La gente no está asustada por la energía nuclear, sino por el hecho de enfrentarse a la posibilidad de no poder pagar la electricidad que nutre el frigorífico que alimenta a sus hijos. Lo ha puesto de manifiesto la intención del Gobierno de cerrar la central de Garoña, no por peligrosa, sino por el atavismo ideológico del PSOE, que conllevaría la pérdida de miles de empleos. Otra cosa es la soflama de algunos socialistas al anunciar que existen alternativas de trabajo para quienes puedan perderlo, tentando a la silla eléctrica.
Más relevante que el empleo es la vida. Con independencia de que el Consejo de Seguridad Nuclear haya emitido un informe favorable a la prórroga de la actividad del núcleo burgalés, el compromiso del presidente Zapatero le convierte en una víctima ante la masa crítica electoral. No hay que desdeñar que el jefe socialista dice cumplir lo que promete, aunque éste es un extremo que aún esconde un inédito resplandor, convirtiéndose al mismo tiempo en juez y reo. Otro extremo lo representa el Partido Popular, hegemónico en esta tierra y cómplice en el pasado de decisiones como las que repuntan hoy. José María Aznar decidió en 2002 el cierre de la central nuclear de Zorita, con la anuencia de los socialistas, siendo ejecutada por el propio CSN. Mariano Rajoy era vicepresidente de aquel Gobierno y la hizo suya; pero ahora, por motivos achacables a la coyuntura política y económica, demoniza la decisión de aplicarla en territorio Herrera, al margen de que esta doctrina rebase con creces nuestras fronteras.
Desde el principio de los tiempos, el ser humano ha sido presa fácil del miedo. La peste acabó con más de media Europa. Los conflictos bélicos han diezmado al planeta. Los inmigrantes son diferentes y por esa razón estas personas asuntan al bobo radical. El Hombre es miedoso por naturaleza y nos lo acaba de recodar su comportamiento ante la gripe porcina. En los ochenta, por la célebre neumonía atípica, miles de españoles fueron víctimas por la adulteración del aceite de colza. Recuerdo bien aquellos días en los que la población le echaba la culpa del mal literalmente hasta al canario que tenían encerrado en la jaula, y aquella sospecha les costó las plumas. En 1986, la central nuclear ucrania de Chernóbil se deshizo y segó miles de vidas, mientras la nube radiactiva viajaba hacia países que padecieron aquella desgracia sin comerlo ni beberlo. España es excedentaria y exportamos parte de la energía que generamos. Las renovables son una buena apuesta; el empleo, también. Pero del miedo a todo no nos libra ni Dios, que también ha sembrado bastante, y no por su culpa. Le dice don Quijote a Sancho: “El miedo que tienes te hace que ni veas ni oigas a derechas, porque uno de sus efectos es turbar los sentidos; si tanto temes, apártate y déjame solo, que solo me basto para dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda”.
Publicado en El Norte de Castilla el 20 de junio de 2009
– PARA SABER MÁS: El miedo en Occidente, de Jean Delumeau