Mi suegra vio construir el País Vasco. Lo dice ella y todos a callar. Vive en un edificio de once plantas en donde abundan gran número de familias castellanas, cuya fachada siempre está repleta de carteles pegados por la izquierda radical y de pintadas amenazantes. Emigraron hace ya demasiado tiempo movidos por la supervivencia pura y dura; para que nadie llegado de visita turística se plante allí con los manidos tópicos de que los vascos, esto, o los vascos, lo otro. Los comienzos no fueron precisamente un ejemplo de integración para el emigrante. En la tienda de la esquina siempre había alguna resentida que les decía “coreanos, habéis venido a quitarnos lo nuestro”. Corrían los años en que ETA era un grupúsculo balbuciente con aires revolucionarios nacido para luchar, sobre todo, contra el régimen de Franco. Poco a poco, Vizcaya fue convirtiéndose en el foco industrial español, en donde la siderometalurgia alimentaba a miles de familias llegadas de todos los rincones del país y comenzaba a enriquecer a los vascos de pura cepa. Las bases económicas ya estaban ancladas. Mientras, los pescadores de las aldeas faenaban en el Cantábrico. Esta gente noble se expresaba en euskera, su lengua materna. Franco no la entendía, del mismo modo en que no alcanzaba a comprender nada que mereciera la pena. A la muerte del dictador le sucedió la eclosión del PNV, como partido de referencia, apegado a la tierra, la lengua y la religión, como suele ocurrir con todo el nacionalismo. España se convirtió en una democracia y el partido fundado por Sabino Arana, en el fideicomiso de una idea xenófoba e irracional que comenzó a enturbiarlo todo.
Han pasado treinta años desde la toma del poder a cargo de ese entramado del pensamiento único. Cuando pasas tanto tiempo manoseándolo todo piensas que la tierra y las personas te pertenecen. Voy a Euskadi regularmente desde hace dieciséis años y, a poco que tengas los ojos medianamente abiertos, te das cuenta de que aquella comunidad autónoma es algo por lo que merece la pena luchar. El nacionalismo y las armas han campado a sus anchas en sintonía. Ahora han cambiado las tornas y la siderurgia ha dado paso a la cultura. En Vizcaya se respira mejor y la ventana que acaba de abrirse en todo el territorio dará paso a una impaciente bocanada de aire fresco. El nuevo ‘lehendakari’ tendrá que lidiar con los pedruscos del mal perder. Habrá de regenerar la lealtad a las instituciones pero sin hacer leña del árbol caído. Se instalará la legalidad vigente, aunque a costa de unas cuantas lágrimas. Llevamos demasiado tiempo llorando como para desbaratar esta oportunidad de oro. El presidente Zapatero va a pagar un precio enorme, pero la Historia le absolverá, en el mejor de los sentidos. Y a Patxi, a Patxi López, le agradeceremos los servicios prestados cuando hable el pueblo vasco, con el permiso de mi suegra.
Publicado en El Norte de Castilla el 14 de marzo de 2009