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Roberto Carbajal

La aventura humana

La vida, S.L.

Maribel Tellaetxe padece alzhéimer. Cuando aún mantenía cierto grado de cordura, redactó una carta de voluntades anticipadas en las que se leía que, cuando ya no recordara el nombre de su marido o el de sus hijos, le quitaran la vida. El caso de esta vecina de Portugalete se suma a otros, que en nuestro país se han ido conociendo y que no hacen más que engrosar una lista de personas que se consideran propietarios de su vida. La familia pide que el Congreso desbloquee esta situación de una vez y que España se sume a Bélgica, Holanda y Luxemburgo, naciones en las que se aplica la eutanasia.

El Estado se arroga la prerrogativa sobre las personas a las que administra con una ligereza desconcertante. Por un lado, está obligado a preservar la vida de la gente. Por otro, esta obligación la extiende a extremos que atentan contra toda actitud piadosa. Cuando un ciudadano no quiere permanecer en este mundo, coarta su libertad, extendiendo su vida en unas condiciones en las que es de dudosa defensa el hecho de que se le considere un ser humano con dignidad.

Mi padre murió de alzhéimer. Su periplo fue más doloroso que su propia muerte. El sufrimiento al que nuestra familia fue sometida sobrepasa con creces la obligación de la Medicina de cumplir el juramento hipocrático. Era un hombretón. Durante sus últimos días de vida se había convertido en un despojo humano. En uno de sus últimos ingresos en el hospital, una joven médico de urgencias me preguntó qué quería hacer: si reanimarlo y extender su miserable existencia o mostrar una actitud pasiva. Le confirmé lo último. Hubo un momento en el que me quedé a solas con él en la habitación. No quiero profundizar, aunque les aseguro que las tentaciones que afloraron en mí hubieran incumplido el Código Penal. España, que tantos logros ha cosechado en el ámbito social, debería darle un revolcón a la ley, porque para muchos españoles su aplicación ha dejado de ser digna. Particularmente, tengo claro redactar una carta como la de Maribel, ahora que aún estoy en mis cabales (aunque haya quien piense lo contrario). ¿No?

Publicado en El Norte de Castilla el 6 de febrero de 2019

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Sobre el autor

Tenía siete meses cuando asesinaron a John F. Kennedy. De niño me sentaba en los parques a observar a la gente, pero cuando crecí ya no me hacía tanta gracia lo que veía. Escribo artículos de opinión en El Norte desde 2002, y críticas musicales clásicas desde 1996. Amo la música, aunque mi piano piense lo contrario. Me gusta cocinar; es decir, soy un esclavo. Un esclavo judío a vuestro servicio.


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