Mientras poco a poco iba disminuyendo su cólera por no haberle dejado comer ni echar siquiera una cabezadita a la hora de la siesta después de trabajar duro en el Juzgado, Sancho Panza reflexiona:
“–Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de ser o han de ser de bronce para no sentir las importunidades de los negociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y despachen, atendiendo sólo a su negocio, venga lo que viniere; y si el pobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede o porque no es aquél el tiempo diputado [‘reservado’, ‘asignado’; nota el pie, n.] para darles audiencia, luego les maldicen y murmuran, y les roen los huesos, y aun les deslindan los linajes. Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures: espera sazón y coyuntura para negociar; no vengas a la hora del comer ni a la del dormir, que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza lo que naturalmente les pide.”
El tiempo de aquella tarde fue pasando por fortuna veloz hasta la nunca tan esperada hora de cenar. No se oyó hablar ni rechistar lo más mínimo al Dr. Recio, ni mencionar ningún otro aforismo de Hipócrates, que más cuenta le tenía. De modo que Sancho pudo desquitarse con una contundente y muy poco saludable cena (que compensó lo en extremo saludable que había sido la comida) a base de “salpicón de vaca con cebolla y unas manos cocidas de ternera algo entrada en días.” Pidió además al recio doctor que en adelante no hiciese tanta docta precisión ni se anduviese con exquisiteces, que se conformaba con “estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas son mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún día.”
Con el estómago ya lleno y apaciguado, el gobernador defiende el derecho que tienen todas las personas a comer: “Vivamos todos y comamos en buena paz compaña [‘en paz y compañía’, n.], pues cuando Dios amanece, para todos amanece”. Un derecho que a muchos todavía hoy en el mundo les cuesta un heroico triunfo conseguir, a ellos y a los suyos (como por otros motivos le costó a Sancho Panza). Una vez comido, cenado, y tras recalcar que todo irá bien en su gobierno mientras “se tenga cuenta con mi sustento y con el de mi rucio”, lo que a continuación le apetece no es entretenerse en los juegos de ocio y burlas a los que son tan aficionados Los Duques, sino seguir trabajando, rematar de este modo su primera jornada como gobernador. ¡Todo un ejemplo! Pide así salir con la ronda de noche en su recorrido por la ínsula tras el toque de queda de las campanas, como era habitual en pueblos y ciudades [n.].
La intención que en este momento Sancho declara resulta entre reivindicativa y cristiana, entre conservadora y llena de sentido común: “Es mi intención limpiar esta ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagamunda, holgazana y mal entretenida. Porque quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía y perezosa es en la república lo mesmo que los zánganos en las colmenas, que se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos y, sobre todo, tener respeto a la religión y a la honra de los religiosos. ¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo o quiébrome la cabeza?” [‘¿Está bien lo que digo o son tonterías, quebraderos de cabeza?’; n.].
El mayordomo, el gran burlador enviado por Los Duques, madre y padre de todo burlador y de toda ‘refinada’ burla, no puede dejar de reconocerlo:
“–Dice tanto vuesa merced, señor gobernador –dijo el mayordomo–, que estoy admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que a lo que creo no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias y de avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced esperaban los que nos enviaron y los que aquí venimos. Cada día se veen cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados.”
Este reconocimiento, las intenciones que expresa como hombre de Poder, y su voluntad de trabajar hasta el último minuto del día y de la noche (hora de comer y siesta descontadas), nos parecen lo más importante del capítulo: ¡Sancho Panza se toma muy en serio su trabajo!
Los tres episodios que ocurren a continuación no son particularmente memorables, aunque de cualquier simple suceso siempre se puede sonreír y aprender algo interesante con Cervantes.
A poco de salir Sancho con su vara al mando de un pequeño escuadrón que formaban los alguaciles, el secretario, el maestresala, el mayordomo y el cronista “que tenía cuidado de poner en memoria sus hechos”, se oyó “ruido de cuchilladas”. Dos hombres que luchaban en la calle pararon para explicarse. Uno era un jugador que en la “casa de juego” de enfrente acababa de ganar “más de mil reales” y se había ido sin dar al otro la propina (“barato”) que le pedía y que por costumbre solía darse a los que miraban. Sancho resuelve que le dé cien reales, y otros treinta se dejen “para los pobres de la cárcel”, pero pues el mirón reconoce no tener “oficio ni beneficio, porque mis padres no me le enseñaron ni me le dejaron”, se vaya desterrado diez años de la ínsula.
A continuación, un “corchete” [‘guardia’, ‘agente de la justicia o de la autoridad’; n.] lleva detenido a un joven bromista que contesta con evasivas y se empecina en asegurar que el gobernador, por muy gobernador que sea, no puede hacerle dormir en la cárcel. “¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis?” [‘¿queréis pasar por gracioso?’; n.], le pregunta Sancho. Ante la desenvoltura del mancebo con su juego de palabras, y siendo cierto que aunque el gobernador le mande al calabozo, si él no quiere dormir, no dormirá, se muestra tolerante y le envía a que duerma en su casa. “Pero aconséjoos que de aquí adelante no os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os dé con la burla en los cascos.”
Y el tercer y último de estos livianos episodios que suceden al gobernador en su ronda nocturna es el de una moza, “de diez y seis o pocos más años”, que vestida de hombre galante y aun así “hermosa como mil perlas” explica con mucho rodeo y lloriqueo haber salido de casa porque su padre la tiene encerrada desde que diez años atrás murió su madre, y “quisiera yo ver el mundo, o a lo menos el pueblo donde nací.” Pues por no ver ni siquiera había visto cuando en las fiestas se “corrían toros y jugaban cañas” [Las corridas de toros eran a caballo, y corrían con rejones los caballeros; el juego de cañas era una justa por cuadrillas a caballo, con lanzas preparadas para que se rompiesen sin herir. Normalmente los dos festejos iban emparejados; n.]. Y confirmando ella y luego su hermano con el que había salido y también llevaron detenido que el suyo era “sólo el deseo de ver mundo, que no se estendía a más que a ver las calles de este lugar”, Sancho Panza sentenció conservador, nada feminista (según los cánones de la época) y astuto:
“–Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería [‘una chiquillada’, ‘una niñería’; n.], y para contar esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas ni tantas lágrimas y suspiros, que con decir «Somos fulano y fulana, que nos salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invención, sólo por curiosidad, sin otro designio alguno», se acabara el cuento, y no gemidicos y lloramicos, y darle. (…) Y de aquí adelante no se muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que la doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa, y la mujer y la gallina, por andar se pierden aína [fácilmente, pronto], y la que es deseosa de ver, también tiene deseo de ser vista. No digo más.”
Su pensamiento se dirigió finalmente a la posibilidad de casar a su hija Sanchica con el apuesto hermano de la doncella, rubio y de ensortijados cabellos, en una ínsula de mil vecinos que en principio y a primera vista parecía tranquila.
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De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula
(Quijote, II, 49. RAE, 2015)
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