A la ministra de Defensa no le quitan ojo. Si viste con un esmoquin o se maquilla, ciertos sectores se ceban con ella. Durante la Pascua de este año algunos han vuelto a la carga con la indumentaria de Carme Chacón, como si no hubiese temas de mayor alcance que vender a la audiencia. La critican por no ajustarse al protocolo. Tenía que ir vestida de largo y, en su lugar, se ajustó unos pantalones y una chaqueta oscura con algún complemento. La responsable del estamento lucía discreción y elegancia. En el Ministerio de Defensa laten asuntos de más relevancia que el gusto de su ministra al salir de casa. Resulta absurdo centrar el discurso en nimiedades protocolarias.
Los miembros de las Fuerzas Armadas han sido tratados como si la democracia no fuese con ellos. La Constitución les reserva un papel que no suele gustar en la periferia. Cualquiera sabe que durante un conflicto grave el armamento pesado sale a la calle, bien es cierto que ha de ser para defender a la población, no para acabar con ella. El Gobierno ha elaborado un borrador que alumbrará una ley en la que se ampare a quienes salvaguardan la integridad de España. Sumar al Ejército en el ordenamiento democrático fue una tarea compleja durante la Transición. Parte de la cúpula castrense tonteaba con demasiadas veleidades golpistas, desmanteladas por el latido de todo un país y gracias a personalidades excepcionalmente comprometidas con él. La legislación que pergeña Zapatero permitirá que se desarrolle el asociacionismo más allá de la infamia a la que fue sometido desde el 2001, cuando el Constitucional reconoció ese derecho, aunque fue vaciado de contenido. Una vez puesto de largo, el paraguas profesional no permitirá que se celebren elecciones y, por fortuna, nadie tendrá que cargar con liberados, esa figura sindical tan extendida y cuyas tareas esconden tanto misterio como los extraterrestres. Se creará un observatorio de la vida militar y habrá representación. Serán escuchados por las autoridades y el conjunto de la norma contribuirá a que se sancionen los abusos que se infligen a quienes velan por nuestro modo de vida y se implemente su profesión. A sectores reaccionarios les horroriza que estos compatriotas aspiren a que se les trate como al resto de los españoles. Les encantaría la división entre señores feudales y esclavos, como sucedió con la Guardia Civil, hasta que sus agentes se ganaron el respeto a pulso.
Hace años padecí en África a un teniente que no estaba cómodo con la escala profesional a la que pertenecía. Hijo de un general de pata negra, tenía aspiraciones y un carácter de armas tomar. Escribía cartas al Rey quejándose de su estado. Me volvió loco con tanta epístola. Tanto complejo provocó que ni su esposa le aguantase, así que se beneficiaba a la tropa por venganza y viceversa. Ahora todo puede encajar con la ley en la mano. Beneficiémonos del Ejército, con el deseo de que no lo hagan a la inversa.
Publicado en El Norte de Castilla el 9 de enero de 2010