lo ‘único’ que hace don Miguel es narrarlos a su manera.
Como el del labrador desconfiado y el sastre listillo, que ante la porfía del primero por aprovechar al máximo el trozo de paño que le entrega, hace cinco caperuzas, que solo caben en las puntas de los dedos de la mano, sentenciando Sancho que el labrador se quede sin el paño y el sastre sin cobrar la hechura, ¡y las caperuzas para los presos de la cárcel!
O el del anciano que escondió diez escudos de oro que otro le había prestado en una caña que llevaba como báculo, jurando sobre la cruz de la vara de mando del gobernador, tras pedir al otro anciano que la sostuviera un momento, que se los había devuelto de mano a mano, con lo que “poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices, estuvo como pensativo un pequeño espacio”, cayendo el perspicaz Sancho en la cuenta del engaño, “y más que él había oído contar otro caso como aquél al cura de su lugar”, dando orden de romper la caña, de la que salieron los escudos de oro.
Y finalmente el de la mujer que entró gritando que un ganadero rico “me ha cogido en la mitad dese campo y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal lavado, y, ¡desdichada de mí!, me ha llevado lo que yo tenía guardado más de veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros y cristianos, de naturales y estranjeros”, manifestando el hombre que en efecto “yogaron juntos”, aunque piensa que pagó “lo soficiente”, pero Sancho manda que le entregue la bolsa con veinte ducados de plata que tenía por la venta de, “con perdón sea dicho, cuatro puercos”, saliendo la mujer a la calle con mil reverencias y rogando a Dios por la vida y salud del gobernador, pero a continuación Sancho dice al buen hombre que vaya tras ella y le quite la bolsa y la traiga, y vuelven los dos sin haberlo conseguido, pues con uñas y dientes defendía esa bolsa la dama, y entonces el gobernador “dijo a la esforzada, y no forzada: –Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza”, llamándola sin ambages “churrillera, desvergonzada y embaidora”, con pena de destierro de la ínsula, y aconsejando al ganadero que en adelante, si no quería volver a perder la bolsa, tuviese más cuidado con su voluntad de yogar.
“El que escribía las palabras, hechos y movimientos de Sancho”, y la multitud de vecinos del lugar allí presente, quedaron admirados no solo con “el traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador”, teniéndole por sus sentencias como “un nuevo Salomón”. A lo que Sancho añadió relajado y ufano:
“Ahora se verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.”
De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula y del modo que comenzó a gobernar
(Quijote, II, 45. RAE, 2015)