Todo el mundo tiene un precio; si no lo tiene, es que no lo vale. La frase no es mía y no lo será ni en un millón de años. Juan March, banquero del franquismo, conocía muy bien a la especie humana de la época y parece que también a sus herederos actuales, de ahí que su adagio siga en vigor en muchos despachos. Un tipo vive ciertas tensiones cuando decide convertirse en político profesional, pero su tembleque es un simple estornudo si lo comparamos con el cáncer al que habremos de enfrentarnos sus pacientes. Ahora se celebra en toda España el trigésimo aniversario de la reimplantación de los ayuntamientos democráticos. Si reflexionamos un minuto, el conjunto de las instituciones del nuevo régimen destilan un hedor pestilente que lo inunda todo. Da la sensación de que la democracia es la coartada perfecta para quienes esgrimen que el Poder es su herencia y, por tanto, el ganador y sus vástagos se lo llevan todo. Tomemos como ejemplo el caso de un cargo público que ha decidido hacer de esta actividad su profesión ‘sine die’. Tomás Villanueva, vicepresidente segundo de la Junta, tiene una querencia especial a un libro, ‘El arte de la guerra’, de Sun Tzu. Lo contaba Nacho Foces en su ‘Espita’. La obra es un tratado que podríamos resumir como la estrategia del superviviente en el mundo de los cuchillos de palacio, aun a riesgo de quedarme corto. Decía Foces que este político con unas raíces muy profundas en Castilla y León suele regalarlo a sus reidores. Que el general chino vele los sueños de Villanueva es todo un síntoma de que ha venido para quedarse y bañarse en la sangre de las luchas intestinas libradas en el seno de su partido, mientras las bases sigan riéndole las gracias. Juega una partida de póquer en la que se las tendrá que ver con el as de picas.
Como sucede en cualquier centro de trabajo, no todos los que acuden a la sede están cortados por el mismo patrón. He calculado que un tercio de cualquier colectivo es honesto; el resto, pura conversación y mala praxis. Quien más quien menos conoce a ejemplares que obedecen a este perfil: gente que no tenía un ochavo y que, gracias a la política, llevan una vida de potentados. Todos se ven salpicados. Sin ir más lejos, cuando los votantes le colocaron en vía muerta, a Ángel Villalba le regalaron un par de trenes y a jugar como un crío caprichoso. Abandonas un ministerio, te dan una empresa pública o una caja de ahorros, y tan contento. Hoy el asunto más potente es el caso Gürtel y el PP, en donde te compraban el traje de marinerito para la primera comunión del chaval sólo con abrir la boca. Estados Unidos impone ocho años de mandato en el mundillo político; en España el límite se encuentra en ocho siglos, casi como la Reconquista. Pese a todo, rindamos un homenaje a los políticos con principios limpios, que sentaron las bases de una vida mejor en España, treinta años más tarde.
Publicado en El Norte de Castilla el 4 de abril de 2009