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Sansón

Ojos que no ven

Extrema unción

—Tranquilícese, don Augusto, yo no vengo a juzgarle el pulso.
—No le creo, jovencito. Tiene usted pinta de gustarle la joda.
—Ya me advirtió el arzobispo: «Tenga tacto con don Augusto. Se toma las bromas a la tremenda».
—Las bromas no existen. Existen los bromistas, que es distinto.
—No lo crea, don Augusto. Mírese: toda su vida marcándole el paso a los demás y ahora resulta que no lo sigue ni su propio corazón.
—Cuando un país no marcha bien necesita un marcapasos.
—No vine a hablar con usted de medicina.
—Ya lo sé. He visto su alzacuellos. ¿Vino a prepararme?
—En efecto. ¿Confesión?
—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida.
—No sé qué decir.
—Quizá prefiera una ayudita. Permítame, es un truquito que funciona estupendamente durante las extremas unciones: yo voy enumerando los mandamientos del Señor y usted me va diciendo.
—Ya sabía yo que a usted le gustaba la joda.
—¿Primero?
—De este mandamiento se ha encargado siempre mi señora.
—¿Segundo?
—Jamás tomé un nombre en vano. Siempre que he tomado el nombre de alguien obedecía a alguna finalidad purificadora.
—¿Tercero?
—Durante mi mandato instauré tal régimen de festejos con parada militar y misa de campaña que no creo que su jefe tenga queja.
—¿Cuarto?
—Habida cuenta de que para un padre y una madre lo más importante que hay en el mundo son sus hijos, creo que cada medalla que he colgado en mi pechera, cada homenaje que me he organizado y cada ascenso y subida de sueldo que me he aplicado los honraba de forma indubitable.
—¿Quinto?
—Delegué cualquier tropiezo con este mandamiento en mis servicios de inteligencia y policía. Hable con ellos.
—¿Sexto?
—No va con mi condición eso de cometer actos impuros. Entiendo que el mandamiento exista, pero supongo que Dios Nuestro Señor lo puso ahí pensando en individuos que yo, con el único afán de ayudarle en la purificación del Paraíso, me he propuesto erradicar. Si me hubiesen dado un poco más de tiempo quizá el Altísimo hubiese considerado la posibilidad de retirar este mandamiento.
—¿Séptimo?
—¿Bromea? Estoy forrado.
—¿Octavo?
—Dí poderes a mis abogados para que todos mis testimonios parezcan impecables.
—¿Noveno?
—En efecto, no he consentido durante mi mandato pensamientos ni deseos impuros. En esto soy y he sido tan rotundo que de hecho jamás consentí durante mi mandato que alguien tuviera pensamientos o deseos de cualquier naturaleza.
—¿Décimo?
—Este mandamiento es muy fácil de cumplir, señor mío. Si uno codicia los bienes ajenos sólo tiene que apropiárselos y el pecado desaparece al instante.
©Rafael Vega

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Sobre el autor

Rafael Vega, también conocido como 'Sansón' por eso de las viñetas.


diciembre 2006
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