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Roberto Carbajal

La aventura humana

Una boda, o dos

Hay cartas que conviene no abrir y números de teléfono a los que es mejor no prestar atención. Pero esas son decisiones al alcance de los valientes. Un día bajas al buzón a recoger las cartas del banco o la publicidad del supermercado y las tomas con el ceño fruncido, aunque juntas te parecen ambrosía si entre ellas has recibido una invitación de boda. Esas epístolas tendrían que estar prohibidas y alguien debería hacer detener a los dueños de las imprentas. Lo cierto es que esa inocencia y la horterada estética con la que suelen estar salpimentadas esconden una trampa a la que un solo hombre no puede enfrentarse. El caso es que se han acordado de ti y tú de ellos, en términos de los que es mejor no hablar, para no perder los modales. Antes eras un tipo evanescente y vivías a una distancia que dejó de ser el olvido, y ahí te han dado, en pleno corazón, donde los clásicos llevan la cartera, la misma que muy pronto comenzará a aligerarse de la manera más tonta. La familia vuelve a estar más unida que nunca y las espadas en alto contra una causa común. Ahí se olvidan viejas rencillas y a todo el mundo le gustaría comenzar a disparar a los padres de la novia.

Pero tengamos la fiesta en paz, porque cada uno se abigarrará con sus mejores galas y a disfrutar del ceremonial de colores, estilos y cultura popular. En principio la cosa no pinta mal. A la gente le ha dado por casarse en ermitas con aforos exclusivos, así que tienes la ventaja de poder fumar en el exterior, cambiando el quinteto de metales por el canto de los pájaros, que a modo de improvisados instrumentos de viento hacen más llevadera la espera. Y no deja de ser curioso que el metal de un quinteto ese día suele ser más metal que nunca y, por arte de magia, donde antes había un trombón, comienza a sonar un martillo pilón. Yo estuve en una boda en la que interpretaban piezas de Henry Purcell; para ser justo, he de decir que daba la sensación de que en aquella atmósfera irrespirable estaban Henry y Purcell, como el Gordo y el Flaco, y que los músicos leían las partituras con la misma gracia que ellos. De hecho, el embajador británico fue llamado a consultas por el Foreing Office. Con eso está dicho todo. Y hete ahí que cuando crees que puedes apurar un cigarrillo mecido por el concierto de los pájaros, un idiota sin testar la emprende a petardazos. La utilidad de estos personajes es doble. De una parte, provocan que tu oído se aparte un poco más de lo que perpetran los músicos en el templo y, por otra, aflore en ti toda la violencia que creías dormida; de ese modo, cuando sale la del traje de novia ves en ella a una mujer virgen de las de verdad y a los recién desposados como una esperanza para la perpetuación de la especie humana, aunque no son ni una cosa ni la otra.

Tras las fotos de rigor y algo más domesticados, los invitados van a cenar… gratis, como dicen ellos. Nunca he sabido distinguir si todos esos cuerpos son invitados o congregados, pero es mejor no pensar en ello. Sentémonos y comamos, porque hemos pagado como si estuviésemos en el restaurante de Juan Mari Arzak. Recuerdo haber mirado de frente a un langostino y esa cara de escepticismo me resultaba familiar. Él estaba antes y yo era un inconsciente, sólo que él descansaba sin abrir la boca y la mía iba a terminar harta de corear el ya clásico “viva los novios” y el resto del libreto. Luego, un viaje táctico al lavabo para no caer en la trampa de que te saqueen con el liguero, los calzoncillos y la corbata hechos jirones. El baile te anuncia que todo está a punto de acabar, pero es casi el principio. Alguien hace sonar el ‘Danubio Azul’, mientras un par de patosos le dan de bofetadas a Johann Strauss hijo. Música de verbena y luna de hiel para concluir un día inolvidable, durante el cual las estrellas de la jornada se embolsan cuatro kilos de los de antes. Y ni siquiera te dejan asistir a la noche de bodas. A ver quién supera eso.

Publicado en El Norte de Castilla el 30 de agosto de 2007

AVANCE DE LAS SIGUIENTES ENTRADAS

Televisión Española conmemoró el pasado 14 de julio su 50 aniversario en Cataluña. Se celebraron diversos actos, emisiones en directo desde los estudios desde Miramar y bla, bla, bla.

Como a la música se la convoca como convidada de piedra, como en las bodas, voy a desgranar el Concierto que la Orquesta Sinfónica de RTVE ofreció en el Palau de la Música, en Barcelona.

Acaba de dimitir Félix Millet, el presidente de la fundación que da sustento al Orfeó Català, por un supuesto delito de apropiación de más de dos millones de euros. Este expediente está en el juzgado. Ahora bien, en lo que respecta al concierto de la sinfónica… Vamos a tratarlo largo y tendido, creo que lo dividiré en tres partes. No se molesten demasiado quienes no son amantes de este tipo de repertorio, pero aun así, verán cómo tomaron el pelo al público del Palau, a las autoridades allí presentes y a los televidentes que siguieron desde el sillón de sus casas semejante esperpento.

Centraré las tres partes en la mitad del ‘conciertazo’, es decir, los architrillados pero extraordinarios ‘Carmina Burana’ de Carl Orff. De entrada, les confieso que me he tomado algunas molestias. Grabé el espectáculo desde Internet, a través de la web de la RTVE. Luego lo convertí, lo despiecé y lo subdividé en las tropelías que Adrian Leaper cometió contra la Sensibilidad.

En el siguiente enlace, pueden verlo entero. Está ubicado en la página del Ente. Los dos vídeos que le siguen son dos muestras en las que puede apreciarse lo que se perpetró en el Palau y que llevan consigo ejemplos de cómo fueron interpretadas por cantantes digamos… ¿normales? ¿honestos? ¿buenos?

1. Aquí va el enlace del conciertazo (siempre y cuando RTVE no lo haya retirado).

http://www.rtve.es/mediateca/videos/20090714/concierto-anos-tve-catalunya/544577.shtml

2. Le siguen las dos muestras, que ya explicaré al detalle cuando arranque la semana. Las digitalicé, las procesé en un programa de montaje de vídeo y las colgué en YouTube, porque muchos sabrán que en este blog no es posible ubicar archivos de más de 2 MB y las imágenes pesan más que una elefanta.

Vean, escuchen, comparen y, si encuentran algo mejor, es que lo han encontrado y punto.


Sobre el autor

Tenía siete meses cuando asesinaron a John F. Kennedy. De niño me sentaba en los parques a observar a la gente, pero cuando crecí ya no me hacía tanta gracia lo que veía. Escribo artículos de opinión en El Norte desde 2002, y críticas musicales clásicas desde 1996. Amo la música, aunque mi piano piense lo contrario. Me gusta cocinar; es decir, soy un esclavo. Un esclavo judío a vuestro servicio.


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