LA ACTIVISTA DE LOS DERECHOS HUMANOS NATALIA ESTEMÍROVA, ASESINADA EN GROZNI POR LOS TÍTERES DE PUTIN
Natalia Estemírova ha perdido la vida por decir la verdad y contar las atrocidades que el régimen checheno impuesto por Moscú ha venido cometiendo desde la llegada al Poder de Putin y los kageberos que reciben sus órdenes. Lo hacía desde la organización Memorial y en el seno de la oenegé Ayuda Cívica. En la Chechenia del sanguinario Ramzán Kadírov todo es una locura y los valientes que la denuncian terminan por perder la vida. Le sucedió a Anna Politkóvskaya y ahora el entorno de Natalia llorará de nuevo en las mismas circunstancias.
Vladímir Putin quería ser espía del KGB desde niño y el sueño infantil se hizo realidad tras su paso por la universidad. Aquellos delirios pueriles han cristalizado hoy en megalomanía y en un imperio en ciernes trufado de aires nostálgicos, desvanecido el anterior en apariencia, pero que ahora atiza sus brasas. Hay que remontarse diez años para recordar cómo un amortizado Borís Yeltsin puso en manos de Putin la dirección del FSB, heredera de los antiguos servicios secretos soviéticos. El hombre más poderoso de la Rusia actual consolidó desde entonces un entramado de lealtades que le condujeron a suceder a su mentor y a tomar el control del armazón industrial, financiero e informativo del país; es decir, el ganador se lo llevó todo. Desde su irrupción en la escena política mundial, Putin ha encarcelado a los oligarcas que no controlaba, ha inspirado a los servicios de seguridad para que atentasen contra la población civil creando falsos culpables chechenos y tener de ese modo la coartada para iniciar otra guerra en la región musulmana. De su entorno partieron las órdenes de los asesinatos de Anna Politkóvskaya en 2006, que volcaba la trama del mandatario ruso a través de sus contrastados escritos, y cuyo asesinato comenzó a juzgarse hace meses.
Ese mismo año el ex agente del FSB Alexandr Litvinenko fue envenenado en Londres con polonio 210. Litvinenko volcó su conocimiento sobre la ‘enorme finca’ de Putin en su imprescindible libro “Rusia dinamitada”, cuyo contenido está lejos de cualquier conjetura y que finalmente le costó la vida. Casi medio centenar de periodistas asesinados no son casualidades del destino. Como tampoco lo es la indisoluble alianza entre el FSB y el entramado mafioso que alimenta la maquinaria del poder ruso, presentes en nuestro territorio, principalmente costero, donde el dinero corre a raudales para convertirse en arena blanca, blanquísima.
La idea de Putin de crear una gran ‘matrioshka’ transnacional está llevándose a cabo ante el sofoco de las cancillerías occidentales. Sus alianzas con Venezuela, los devaneos con Georgia o Ucrania y los indisimulados intentos de volver a influir en países árabes como Argelia o Irán no son bromas. Argelia nos vende gas natural y en ese fatídico 2006 nos subió la factura un veinte por ciento. Quien suministra energía obtiene el control sobre el mundo. Los gigantes Gazprom y Lukoil son dos arietes que dan miedo, y ese Estado oriental y mafioso nos puede hacer temblar.
Por cierto, como sabrán, la Presidencia de Rusia recae en Dimitri Mezvédev, que es un cero a la izquierda y que se crió a la teta de Putin, que le nombró sucesor en esa magistratura tan lucrativa.
Natalia descansará en paz cuando en Rusia exista una democracia, pero nos lo fían casi imposible.