Quizá la persona que en los últimos cuatro siglos haya creído más en Don Quijote, de un modo más profundo y radical, sea el antiguo Rector de la Universidad de Salamanca, don Miguel de Unamuno. Su ensayo de 1905 escrito cuando todavía era joven, Vida de Don Quijote y Sancho según Miguel de Cervantes Saavedra, explicada y comentada por Miguel de Unamuno, es toda una declaración de fe en el personaje. Hasta el punto de que intenta hacerle independiente de su creador, intenta separarlo del control de Cervantes, afirmando que tiene un ‘alma propia’. Una interpretación e intento estos que dan origen, como no puede ser de otra manera, a una nueva creación literaria, a una re-creación del simbolismo del personaje, de la supuesta ‘alma’ de Don Quijote. Unamuno está persuadido de que el caballero andante, más allá de las intenciones y de lo que piense su creador literario, tiene un simbolismo propio, autónomo, un ‘alma’ a la que él respeta y es más fiel que el mismo don Miguel de Cervantes. Esta creencia del Rector, como la más auténtica fe religiosa, es ajena a todo convencionalismo social e institucional, a las razonables hipótesis y teorías de los filólogos y las Academias, a contemporizaciones y medias tintas. Es una fe personal que surge de muy adentro, de lo más hondo de la mente, de las entrañas, e implica a la persona toda, sus ideas, emociones y comportamiento. La figura de Jesucristo los cristianos no la consideran como la de un gran héroe, al ser el heroísmo un atributo humano inferior a la divinidad. En la mitología clásica griega los héroes tenían una condición semidivina, condición que en el cristianismo es equiparable al grado de santidad. Los grandes santos y santas cristianos pueden considerarse como grandes héroes y heroínas religiosos. Unamuno creía en estas santas y santos (en particular en Teresa de Jesús y en Ignacio de Loyola, a los que cita con frecuencia), creía en su heroísmo anticonvencional, radical. Y creía también que Don Quijote es uno de los más fieles seguidores de Cristo, uno de esos héroes religiosos o místicos.
Sin llegar a la potente fe del poeta, pensador, narrador, académico y político del mundo real de principios del siglo XX (uno de los más brillantes de la historia del Pensamiento y la Literatura españoles), fe de la que en sentido laico o semilaico habían participado ya los escritores románticos alemanes del XIX, en el mundo de la ficción literaria del Quijote hay algunos personajes que también creen en el caballero andante, por encima de los fingimientos y burlas de otros, de buena fe. El primero de todos es Sancho Panza, naturalmente, que sin embargo mantiene una creencia ambivalente respecto de su amo. Sancho cree y no cree en Don Quijote. En ocasiones le ve como un loco de remate, como un idealista ingenuo y trastornado, y otras como un hombre bueno, generoso, bienintencionado y sabio. Su creencia va evolucionando a lo largo de la novela hacia una progresiva mayor fe en el caballero. Una fe que aunque se debe más a la camaradería y al afecto que a compartir su manera de pensar y sobre todo de actuar, también procede de estas últimas. ¡Al fin y al cabo Sancho Panza es como su amo un creyente católico-cristiano! Don Quijote, por su parte, evoluciona atendiendo cada vez en mayor medida las razones de sentido común y el ‘sentido de realidad’ de su escudero.
Otro de los personajes que cree en Don Quijote (veremos luego de qué forma) aparece en escena en este capítulo. ¡Una escena bien nocturna por cierto!
“Además estaba mohíno y malencólico el malferido don Quijote [‘sobremanera’; nota al pie, n.], vendado el rostro y señalado, no por la mano de Dios [‘no por algún defecto físico’; n.], sino por las uñas de un gato, desdichas anejas a la andante caballería. Seis días estuvo sin salir en público, en una noche de las cuales, estando despierto y desvelado, pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sintió que con una llave abrían la puerta de su aposento, y luego imaginó que la enamorada doncella venía para sobresaltar su honestidad [‘asaltar alevosamente’; n.] y ponerle en condición de faltar a la fee que guardar debía a su señora Dulcinea del Toboso.
–No –dijo, creyendo a su imaginación, y esto con voz que pudiera ser oída–, no ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de adorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lo más escondido de mis entrañas, ora estés, señora mía, transformada en cebolluda labradora, ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y sirgo compuestas, ora te tenga Merlín o Montesinos donde ellos quisieren: que adondequiera eres mía y adoquiera he sido yo y he de ser tuyo.”
¡¡Creyendo a su imaginación!!
¡Qué precisa, sintética, conceptista y espléndida definición de la psicosis!
