Acoso cencerril, gatuno, amoroso… e incluso sexual. ¡Pobre Don Quijote!
“Dejamos al gran don Quijote envuelto en los pensamientos que le habían causado la música de la enamorada doncella Altisidora: acostose con ellos, y, como si fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto (…). Pero como es ligero el tiempo y no hay barranco que le detenga, corrió caballero en las horas, y con mucha presteza llegó la de la mañana, lo cual visto por don Quijote, dejó las blandas plumas y nonada perezoso se vistió.”
En efecto, después de acostarse con sus pensamientos, al llegar el día se vistió de la manera más aparente que pudo: con unas “botas de camino” altas para tapar los puntos de las medias que se le habían soltado la noche anterior, “mantón de escarlata” y “montera de terciopelo verde” con adornos de plata. Echó mano de “un gran rosario que consigo contino traía, y con gran prosopopeya y contoneo salió a la antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como esperándole.” [Prosopopeya y contoneo: ‘ceremoniosidad y afectación’. Se ha notado la irónica alternancia entre el sufrido estoicismo de DQ en otros capítulos (propio del «caballero andante») y su actual coquetería, más adecuada al «caballero cortesano»; nota al pie, n.].
Pero Altisidora estaba temprano al acecho con una amiga, y cuando se cruzan con él la jovencita finge desmayarse. Don Quijote asegura: “Ya sé yo de qué proceden estos accidentes”, y con intención de consolar “lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella” pide que le dejen por la noche en su aposento un laúd, añadiendo que “en los principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedios calificados.” De modo que tras las “sabrosas pláticas” del día con Los Duques, aparece una vihuela a las once de la noche en su habitación. Se acercó a la ventana y “afinádola lo mejor que supo, escupió y remondose el pecho [‘carraspeó para aclarar la voz’; n.], y luego, con una voz ronquilla aunque entonada, cantó el siguiente romance, que él mismo aquel día había compuesto:
–Suelen las fuerzas de amor
sacar de quicio a las almas,
tomando por instrumento
la ociosidad descuidada.
Suele el coser y el labrar [‘bordar’; n.]
y el estar siempre ocupada
ser antídoto al veneno
de las amorosas ansias (…).”
El romance es largo, pero los primeros versos lo resumen muy bien: ¡más trabajo y menos ociosidad! Un consejo sin duda aplicable no solo a esas jovencitas quinceañeras, o catorceañeras, sino a toda la “gente del castillo” empezando por los Señores Duques. Convertido en trovador y poeta, en cantautor entonado, Don Quijote deja claro además que la única imagen y el único amor que pueden permanecer grabados en su alma y en su corazón son los de Dulcinea del Toboso.
En la Vida de Don Quijote y Sancho según Miguel de Cervantes Saavedra (1905), dice Unamuno: “Don Quijote canta, Don Quijote es poeta (…). El verdadero héroe es, sépalo o no, poeta, porque ¿qué sino poesía es el heroísmo?”
De pronto, de este apacible número poético y musical el texto pasa a una de esas burlas pesadas que constantemente recibe Don Quijote para supuesto regocijo de todos. Burlas torpes, brutas, simplonas, un tanto infantiles, que hoy tienen dudosa gracia. Y para remate, la que a continuación ocurre inventada por los propios Duques es de lo más estruendosa. Los Señores Duques son aficionados al ruido, por lo que venimos viendo, a la burla rimbombante y gruesa. ¡Menos mal que gracias a la variada mano de Cervantes el Quijote contiene muchísimas otras cosas! Por ejemplo, un fino sentido del humor irónico que constantemente acompaña y redimensiona la simpleza y tosquedad de las burlas. Esta de ahora debida al más bien corto ingenio de los Duques (personajes que no están precisamente entre los mejores de la novela) consiste en un montón de cencerros, “más de cien”, y “un gran saco de gatos, que asimismo traían cencerros menores atados a las colas”, que los criados descuelgan hasta la reja de Don Quijote. “Dos o tres” de ellos entran en su habitación, tiran y apagan las velas, y empiezan a dar vueltas y a mayar como “diablos” intentando escaparse. El susto, el ruido, el alboroto, y la ‘deprivación sensorial’ al quedarse a oscuras, activan la ‘ideación delirante’ del hidalgo, su ‘enfermedad’, de modo que “poniendo mano a la espada, comenzó a tirar estocadas por la reja y a decir a grandes voces:
–¡Afuera, malignos encantadores! ¡Afuera, canalla hechiceresca, que yo soy don Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras malas intenciones!”
