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Sansón

Ojos que no ven

Pieza de museo

«Hay que aprender a escuchar», nos decían de pequeños. Y podemos afirmar que finalmente las personas del primer mundo lo han conseguido, sobretodo en el entorno familiar, donde todos los miembros del grupo guardan un respetuoso e inacabable silencio ante la tele. Los ojos resecos debido al ahorro de parpadeos han sabido abandonarse a las evoluciones lumínicas del aparato; las manos son capaces de llevar la comida a la boca sin su auxilio. Así transcurre la cena, así se aprovechan las pausas publicitarias para recoger los cacharros y parapetarse de nuevo ante la homilía perpetua antes del sueño.
Sin embargo, y por fortuna, nos queda el ascensor. Gracias a este útil aparato de incontables ventajas los miembros de la familia moderna mantienen conversaciones diarias. El ascensor, diseñado en un principio para desplazarse verticalmente, ha desvelado virtudes en el campo de la comunicación que apenas fueron tomadas en serio hace décadas, cuando fue vilipendiado injustamente a tenor de los temas de conversación que inspiraba a los vecinos de un portal o a los compañeros de un edificio de oficinas. Si bien el estado del tiempo ha sido el asunto central de diálogo en los ascensores, acaso debamos reconocer que no es el aparato elevador el responsable, sino la minúscula creatividad de sus usuarios. El ascensor, como cualquier otro contenedor, no es responsable de los contenidos que en él se viertan sino reflejo de la mínima implicación social de quienes lo utilizan para desarrollar sus tertulias.
Los padres y los hijos modernos, que de últimas aprovechan el descenso matinal en ascensor a sus respectivos infiernos para comentar los asuntos más imperiosos de la jornada, han demostrado finalmente que este bendito artefacto contribuirá a mantener el tradicional trasiego de información oral entre seres humanos que eventualmente no se hallan a miles de kilómetros los unos de los otros. Aunque habrá de tenerse en cuenta que entre todos estos individuos garantes de la ancestral disciplina de la conversación son los domiciliados en un décimo piso, por ejemplo, quienes tienen la fortuna de practicar el doble que aquellos domiciliados en un quinto. Por contra, los habitantes de las primeras plantas, los adosados de reciente implantación y las casas de campo ni siquiera tienen oportunidad, lamentablemente, de dirigirse la palabra.
Un ascensor recién revisado, con sus cadenas y poleas impecables, invierte unos veinte segundos en hacer el recorrido desde una quinta planta. Tiempo más que suficiente para escuchar, por ejemplo, esto:
—¿Te esperamos a cenar?
(silencio de dos plantas)
—No sé… (silencio de una planta) Luego llamo.
Poco importa quién es el padre y quién el hijo en esta fluida, práctica y honesta conversación familiar que con los años habrá de convertirse en una pieza fundamental de nuestra cultura. ¿Que no?

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Sobre el autor

Rafael Vega, también conocido como 'Sansón' por eso de las viñetas.


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