Me ha pillado a contrapié. Llevo días escuchando, de lejos, las campanas informativas que anuncian que mañana se cumplen diez años de los atentados de Madrid, el 11-M. No he leído mucho, si acaso le he echado algún ojo a información sobre la trama del atentado, pero sin testimonios de las víctimas y sin rememorar la parte más cruel de las crónicas de aquel infausto día. La deformación profesional, ya se sabe, el ansia por conocer más, pero sin buscar sentimentalismos ni historias humanas, un pequeño escudo supongo.
Después de un largo día me he puesto a escuchar el final del último encuentro de la jornada mientras preparaba las cosas de mañana y he enlazado con El partido de las doce, el programa nocturno de deportes de la Cope. En él hablan con uno de los viajeros de aquellos trenes que reventaron hace ahora una década. Y me ha tocado la fibra. A contrapié, ya digo, sin esperarlo, imposible de pasarlo por alto, cuando creía que ya lo había solventado con precisión quirúrgica y en condiciones extremas de esterilización. Bueno, tal vez era imposible.
Al final por problemas de conexión –a veces los fallos de la tecnología hasta son de agradecer- he dejado de escuchar la entrevista, pero no dejo de pensar que le han dedicado el programa de hoy porque mañana hay partidos de Champions y the show must go on. Y esto ni siquiera es malo porque el espectáculo debe continuar, y demos gracias por ello porque desde el año 2004 191 personas dejaron de poder disfrutar de un día más, por la sinrazón de unos locos que pensaron, de alguna manera, que la vida de aquellos 191 les pertenecía y decidieron arrebatársela.
Tengan un gran 11-M y disfruten de la vida. Yo pienso hacerlo porque es lo único que hasta el último momento no nos podrán quitar.