Los ingleses son un incordio. Que nos lo digan a los españoles, que los llevamos padeciendo desde hace siglos en guerras, asaltos a nuestros barcos y ese grano en el mapa que se llama Gibraltar. El británico es un tipo orgulloso que vive de las rentas históricas del mismo modo que en la España franquista, poniendo sobre la mesa los dichosos imperios. La City londinense es el centro mundial del trapicheo monetario, donde abundan los intermediarios que pagan rescates por liberar a personas secuestradas y en la que el blanqueo y los negocios sucios están a la orden del día. Ahora, y como siempre, les aburre formar parte de Europa y pretenden celebrar un referéndum en junio para que el pueblo decida si permanece en la UE. El primer ministro, David Cameron, se presentó en Bruselas hace semanas para negociar unas condiciones que sentasen las bases de la continuidad británica en ‘Europa’. El resto de los socios europeos de Cameron se bajaron los pantalones y acordaron ceder ante las pretensiones del primer ministro. Según un estudio, solo el quince por ciento de los isleños se sienten europeos, así que habrá que lidiar con esta realidad. La sucursal estadounidense en Europa es un lío, como diría Rajoy. Durante la segunda gran guerra mundial los nazis estuvieron a punto de acabar con ellos y gracias a los americanos se libraron de sucumbir, los ingleses y el resto del continente, para ser justos. El Reino Unido ha abierto una brecha en la UE con sus acuerdos bilaterales sobre el libre movimiento de las personas y las condiciones en las que pueden permanecer en la isla. Esto podría ser contagioso y marcar el camino a otros países, una cuña en la filosofía europea que tanto tiempo ha costado construir. La espantada británica supondría un golpe en su crecimiento, por eso Cameron y los laboristas hacen campaña a favor de la continuidad. Al resto de los socios tampoco nos conviene una Europa sin los británicos, de esto no cabe la menor duda. El caso es que otra vez tenemos que luchar contra la Armada de Su Graciosa Majestad. Lo que digo: un incordio.
Publicado en El Norte de Castilla el 2 de marzo de 2016