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Alfredo Barbero

Ni locos ni cuerdos

La cólera de Sancho (capítulo 47)

En este capítulo leemos uno de los episodios más redondamente cómicos del Quijote. La cólera de Sancho Panza tiene poco que ver con la heroica cólera de Aquiles que da comienzo al relato épico de la Ilíada. En el caso del gobernador de la famosa ínsula Barataria se desencadena por lo que le ocurre en un extraño ‘banquete’ donde la libación de vino y degustación de viandas, seguida de una plácida conversación filosófica sobre el Amor, brillan por su ausencia. ¡Nada de Homero ni de Platón! ¡Ningún idealismo ni epopeya! En el episodio no asistiremos a un sympósion ni a una (supuesta) guerra de honor, sino a una auténtica lucha personal por la supervivencia. El doctor Recio, “Recio de Mal Agüero”, para más señas, el médico “asalariado” del palacio de los gobernadores (quizá fingido, quizá verdadero) se encarga varilla en mano de que Sancho Panza, tras su multitudinaria toma de posesión y de trabajar duro como Juez en los pleitos que de inmediato le presentaron los lugareños, que iba ya despavorido a la mesa, le somete a un muy pormenorizado y minucioso régimen alimentario. ¡Todo por la salud, como es lógico!  

“Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un suntuoso palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y limpísima mesa; y así como Sancho entró en la sala, sonaron chirimías y salieron cuatro pajes a darle aguamanos, que Sancho recibió con mucha gravedad. Cesó la música, sentose Sancho a la cabecera de la mesa, porque no había más de aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. Púsose a su lado en pie un personaje, que después mostró ser médico, con una varilla de ballena en la mano [‘una barba de ballena, flexible, como varilla, que le servía de puntero’; nota al pie; n.]. Levantaron una riquísima y blanca toalla [‘lienzo’; n.] con que estaban cubiertas las frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares. Uno que parecía estudiante echó la bendición y un paje puso un babador randado a Sancho [‘servilleta con randas o encajes que se ata al cuello’, n.]; otro que hacía el oficio de maestresala llegó un plato de fruta delante [las comidas de los grandes señores en el Siglo de Oro comenzaban por algunas frutas; n.], pero apenas hubo comido un bocado, cuando, el de la varilla tocando con ella en el plato, se le quitaron de delante con grandísima celeridad.”   

(Y esto que cuenta la historia es el “tema tradicional de la comida escamoteada”, según nos dice el académico, catedrático y folclorista francés, Maxime Chevalier, en su Lectura del Quijote, “tema que debía de ser familiar a los contemporáneos de Cervantes”, y que ya había escenificado por ejemplo Lope de Rueda. De nuevo, como ocurre también con el relato de los pleitos que leímos dos capítulos atrás, ‘lo único’ que hace don Miguel es narrar la historia a su manera).  

Sancho se quedó sorprendido y en suspenso, y preguntó a los presentes si aquella comida tendría que tomarla como si fuese un “juego de maesecoral” [juego de prestidigitación, como el de los trileros; n.]. El hiperactivo “médico” le contesta:  

“–No se ha de comer, señor gobernador, sino como es uso y costumbre en las otras ínsulas donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico y estoy asalariado en esta ínsula para serlo de los gobernadores della, y miro por su salud mucho más que por la mía, estudiando de noche y de día y tanteando la complexión del gobernador.”   

Explica entonces que mandó retirar la fruta por ser “demasiadamente húmeda”, y el siguiente plato “por ser demasiadamente caliente y tener muchas especies, que acrecientan la sed, y el que mucho bebe mata y consume el húmedo radical [‘semen’; hasta el siglo XVII, se solía denominar así, eufemísticamente, al intangible ‘soporte líquido de los cuatro humores fundamentales’ sin el que no podía haber vida. Galeno no lo consideró, lo que dio lugar a la indefinición posterior; n.], donde consiste la vida.”  

Y continúa con las explicaciones: “Omnis saturatio mala, perdicis autem pessima”, aforismo libremente adaptado del “maestro Hipócrates, norte y luz de la medicina”, por el que tampoco puede tomar el siguiente plato, pues: “Toda hartazga es mala, pero la de las perdices malísima”. Ni fruta, ni especias, ni bebida, ni perdices, ni conejos, “porque es manjar peliagudo”, ni ternera, por estar “asada y en adobo”, ni mucho menos probar “aquel platonazo que está más adelante vahando”, que no era sino un apetitoso cocido manchego u “olla podrida”. Lo que el Dr. Recio le recomienda son unos “cañutillos de suplicaciones [‘barquillos de oblea en forma de tubo fino’; n.] y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le asienten el estómago y le ayuden a la digestión.” 