Lo que aparece en el aposento es una figura con una vela en la mano que se va acercando poco a poco a su cama. Esto desencadena el pavor del andante caballero, al creer que se trata de “alguna bruja o maga” que quiere hacerle un hechizo. Como un rayo se pone en pie envuelto en una colcha amarilla, con la cara y los bigotes todo vendados y un gorro de dormir, empezando a santiguarse muchas veces. Una imagen cómica para el lector (y no precisamente demostrativa del valor del caballero) que causa que la dueña doña Rodríguez, la fantasmal figura que allí estaba junto a la no menos fantasmal de Don Quijote, se asuste, se le caiga la vela, quede toda la estancia a oscuras, trate de salir, tropiece en sus faldas y se dé una gran caída.
Doña Rodríguez se identifica y dice que va a contarle una cuita que tiene, pero no a llevar recado de los amores de Altisidora, pues no es tan mayor para “semejantes niñerías”, conserva casi todos sus dientes y muelas, y por si fuera poco “mi alma me tengo en las carnes” [‘conservo el vigor de la juventud; n.]. Dicho lo cual y mientras sale a encender de nuevo la vela, Don Quijote empieza a meditar:
“–¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y mañoso, querrá engañarme agora con una dueña lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas, marquesas ni condesas? Que yo he oído decir muchas veces y a muchos discretos que, si él puede, antes os la dará roma que aguileña [‘si la puedo dar mala, no la dará buena’; es frase hecha; n.]. ¿Y quién sabe si esta soledad, esta ocasión y este silencio despertará mis deseos que duermen, y harán que al cabo de mis años venga a caer donde nunca he tropezado? Y en casos semejantes mejor es huir que esperar la batalla.”
Se dirige entonces hacia la puerta con intención de cerrarla, pero justo en ese momento entra la dueña, que al darse de bruces con él vuelve a asustarse, retrocede y pregunta:
“–¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal haberse vuesa merced levantado de su lecho.
–Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora –respondió don Quijote–, y, así, pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.
–¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? –respondió la dueña.
–A vos y de vos la pido –replicó don Quijote–, porque ni yo soy de mármol, ni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un poco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido.”
Para evitar malentendidos los dos hacen la “ceremonia” de besarse y cogerse la mano, entrando luego muy poco a poco en la habitación. Momento que aprovecha Cide Hamete para hacer “un paréntesis” y decir que “por Mahoma” daría su “mejor almalafa” [‘manto o capa larga que usaban los moros fuera de casa’; n.] por ver ir a ambos “así asidos y trabados desde la puerta al lecho.” Llegado al cual Don Quijote “se acorrucó y se cubrió todo”, no dejando visible más que su rostro vendado, mientras doña Rodríguez se sentó en una silla algo alejada, con la vela, sus anteojos, y unas blancas y largas tocas que la cubrían hasta los pies. Así se sosegaron los dos, y la dueña comenzó a contarle su vida y el problema que tenía.
La información biográfica que entonces proporciona doña Rodríguez (que procede de un linaje noble de “las Asturias de Oviedo” [la otra provincia de la región de la Montaña era ‘las Asturias de Santillana’; n.], que sus padres la llevaron a la corte a Madrid y luego quedó huérfana, que se casó con un escudero algo mayor que murió y del que tuvo una hija, que se vino con Los Duques recién casados al reino de Aragón, que el hijo de un labrador muy rico de una aldea cercana dio promesa de casamiento a su hija que tiene ya 16 años, y tras juntarse no la cumple, etc.), nos parece mucho menos importante que el hecho en sí de contarla, que el acto de confianza que esto supone en Don Quijote. Confianza a la que se suma la creencia en su capacidad para socorrer a los afligidos y desdichados cuando le pide que la ayude a solucionar este problema de su hija. Un ‘acto de fe’ en el héroe, por tanto, aunque tiene un claro matiz pragmático, pues las muchas veces que antes ha pedido al Duque que la ayude por lo mismo, este ha hecho sistemáticamente “orejas de mercader”, oídos sordos (se sobreentiende que también La Duquesa), “y es la causa que como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros y le sale por fiador de sus trampas por momentos [trampas: ‘deudas’; por momentos: ‘constantemente’. No era extraño que los villanos ricos salieran fiadores de nobles empobrecidos; n.] no le quiere descontentar ni dar pesadumbre en ningún modo.”
Doña Rodríguez demuestra respetar y creer en cierta manera en Don Quijote.
Por nuestra parte seguimos respetando la intensa y polivalente fe de Unamuno, y creyendo (a pesar de que al final de este capítulo como en tantas otras ocasiones trate a Don Quijote sin contemplaciones como a un muñeco o títere cómico haciendo que dos desconocidos entren en la habitación y le propinen por las buenas y porque sí durante nada menos que “media hora” un montón de recios pellizcos, y que a doña Rodríguez la suban las faldas y la azoten con una zapatilla, ¡todo a oscuras, que la vela se cayó de nuevo, y en “admirable silencio”!), teniendo no poca fe, decimos, en don Miguel de Cervantes Saavedra.
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De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna
(Quijote, II, 48. RAE, 2015)
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