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Roberto Carbajal

La aventura humana

Marta Domínguez, aturdida

Lo peor que puede sucederle a una atleta de fondo es correr en la pista por la calle equivocada. La campeona mundial Marta Domínguez ha tomado la calle de en medio. En vez de guardar silencio hasta que se pronuncie la justicia, arremete contra la Guardia Civil y deja claro que lo suyo es una persecución política. Dice la palentina que su militancia en el Partido Popular ha sido una de las bazas por las que se ha optado para darle cuerpo a la ‘operación Galgo’. A renglón seguido, esgrime que quiere creer que no, pero que ella es muy reflexiva y que dedica tiempo a usar el cerebro. No queda demasiado claro si tanta cábala espiritosa le sirve para algo.

Lo que sabemos es que ha sido desligada del doctor Fuentes. La jueza que lleva el caso imputa a Domínguez en dos delitos de tráfico de sustancias prohibidas y en uno fiscal, es decir, contra la hacienda pública del país cuya bandera pasea por las pistas. El principio de inocencia es un tesoro al que tenemos derecho. Del mismo modo que los jueces están obligados a perseguir a los delincuentes. Según el auto hecho público el viernes, Domínguez suministró presuntamente trembolona a su colega Alberto García, y éste, EPO a la corredora. Como un intercambio de cromos entre mocosos.

Este asunto será esclarecido cuando toque y todo el mundo sabrá si la medalla de oro que Domínguez lució sobre el podio es plausible. Quizá la impericia hizo que la campeona palentina cayese en la obsesión conspiratoria de Pedro J. Ramírez, quien fue atornillando a la atleta durante la entrevista que tuvo lugar en su canal televisivo de telepredicación. Asegurar que la espada que pende sobre su cabellera tiene connotaciones políticas es un elemento de defensa ridículo. Esgrimir algo tan absurdo como eso no le hace ningún favor, sino todo lo contrario, al menos en lo que concierne a granjearse simpatías. Obviamente, no condicionará la acción de la justicia, que hablará con más rotundidad cuando ate todos los cabos sueltos y dicte sentencia. Las palabras son plata; el silencio, oro.

Publicado en El Norte de Castilla el 2 de febrero de 2011

Sobre el autor

Tenía siete meses cuando asesinaron a John F. Kennedy. De niño me sentaba en los parques a observar a la gente, pero cuando crecí ya no me hacía tanta gracia lo que veía. Escribo artículos de opinión en El Norte desde 2002, y críticas musicales clásicas desde 1996. Amo la música, aunque mi piano piense lo contrario. Me gusta cocinar; es decir, soy un esclavo. Un esclavo judío a vuestro servicio.


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