¡Con la Iglesia hemos topado! ¡Ninguna broma con las cosas de comer! Vahaba la olla y empezaba a vahar el gobernador. Sobre otros elevados asuntos caben burlas, pero nada de juegos ni jueguecitos con el estómago vacío. En cierto modo, la cólera de Sancho también es heroica, y puede considerarse incluso más justificada que la del héroe Aquiles por la afrenta de honor que le causa Agamenón al quitarle parte de su botín de guerra, la sacerdotisa Briseida. El motivo del escudero es más simple, pero algo más sólido: “me muero de hambre, y el negarme la comida, aunque le pese al señor doctor y él más me diga, antes será quitarme la vida que aumentármela.”   

Después de mirarle despacio de arriba abajo y preguntarle cómo se llama, de dónde es, y en qué lugar ha estudiado, y de responder el de la varilla que Pedro Recio de Agüero, de Tirteafuera (un pueblo del Campo de Calatrava), y tener el “grado de doctor” por la Universidad de Osuna (en la que al parecer nunca hubo facultad de Medicina; n.), Sancho Panza, “todo encendido en cólera”, le dice:  

“–Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero, natural de Tirteafuera, lugar que está a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almodóvar del Campo, graduado en Osuna, quíteseme luego delante: si no, voto al sol que tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por él [por ti], no me ha de quedar médico en toda la ínsula, a lo menos de aquellos que yo entienda que son ignorantes, que a los médicos sabios, prudentes y discretos los pondré sobre mi cabeza [en señal de respeto; n.] y los honraré como a personas divinas [en las palabras de Sancho hay un posible eco del Eclesiastés: «Honora medicum propter necessitatem, etenim creavit eum Altissimus»; n.]. Y vuelvo a decir que se me vaya Pedro Recio de aquí: si no, tomaré esta silla donde estoy sentado y se la estrellaré en la cabeza, (…) que yo me descargaré con decir que hice servicio a Dios en matar a un mal médico, verdugo de la república.” [Llamar verdugos a los médicos se acabó convirtiendo en lugar común; n.]. 

De este modo, Cervantes se adelanta en medio siglo a las divertidas y terribles sátiras de Molière sobre los médicos. Por suerte para el asalariado galeno doctorado en Osuna, justo en ese momento se oye una corneta de un correo que traía una carta urgente del Duque. En ella le informa que “unos enemigos míos y desa ínsula la han de dar un asalto furioso no sé qué noche”, y también de que “han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida, porque se temen de vuestro ingenio: abrid el ojo y mirad quién llega a hablaros, y no comáis de cosa que os presentaren.”   

Sancho “quedó atónito, y lo primero que pidió fue meter en un calabozo al doctor Recio, porque si alguno me ha de matar ha de ser él, y de muerte adminícula y pésima, como es la de la hambre.” Ante lo peligroso de la situación ordena luego que le den “un pedazo de pan y obra de cuatro libras de uvas” (unos 2 kg.), que cree que nadie puede envenenar. Pero antes de que empiece a comer plato ni uva alguna, y tras preguntar por la posible alternativa de “un pedazo de pan y una cebolla”, llega de pronto ‘el postre’ de tan accidentado y poco recomendable banquete en forma de un “labrador negociante” natural de Miguel Turra (un lugar a pocos kilómetros de Ciudad Real conocido por Sancho, pues según dice “no está muy lejos de mi pueblo”), que en cuanto empieza a hablar le mete un enorme rollo sobre su familia y la de Andrés Perlerino, un labrador muy rico de la familia de los Perlerines, nombre que “no les viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son perláticos” [‘que sufren perlesía’, enfermedades que suponían la disminución de sensibilidad o movilidad de algún miembro; n.], de una de cuyas hijas, Clara Perlerina, de no muy agraciado aspecto físico que pinta con todo detalle y “de los pies a cabeza”, se enamoró su hijo pequeño, que estudia para bachiller, mientras que el hermano mayor para licenciado, y el bachiller sería “un bendito” si no fuera porque “es endemoniado”, y “tres o cuatro veces” al día le atormentan unos “malignos espíritus” de un modo que parecen crisis epilépticas [n.]. Total, que el negociante pide “una carta de favor para mi consuegro” a fin de que se celebre la boda, y también, ya que el gobernador –hasta ahora flemático– le pregunta si quiere algo más, que “vuesa merced me diese trecientos o seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller.”   

Interrumpidas, pues, descaradamente: la comida… ¡¡y la siesta!!

¡Cólera justificadísima! ¡Cólera heroica!

¡¡Heroísmo de la supervivencia!! 

Después de despacharse a gusto llamándole “hideputa bellaco”, “patán rústico y malmirado”, “socarrón y mentecato” que no solo pide dinero sino que lo hace tan a deshora, grita al poco sutil “negociante” que salga pitando de allí si no quiere que le rompa la silla en la cabeza, como al Dr. Recio.  

“Oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas”, reflexiona Sancho. Y si no deja tiempo libre ni descansar, ni una haba. La intuición del gobernador sobre el porvenir de su recién estrenado trabajo es ya diáfana: “si me dura el gobierno, que no durará, según se me trasluce.” 

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Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno

(Quijote, II, 47. RAE, 2015)

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Sobre el autor

Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia


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