Los gatos al fin “acudieron a la reja y por allí se salieron, aunque uno, viéndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le saltó al rostro y le asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor don Quijote comenzó a dar los mayores gritos que pudo.”
Los Duques acuden para ayudarle con varias luces. Y el valiente caballero en medio de tan desigual batalla exclama:
“–¡No me le quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con este hechicero, con este encantador, que yo le daré a entender de mí a él quién es don Quijote de la Mancha!
Pero el gato, no curándose destas amenazas, gruñía y apretaba; mas en fin el duque se le desarraigó y le echó por la reja. Quedó don Quijote acribado el rostro [‘con la cara hecha una criba’, por los agujeros que habían dejado en ella las uñas del gato; n.] y no muy sanas las narices.”
La broma le costó “cinco días de encerramiento y de cama”, a pesar de aplicarle el famoso y muy caro “aceite de Aparicio” y de que “la misma Altisidora con sus blanquísimas manos le puso unas vendas por todo lo herido.” Y mientras lo hacía, al dolor del cuerpo la desinhibida doncella no perdió la ocasión para añadirle el del alma, pues “con voz baja le dijo:
–Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú lo goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro.”
¡Heroica paciencia! ¡Buen e ingenuo corazón!
“A todo esto no respondió don Quijote otra palabra si no fue dar un profundo suspiro, y luego se tendió en su lecho, agradeciendo a los duques la merced, no porque él tenía temor de aquella canalla gatesca, encantadora y cencerruna, sino porque había conocido la buena intención con que habían venido a socorrerle.”
Los Duques se fueron “pesarosos” por el desenlace de la burla, “que no creyeron que tan pesada y costosa le saliera a don Quijote”. Su primera intención había sido hacerle una que fuese “más risueña que dañosa”. ¿Risueña…? El tremendo susto con tanto cencerro y tanto gato maullador interrumpiendo bruscamente su pacífica actuación trovadoresca, ya es de por sí una broma bastante pesadita. Si hoy día unos duques de los que todavía quedan, o algún personaje famoso, invitasen a su chalet a un enfermo mental con intención de burlarse de él, aunque solo fuese mediante burlas supuestamente no ofensivas o “risueñas”, inmediatamente saldrían como noticia y se les pondría a caldo en las televisiones y en internet… ¡afortunadamente! Lo que en tiempos de Cervantes y para el propio Cervantes era aceptable como recurso de humor, hoy día, en el siglo XXI, ya no lo es. A ningún escritor se le ocurre en el presente escribir una novela sometiendo a constantes burlas a su personaje principal, ‘enfermo mental’, con el propósito de hacer reír a los lectores riéndose de su ‘enfermedad’ (el autor en primer lugar). Por supuesto, cualquier novelista es completamente libre de escribir un texto con ese planteamiento si así lo decide, pero la aceptación social que pudiese tener, traducida en ventas y fama personal, quizá no sería la que más le gustase. Cervantes utilizó un recurso de humor aceptado por la sociedad de su tiempo, cosa que ahora no ocurre. El respeto hacia una persona con enfermedad mental ha de ser más cuidadoso que hacia cualquier otra persona. Esta contemporánea y civilizada norma social incluye tácitamente la creación literaria. De bromas y bromitas para reírse de estas personas, de su trastorno, de su enfermedad, nada de nada, mejor ninguna, ni en la realidad ni en la ficción. Para reírse con ellas, en cambio, todo lo que pueda ingeniarse tanto en la Literatura como en el mundo real es bienvenido.
Igual que sucede con: 1) La presencia constante en el texto de la moral religiosa católico-cristiana (cuya heroica defensa por parte de Don Quijote tanto ensalza Unamuno: “Don Quijote fue, queda ya dicho, fiel discípulo del Cristo”), y 2) La aceptación sin crítica de la monarquía absoluta de su tiempo, Cervantes y el Quijote pueden también considerarse anacrónicos, anticuados, superados, en esa: 3) Actitud burlesca hacia los enfermos mentales.
Los tiempos cambian, las sociedades evolucionan. No todas las ideas, creencias y actitudes de los grandes escritores y artistas son eternas. Tampoco las de don Miguel. Aunque con lo ‘eterno’ que hay en Cervantes (empezando por su irónico sentido del humor) los lectores de todo el mundo seguimos teniendo para afrontar los duros y gratuitos palos que da la vida una mina de platino-rodio, una fuente de agua en la montaña, la constante emoción de la risa y la sonrisa.
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Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora
(Quijote, II, 46. RAE, 2015)
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