{"id":115,"date":"2007-01-09T18:49:00","date_gmt":"2007-01-09T18:49:00","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/rafavega\/?p=115"},"modified":"2007-01-09T18:49:00","modified_gmt":"2007-01-09T18:49:00","slug":"pieza-museo_1","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elnortedecastilla.es\/rafavega\/pieza-museo_1\/","title":{"rendered":"Pieza de museo"},"content":{"rendered":"<p>\u00abHay que aprender a escuchar\u00bb, nos dec\u00edan de peque\u00f1os. Y podemos afirmar que finalmente las personas del primer mundo lo han conseguido, sobretodo en el entorno familiar, donde todos los miembros del grupo guardan un respetuoso e inacabable silencio ante la tele. Los ojos resecos debido al ahorro de parpadeos han sabido abandonarse a las evoluciones lum\u00ednicas del aparato; las manos son capaces de llevar la comida a la boca sin su auxilio. As\u00ed transcurre la cena, as\u00ed se aprovechan las pausas publicitarias para recoger los cacharros y parapetarse de nuevo ante la homil\u00eda perpetua antes del sue\u00f1o.<br \/>\nSin embargo, y por fortuna, nos queda el ascensor. Gracias a este \u00fatil aparato de incontables ventajas los miembros de la familia moderna mantienen conversaciones diarias. El ascensor, dise\u00f1ado en un principio para desplazarse verticalmente, ha desvelado virtudes en el campo de la comunicaci\u00f3n que apenas fueron tomadas en serio hace d\u00e9cadas, cuando fue vilipendiado injustamente a tenor de  los temas de conversaci\u00f3n que inspiraba a los vecinos de un portal o a los compa\u00f1eros de un edificio de oficinas. Si bien el estado del tiempo ha sido el asunto central de di\u00e1logo en los ascensores, acaso debamos reconocer que no es el aparato elevador el responsable, sino la min\u00fascula creatividad de sus usuarios. El ascensor, como cualquier otro contenedor, no es responsable de los contenidos que en \u00e9l se viertan sino reflejo de la m\u00ednima implicaci\u00f3n social de quienes lo utilizan para desarrollar sus tertulias.<br \/>\n Los padres y los hijos modernos, que de \u00faltimas aprovechan el descenso matinal en ascensor a sus respectivos infiernos para comentar los asuntos m\u00e1s imperiosos de la jornada, han demostrado finalmente que este bendito artefacto contribuir\u00e1 a mantener el tradicional trasiego de informaci\u00f3n oral entre seres humanos que eventualmente no se hallan a miles de kil\u00f3metros los unos de los otros. Aunque habr\u00e1 de tenerse en cuenta que entre todos estos individuos garantes de la ancestral disciplina de la conversaci\u00f3n son los domiciliados en un d\u00e9cimo piso, por ejemplo, quienes tienen la fortuna de practicar el doble que aquellos domiciliados en un quinto. Por contra, los habitantes de las primeras plantas, los adosados de reciente implantaci\u00f3n y las casas de campo ni siquiera tienen oportunidad, lamentablemente, de dirigirse la palabra.<br \/>\nUn ascensor reci\u00e9n revisado, con sus cadenas y poleas impecables, invierte unos veinte segundos en hacer el recorrido desde una quinta planta. Tiempo m\u00e1s que suficiente para escuchar, por ejemplo, esto:<br \/>\n\u2014\u00bfTe esperamos a cenar?<br \/>\n(silencio de dos plantas)<br \/>\n\u2014No s\u00e9&#8230; (silencio de una planta) Luego llamo.<br \/>\nPoco importa qui\u00e9n es el padre y qui\u00e9n el hijo en esta fluida, pr\u00e1ctica y honesta conversaci\u00f3n familiar que con los a\u00f1os habr\u00e1 de convertirse en una pieza fundamental de nuestra cultura. \u00bfQue no?<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00abHay que aprender a escuchar\u00bb, nos dec\u00edan de peque\u00f1os. 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